

Llegó 2026. Año nuevo, y con él vuelven los propósitos, las expectativas y también cierta revisión de nuestra conciencia. Vivir de manera saludable aparece, una vez más, entre los objetivos más mencionados. Un estilo de vida cardiosaludable implica, en términos concretos, controlar el peso, reducir el colesterol, mantener la presión arterial dentro de valores adecuados en quienes son hipertensos y, fundamentalmente, incorporar actividad física regular, acorde a lo que hoy sabemos que beneficia al corazón.
En ese camino, el pilates ocupa actualmente un lugar preponderante. En los últimos años se ha convertido en una de las actividades físicas más difundidas. En el consultorio es frecuente escuchar que muchos pacientes lo practican de manera regular, y eso está bien. Sin embargo, no son pocos los que lo consideran suficiente para cuidar su corazón. Esta percepción, comprensible, merece aclaraciones.
El pilates no está contraindicado en pacientes cardiológicos. Por el contrario, es una práctica beneficiosa siempre que esté correctamente indicada y adaptada a la condición clínica de cada persona. Lo que sí resulta importante es no confundirlo con el ejercicio aeróbico, que es el que ha demostrado el mayor impacto en la prevención, el tratamiento y el pronóstico de la enfermedad cardiovascular.
El método pilates surgió a comienzos del siglo XX y fue creado por Josef Hubertus Pilates, nacido en Alemania en 1883. De niño enfermizo y frágil, se interesó tempranamente por el fortalecimiento corporal. Sin formación médica ni académica, desarrolló su método de manera autodidacta, a partir de la observación y del estudio de la anatomía, la gimnasia y el yoga.
Durante la Primera Guerra Mundial trabajó con soldados heridos, creando ejercicios de rehabilitación y adaptando camas y resortes, de donde surgieron aparatos hoy conocidos como la chair, el cadillac y el reformer. Llamó a su método “contrología”, poniendo el acento en el control del cuerpo y del movimiento. Pilates nunca utilizó su apellido para nombrar su método y falleció a los 83 años a causa de un enfisema pulmonar -era gran fumador de puros-, en una época en la que no se conocían los riesgos del tabaquismo como hoy. Su aspiración era que su método fuera incorporado por la medicina, algo que no logró en vida, pero que el tiempo terminó confirmando.
El pilates, aun sin un origen académico, hoy está aceptado por la medicina, la deportología y la cardiología, no por moda, sino porque la experiencia y la evidencia demostraron sus beneficios. Se lo reconoce como una práctica saludable, útil para reducir el estrés, mejorar la postura, la coordinación, el equilibrio y el fortalecimiento muscular, y por ello forma parte de la rehabilitación, la fisioterapia y el tratamiento del dolor crónico, especialmente en adultos mayores y personas sedentarias.
Ahora bien, estos beneficios no son equivalentes a los del ejercicio aeróbico. Actividades como la caminata, la bicicleta o la natación mejoran la capacidad respiratoria, reducen la presión arterial, optimizan el perfil lipídico y disminuyen el riesgo de eventos cardiovasculares. En pacientes con enfermedad cardíaca, el ejercicio aeróbico supervisado es una de las herramientas más eficaces para intervenir sobre los factores de riesgo modificables.
El pilates suma, acompaña y ordena el cuerpo, pero el corazón necesita además movimiento continuo y aeróbico. Integrar ambas prácticas, cuando la salud lo permite, es una decisión simple y eficaz. No se trata de modas ni de soluciones rápidas, sino de hábitos sostenidos en el tiempo, indicados con criterio médico.
Como enseñó René Favaloro, la verdadera cardiología no empieza en el quirófano ni en la medicación, sino mucho antes: en la prevención cotidiana, silenciosa y constante, que sigue siendo la estrategia más efectiva para cuidar el corazón y las arterias.






