De Tucumán a Barcelona: el artista que transforma bicicletas en piezas únicas de diseño

Ramiro Sobral realiza trabajos únicos que combinan reciclaje, creatividad y oficio; hoy viajan por distintos rincones del mundo.

07 Enero 2026

Ramiro Sobral es un tucumano que vive hace casi dos décadas en Barcelona, donde da nueva vida a partes de bicicletas en desuso y las convierte en objetos funcionales y decorativos que ya recorren el mundo. Aunque él se define como mecánico, su trabajo habla por sí solo.

En su local “Ciclos”, uno de los espacios más originales del circuito urbano barcelonés, repara, alquila bicicletas y crea lámparas, ajedreces y piezas únicas a partir de chatarra que otros descartarían. “Yo no mato una bicicleta para usar sus partes. Si tiene salvación, la salvo. Uso solo lo que ya no sirve”, explica a LA GACETA.

Radicado en Barcelona desde hace 19 años, Ramiro llegó con la idea de conocer y terminó quedándose. Antes pasó por distintas provincias argentinas y países limítrofes, siempre en movimiento. Durante sus primeros años en España trabajó en lo que surgiera, incluso sin papeles, hasta que las bicicletas -una pasión desde la infancia en Tucumán- volvieron a cruzarse en su camino.

El punto de quiebre llegó cuando decidió abrir su propio negocio. “Pensaba poner un bar o un restaurante, pero mi pareja me dijo: ‘Si te gustan tanto las bicicletas, ¿por qué no hacés algo con eso?’ Ahí me hizo el clic”, recuerda. Desde entonces, su vida gira en torno a las dos ruedas, las 24 horas del día.

El reciclaje apareció casi de manera natural. Guardaba piezas rotas, piñones, cadenas y ruedas con la idea de decorar su futura tienda. Así surgieron las primeras lámparas, que rápidamente llamaron la atención de clientes de distintos países.

“Venían y me preguntaban cuánto costaban. Yo ni sabía qué decirles”, cuenta entre risas. Las ventas se multiplicaron y su trabajo comenzó a viajar a destinos tan diversos como Canadá, Estados Unidos, Australia y Sudáfrica.

El reconocimiento llegó cuando fue invitado a un festival internacional de reciclaje creativo, donde obtuvo el primer premio. “Ahí entendí que a la gente le gustaba lo que hacía y que, si le dedicaba más tiempo, podía hacerlo mejor”, señala. Desde entonces, prioriza la creación de piezas únicas por sobre la producción en serie.

Su proceso combina intuición y paciencia. No dibuja ni planifica en papel: observa las piezas disponibles y deja que la idea tome forma. Una de sus obras más celebradas es un ajedrez armado íntegramente con partes de bicicletas, que le llevó dos meses de trabajo intenso. “Me iba a dormir pensando en el ajedrez y me despertaba igual”, confiesa.

Ramiro valora especialmente que sus creaciones sigan circulando mucho después de dejar su taller. “Los objetos que hago van a vivir más tiempo que yo. Saber que están en casas, hoteles o restaurantes de distintos países es un regocijo interior”, afirma, aunque admite que a veces le cuesta desprenderse de aquellas piezas que no volverá a repetir.

Al mirar hacia atrás, tiene claro el mensaje para aquel Ramiro que llegó a Barcelona sin un rumbo definido: “Que siga inquieto. Siempre estuve buscando algo sin saber qué, y recién a los 40 encontré el trabajo que realmente me llena”.

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