DELICADO. El papel se conserva en buen estado a pesar de los años. la gaceta / fotos de analía jaramillo
Hay papeles que cuentan más que una historia. Y en el Archivo Histórico de la Provincia, entre cajas numeradas y el silencio disciplinado que impera en las salas de conservación, una hoja del siglo XIX parece hacerlo. Amarillenta por el paso del tiempo y por la tinta que la fue comiendo desde adentro -tinta ferrogálica, precisan los archivistas-, la hoja sostiene todavía una voz. Una plegaria amorosa escrita con la intimidad de quien nunca imaginó que sería leída más allá de un pequeño cuarto, un pequeño círculo, un pequeño mundo.
Las manos enguantadas del investigador Guillermo d’Hiriart la sostienen con una delicadeza estudiada. El poema, explica, es anónimo, no tiene fecha, no tiene autoría comprobable. Apenas aparece en él las iniciales FJDM dibujadas, como un tímido resto de identidad.
“Suponemos que es de fines del siglo XIX -dice-. Y es claramente una epístola (carta). Puede ser de una mujer a un hombre o al revés, no lo sabemos”.
Lo que sí se sabe es que pertenece a la caja cinco, expediente 10 del archivo, y que su caligrafía cursiva, sus ornamentos y su retórica la alinean con la sensibilidad romántica que, por entonces, impregnaba tanto las cartas íntimas como la poesía devocional.
QUERUBINES. El poema fue escrito en una hoja llena de particularidades.
Las páginas, intervenidas a mano con una minuciosidad casi paciente, están enmarcadas por guirnaldas punteadas, adornos, espigas, un ave de alas abiertas, un monograma diminuto que parece susurrar una dedicatoria perdida.
Arriba en el centro, un pequeño ángel en tonos rojizos extiende sus brazos hacia el costado. Como si quisiera acariciar las letras. Todo el conjunto tiene algo de reliquia doméstica y de artesanía devocional. Filigranas, calados y un trazo que vibra entre la torpeza y la belleza. Entre lo aprendido y lo sentido.
Hablar desde una página
El poema está escrito en cuatro pequeños bloques, como si cada uno fuera una respiración. La voz se dirige a un Tú con mayúscula, un destinatario cuya hermosura encandila, cuya perfección deslumbra y ante quien la hablante -tal vez una mujer, tal vez un creyente- se siente pequeña, osada, enamorada.
“Si son tan bellas tus gracias/ ¿por qué mis celos?”, abre uno de los fragmentos, y el siglo XIX entierra su marca. Un amor que mezcla devoción con deseo, asombro con reproche, un lenguaje que usa la retórica del enamoramiento humano para hablar de un amor que, intuye, está más arriba.
“No hace referencia a ningún éxtasis místico”, señala el profesor en letras y escritor Sergio Lizárraga, quien estudia poesía religiosa. “Por eso no es poesía mística, sino claramente religiosa”, aclara.
La diferencia, explica, está en la ausencia de un quiebre, de una experiencia de muerte-renacer espiritual. Lo que hay es otra cosa: una intimidad que busca a Dios desde la contemplación, desde la admiración, desde la pequeñez que reconoce en lo divino una belleza frente a la cual ninguna palabra alcanza.
Intimidad como origen
“Muchos textos religiosos se escribían en la soledad de un convento, o como cartas a un director espiritual -contextualiza Lizárraga-. Se escribían para uno, no para el mundo”.
Por eso no sorprende el anonimato. Ni la irregularidad métrica. Ni el tono confesional. Ni la ingenuidad formal que los docentes consultados describen como “precaria”, señal de que quien escribió no era un poeta profesional, sino una persona que encontraba en el lenguaje una forma de oración.
La poesía religiosa argentina -advierte Lizárraga, citando a Gloria Videla de Rivero- ha sido escasamente estudiada, en parte porque circulaba en ámbitos íntimos, y en parte porque su destino no era editorial, sino espiritual.
“La palabra intimidad -continúa- remite a esa región donde no decimos lo que pensamos sino lo que somos”. San Agustín lo había dicho muchos siglos antes: “no vayas fuera; en el hombre interior habita la verdad”.
Ese eco parece latir en estos versos. La voz que escribe tiembla entre el deseo y la adoración, quiere “pintar la perfección” del amado, pero al intentarlo se marchita. Reconoce su torpeza y, aun así, insiste: “llegué a tributar mi tributo el corazón”.
INTERÉS. Se pueden realizar consultas en el edificio de 25 de Mayo 487.
Es un gesto que podría haber salido de la poesía carmelita, pero que también podría leerse como un amor puramente humano, se debate el estudioso. En esa ambigüedad -¿habla a Dios? ¿habla a un hombre?- se abre una grieta que vuelve al documento todavía más vivo, más humano, más cercano para el escritor.
Volver a mirar
¿Por qué vale la pena rescatar textos así? Lizárraga responde que la respuesta está en que el hombre, por naturaleza, busca trascenderse. “Y porque la poesía -especialmente la religiosa- ofrece un refugio que es, a la vez, un espejo”, afirma. Un espacio donde la palabra se adelgaza y se vuelve súplica. Donde el lenguaje no alcanza, pero igual intenta.
Tal vez por eso este pequeño pliego anónimo, escondido durante más de un siglo en una caja del Archivo Histórico, conmueve. Porque no pertenece a la historia pública sino a la secreta. Porque no fue escrito para ser leído, pero insiste en ser escuchado. Y porque, en un tiempo que parecía correr más lento, alguien encontró en un trozo de papel la única forma de decir su fe, su amor, su deseo.
La voz íntima de quien escribe solo para ese Tú que no necesita firmas, ni fechas, ni explicaciones.
Fragmentos
Un poema anónimo
“Si son tan bellas/ tus gracias ¿por qué mis celos/ que eres de la tierra cielo,/ que alumbran con sus destellos?/ Pues volviendo sus anhelos/ a mí que osada te aseguro/ que amor es el solo, tu puro/ juntas a ti se me aclara/ y es pobre comparado/ con el sol de tu hermosura./ (...) Nación en nuestra blancura/ mi amor se engendra/ pues la blanca pureza/ llegara junto a tu hermosura;/ pero no si su locura/ de mi atrevimiento vido/ quiero pintarte pues pudo/ y de mi gracia animado/ solo amor ha causado/ ciego amante, fino, y mudo/ Por el grande pensamiento/ de pintar tu perfección/ naciera por confusión/ o de amor atrevimiento;/ (...) Recibiendo en vuestra gracia/ con esto premiara la ansia/ y fe de mi pecho amoroso. Al fin tienen los malitos/ en este mi fino empeño,/ recibiendo os busca por sueño”.








