Monroe vuelve a las andadas de la mano de Trump

Carlos Duguech - Analista internacional

Monroe vuelve a las andadas de la mano de Trump
Hace 2 Hs

La primera ilustración que imaginé para la columna de este lunes -y sugiero al editor- es la de la cinta de Moebius. Ella contiene el programa de Trump y toda la “América monroísta”. Con un slo borde y un mismo lado, sin salidas, y sin permitirle la entrada a nadie.

Las idas y vueltas entre el régimen dictatorial de Nicolás Maduro y el “reinado” de Donald Trump de los últimos tiempos permitía abrir un abanico de alternativas de cambio o de quiebre del esquema EE.UU.-Venezuela.

Claro que el principal protagonismo no lo tenían las personas -aunque fuera nutrido el pronunciamiento casi a diario de uno y otro en los medios- sino el hueso del asunto: ¡Cuándo no, el petróleo venezolano! El que se esconde en el subsuelo del país caribeño y constituye, al decir de los expertos del mundo petrolero, en la mayor reserva mundial.

Para los EEUU resulta esencial para proveer a sus destilerías el particular crudo venezolano. Claro, porque la mayor parte del petróleo de los EEUU se obtiene por el sistema fracking. La extensa línea de destilerías en EE.UU se instaló desde hace tiempo para tratar el crudo venezolano -obtenido por sistemas tradicionales- muy apreciado en el mercado. Para destilar el crudo del fracking se requiere reformular las instalaciones a un alto costo y llevaría tiempo en EEUU. De allí que la expectativa por volver a contar con el crudo de Venezuela desvelaba al gobierno de Trump.

Monroe vuelve a las andadas de la mano de Trump

¿Y el narcotráfico? El más impactante de los motivos que se pueden brindar al mundo por los medios (pero no el principal y el más verdadero) es aquello de “combatir el narcotráfico”. Abundante prensa, variada y con acceso a todas las formas en que la información circula aquí entre nosotros, allá con los otros y acullá en el universo todo. Sin embargo, nos tentamos, “e pur si muove”, dando acabada cuenta de que sabemos, y bastante bien, que en el triángulo productor-comercializador-consumidor la droga es una estrella que nunca se apaga. Se ciernen sobre ella espadas, todas juntas, y de tanto narcotráfico (productor-comercializador) marginamos centrar la acción en el consumidor. El drogadicto.

Sí, no es tema de esta columna pero se considera válido decirlo en el contexto: la mayor parte de la atención y los esfuerzos programáticos contra el imperio de la droga (y los presupuestos dinerarios puestos a ese objetivo) se orienta preponderantemente, a los dos primeros términos de aquel triángulo.

El consumidor, el drogadicto, o el tentado por la droga, en el mejor de los casos cuando no se erige entonces en esa figura del abandono social, debía ser la víctima a prevenir y a sanar, pero se transforma en ese “problema social” del universo de los marginados. El descarte social. Dicho todo esto para centrar en la idea de que el “narcotráfico” es el objetivo de la atención y represión estatal. Y social, claro.

Por tal relevancia como obstáculo al desarrollo normal de la sociedad involucrada es la suficiente razón que se esgrime cuando el poder del Estado asume relevancia de primer actor en la “lucha contra el narcotráfico”. EE.UU, el de Trump, quien ya nos acostumbró a sus modos y dichos, volcó recién las motivaciones reales de su ataque armado a un país soberano cuando pudo capturar a Maduro y llevarlo Nueva York.

Tanto abrió la verdadera motivación que, suelto de cuerpo como habitualmente se comporta, dijo que todo lo planeado fue para recuperar para las compañías petroleras estadounidenses la explotación de los yacimientos venezolanos. Sólo citar las propias palabras exultantes de Trump para mejor comprender los hechos recientes: “esta fue una de las demostraciones más impresionantes, efectivas y poderosas del poderío militar y de la competencia estadounidenses en la historia de los Estados Unidos”.

“Avant scene”

Desde su impresionante residencia en Palm Beach, Florida, Trump siguió muy cómodamente en una sala acondicionada con pantallas de TV, en tiempo real, el accionar de los militares estadounidenses cumpliendo el plan para secuestrar al presidente ilegal de Venezuela y a su esposa, por cargos de narcotraficantes según se los cataloga en la justicia neoyorquina.

El seguimiento en tiempo real de los hechos como un show televisivo recuerda a un similar operativo seguido por el ex presidente Obama y su secretaria de Estado Hillary Clinton, cuando desde la Casa Blanca seguían en tiempo real -junto a otros funcionarios - el operativo en Pakistán. En un lugar detectado por los servicios de inteligencia estadounidenses donde se había escondido Osama Bin Laden, el terrorista más buscado por los EEUU relacionado con lo de las Torres Gemelas, fue donde a tiros se lo mató. Luego Obama lo informó por televisión a todo el país. Son similares procederes que ponen en primera plana la capacidad operativa de los servicios de inteligencia de los EE.UU en terceros países. Eso mismo revela cuánto de transgresión a la soberanía de cualquier país del mundo es la inacabable capacidad de la superpotencia, que no ceja en su propósito de mostrarse en la prioridad universal, aunque asediada por los protagonismos emergentes de China y de Rusia, esta con la herencia (pretendidamente intacta) de la fenecida URSS.

Claro que hay alborozos

Esa ola humana de casi ocho millones de venezolanos que se exiliaron desde 2015 se acrecentó en los últimos años -post Chavez- cuando con el régimen de Maduro (iniciado en 2013) Venezuela sufrió importantes deterioros en su economía, con amplio impacto en lo social.

Que Maduro ya no esté al frente del gobierno generó una ola de entusiasmos entre los venezolanos en el exilio y una buena parte de los que se quedaron. Y, en general, en el mundo libre, donde, como es natural, se valora la libertad, el orden y las perspectivas que se abren de la normalidad.

Pero… ¡claro que hay peros! El accionar violento y muy puntillosamente planificado y ejecutado por disposición de Trump, engañó a casi todo el planeta, o por lo menos a quienes seguían este ir y venir de propuestas entre él y Maduro. Todo en un clima oculto de engaño que debe haber durado muchos meses para implementar -en secreto- los mecanismos del plan (capturar a Maduro, uno de los objetivos) mientras se preparaba el asalto armado al poder. Que el New York Times se pronunciara como lo ha hecho, inmediatamente, señalando que el accionar de Trump “viola la ley de EE.UU” fija una zona muy gris donde a veces las leyes muestran una doble vara, nociva para la vigencia del Derecho con códigos de convivencia en la sociedad organizada.

Que Trump se arrogue derechos de gobernabilidad, nada menos. No otra cosa surge de sus propios dichos, mientras todavía estaba caliente el operativo: “vamos a dirigir (nosotros, los estadounidenses) el país (Venezuela, sí, Venezuela) hasta que podamos hacer una transición segura, adecuada y juiciosa”.

¿Y la OEA?

En la Carta de la Organización de Estados Americanos (creada en 1948 y en vigencia desde 1951) suscrita por EE.UU y también por Venezuela, miembros fundadores entre otros, en el Capítulo II leemos: “los Estados americanos reafirman los siguientes principios: a) El Derecho Internacional es norma de conducta de los Estados en sus relaciones recíprocas. Y b) el orden internacional está esencialmente constituido por el respeto a la personalidad soberanía e independencia de los Estados…”

Borró de un manotazo Trump esas normas impedidoras de ejercer su poder cuasi omnímodo. El Trump con la horda de simpatizantes que orientó al Capitolio (cinco muertos, el 6/1/2021) es el mismísimo y peligroso Trump de hoy.

¿Y la ONU?

Su carta, toda su carta de 1945, leída que le fuera a Trump, para advertirle de sus violaciones brutales, ganará sólo su desprecio y marginación. A lo Luis XIV diría: “todo el poder soy Yo”.

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