escribe Oberdán Rocamora
Redactor Estrella, especial
para JorgeAsisDigital.com
Anchorage, Alaska
Al carecer de información por estar afuera del negocio, Javier Milei, el Panelista de Intratables, volvió a pifiar.
Al papelón presupuestario por el vano desplazamiento hacia Oslo para acompañar la pacífica premiación de la señora María Corina Machado, se le agrega la pifiada nueva de apoyar precipitadamente la penúltima demencia del ídolo Donald Trump, Corbata Carmesí, escudo protector con quien mantiene, paradójicamente, enormes diferencias.
Al trascender la acordada disrupción de Trump de invadir heroicamente Venezuela como si estuviera Alan Ladd, para cargarse al servido matrimonio Maduro, el Panelista lanzó primero el tuit enfático de apoyo. Hasta aquí perfecto.
Si se cargaban a Maduro, correspondía entregar el poder en bandeja al aburrimiento diplomático de Edmundo González Urrutia. Es el muñeco de Corina que triunfó en las elecciones que Maduro se robó sin pestañear.
Pero Trump no fue a Oslo y probablemente suponía que el Premio Nobel de la Paz -con modestia- le pertenecía.
Concretó la hazaña de sentar a Netanyahu, El Bibi, con los patriotas sanguinarios de Hamas.
A punto de caramelo está la paz impuesta entre la terrible Rusia del Zar Putin con la Ucrania altiva de Zelensky, Artista de Varieté que aspira a ser parte de la Unión Europea, pese a la “congénita debilidad” de los estadistas que comandan como pueden.
Falta sólo, en adelante, comunicar la rendición de Taiwán.
Para cumplir lo que supuestamente se acordó en la Cumbre de Anchorage, Alaska, agosto de 2025.
Entre Putin y Trump. Ampliaremos.
Halcones
Mientras con halcones de la magnitud de Marco Rubio, El Guantanamero, y Pete Hegseth, Bombita, Trump celebraba el servicio de la entrega, cuando algún cronista consultó sobre la señora Machado.
Sin intención de contrariar al aliado argentino, Trump aclaró que Machado “no es lo suficientemente respetada”.
Para Trump y El Guantanamero, para conducir la transición en Venezuela, es preferible la señora Delcy Rodríguez.
La entrega servida del matrimonio Maduro fue portada en todos los medios del mundo.
Podía verse el retrato desdichado de don Nicolás con los ojos tapados y una botella de agua, o filmado en la lentitud de las chancletas, custodiado por impersonales sicarios.
A Maduro le estampan la ofensa de ser narcotraficante. Como si fuera cualquier adversario político argentino.
Responsable del Cartel de Aragua, del Cartel de Los Soles. Y justamente de haber entrometido cocaína en el país donde se consigue “la blanca” hasta por internet.
La insolencia de morirse
Pero Nicolás Maduro es indefendible.
Vulgarizo la Revolución Bolivariana de Hugo Chávez, el carapintada que en Mar del Plata supo vibrar con momentos de máximo esplendor.
El continente se resistía a ser el patio trasero y estaba encendido.
Mientras Chávez, con Néstor Kirchner, El Furia, con Lula y con el Evo, cometieron el error inasumible de cargarse a los Estados Unidos, en presencia del menor de los Bush, el presidente que aspiraba a concretar el ALCA.
Asociación para el Libre Comercio de las Américas.
Un mercado desde Alaska hasta Tierra del Fuego, ideal para vender millones de hamburguesas, de ojos de bife, digestiva guaraná o simples medias.
Pero los patriotas entonces la pifiaron y enviaron el ALCA, como proyecto, al carajo.
Figura superior, un elegido, Chávez sabía interpretar las claves del negocio geopolítico.
Pero cometió, igual que Kirchner, la osada insolencia de morirse cuando no le correspondía.
Finalmente quedó Lula, octogenario y solo, para agitar con modestia las viejas banderas.
En el lugar de Kirchner hoy se encuentra el remordimiento de Milei, que ensaya, para colmo, un bloque de estadistas reaccionarios para embestir de frente contra la cultura woke y contra la “peste del socialismo”.
Y en aquel elocuente lugar de Chávez hoy está Trump.
Ya ni siquiera se encuentra Maduro, aquel bailarín que demolió la concepción romántica del revolucionario.
Desde su debilidad de origen, Maduro armó una fuerza compacta y descaradamente corrupta. Provocó el exilio de 9 millones de compatriotas que trabajan en todas partes.
En cualquier taller, portería o taxi puede encontrarse algún venezolano honesto, que “se la gana” y transpira.
Por último, Maduro no vaciló al robar de frente la elección. Estilo exprés del motochorro.
La captura servida fue presentada por los halcones heroicos como una epopeya invalorable del presidente Donald Trump, pero infortunadamente banalizada por la pedantería autoritaria de pretender gobernar Venezuela.
“Hasta la transición más confiable”.
Como si el petróleo, en efecto, le perteneciera.








