30 años después: el bronce de Pablo Chacón, la última postal olímpica del boxeo argentino

El mendocino de 21 años se subió al podio en Atlanta 1996 y cortó una sequía que llevaba 28 años. Hoy, su medalla sigue siendo la última del boxeo nacional en los Juegos. Un recordatorio luminoso de lo que fuimos y una pregunta incómoda sobre lo que nos pasó.

PODIO. Chacón celebra el bronce olímpico en Atlanta 1996, la última medalla del boxeo argentino en los Juegos. A los 21 años, el mendocino rompió la sequía y quedó inscripto en la historia. PODIO. Chacón celebra el bronce olímpico en Atlanta 1996, la última medalla del boxeo argentino en los Juegos. A los 21 años, el mendocino rompió la sequía y quedó inscripto en la historia. TELAM

El inicio quedó inmortalizado para siempre. Muhammad Ali, con el cuerpo marcado por el Parkinson, encendió la antorcha. La ceremonia continúa con el estadio atento a cada movimiento. En algún lugar de la delegación argentina, casi perdido entre tanta bandera, un chico de 21 años mira la escena sin saber que también está a segundos de quedar atrapado eternamente en la historia del deporte nacional.

Pablo Chacón todavía no era “Chacón”. Era “Pablito”, un chico de Las Heras, Mendoza, al que el barrio le seguía diciendo por el apodo incluso cuando el apellido empezó a salir en los títulos. Atlanta 1996 lo esperaba con la crudeza de los grandes eventos. Te dejan entrar, te hacen sentir mínimo y, si te animás a quedarte, te obligan a ser otro.

30 años después, entrando en este (potencialmente) vertiginoso 2026, ese bronce vuelve como un termómetro para medir el silencio que vino después. Porque esa medalla no fue una más. Fue la última del boxeo argentino en Juegos Olímpicos hasta hoy. Y, en un deporte que le aportó a la Argentina 24 preseas olímpicas, más que cualquier otra disciplina, ese dato pesa como un golpe que no se vio venir.

En Atlanta, Chacón compitió en peso pluma y su torneo tuvo el ritmo clásico de los Juegos. Debut ajustadísimo, despegue, y una noche que te cambia el documento.

Primero, el estreno con lo justo. 6-5 ante el jamaiquino Tyson Gray. Una pelea donde no hubo margen para “entrar en clima”. O te afirmás o te vas. Después, con los nervios ya acomodados, el salto de confianza. 17-4 al mauritano Josian Lebon. Y entonces, el cruce que definió un destino.

En cuartos de final, Chacón le ganó 18-7 al húngaro János Nagy, uno de los nombres señalados para el podio. Ese triunfo fue el pasaporte al bronce. En semifinales no pudo con el tailandés Somluck Kamsing, que terminaría siendo campeón olímpico. Pero en Atlanta no había pelea por el tercer puesto ya que los dos semifinalistas derrotados se colgaban la medalla. Por eso el bronce del mendocino quedó compartido con otro joven que empezaba a construirse como mito: Floyd Mayweather Jr., que tenía 19 años.

Chacón no había viajado para ser comparsa. Y su medalla no fue un accidente. Venía de un recorrido que él mismo recordó en entrevistas posteriores. La clasificación, la emoción del “oro para los preolímpicos en Buenos Aires”, una preparación que lo llevó por Venezuela y Cuba antes de subirse al ring olímpico, y la difícil sensación de explicar cómo es estar peleando “representando a millones de argentinos y argentinas”.

A partir de ahí, el bronce se convirtió en un corte de época. Chacón rompió una racha de 28 años sin un boxeador argentino en el podio olímpico (el anterior había sido Mario Guilloti, bronce en México 1968). El boxeo, una vez más, seguía ganando por nocaut en el medallero argentino.

El dato suele quedar atrapado en la estampita olímpica: Atlanta, 1996, bronce. Pero la historia siguió, y siguió fuerte.

CAMINO AL PODIO. Pablo Chacón enfrentó al húngaro János Nagy en los cuartos de final de Atlanta 1996, triunfo clave que le aseguró al mendocino la medalla de bronce y lo dejó en la historia del boxeo olímpico argentino. CAMINO AL PODIO. Pablo Chacón enfrentó al húngaro János Nagy en los cuartos de final de Atlanta 1996, triunfo clave que le aseguró al mendocino la medalla de bronce y lo dejó en la historia del boxeo olímpico argentino.

Tras los Juegos, Chacón se hizo profesional. Ganó sus primeras 36 peleas y en 2001 fue campeón mundial pluma OMB. El chico que había mirado la antorcha a la distancia se convirtió, ya con otro ritmo y otra lógica, en una figura del boxeo grande.

Con el retiro no se cortó el vínculo. En una entrevista años más tarde, dijo que todavía “respira boxeo”. Que “Pablito” siguió siendo “Pablito” en Las Heras, una muestra de afecto que el éxito no logró cambiar. Y contó que hace años que trabaja como entrenador y sostiene una escuelita de box, para seguir pasando la posta aunque ya no sea dentro del ring.

Hay algo profundamente olímpico en eso. La medalla como un punto de partida para que otros aprendan a pararse y a insistir.

Un presente que duele

El boxeo es, estadísticamente, el gran semillero olímpico argentino. Las 24 medallas están ahí exhibiéndose en una vitrina que atraviesa más de un siglo. Desde París 1924, con Pedro Quartucci ganando el primer bronce para el boxeo nacional en aquellos Juegos, hasta el cierre de esa línea con Chacón en el ‘96.

El contraste se volvió más difícil de esquivar en 2024, cuando Argentina no tuvo representantes en boxeo en París, algo inédito porque, por primera vez en la historia olímpica nacional, el equipo argentino viajó sin púgiles al ring. Hubo oportunidades de clasificación (Panamericanos 2023, torneos mundiales en Italia y Tailandia, más el intento final por invitaciones), pero ninguna alcanzó. Y el resultado fue un vacío que, para un deporte tan ligado al medallero nacional, se sintió como un golpe bajo.

Así, la figura de Martín Coggi aparece como una voz que no se esconde detrás del lamento fácil. Su lectura va al hueso. El material existe, dice, pero falla la estructura. No es cuestión de señalar a quienes están al frente del seleccionado, sino que va más por el lado de discutir si el modelo de trabajo está a la altura de lo que exige el boxeo amateur moderno. Propone mirar cómo trabajan las potencias, revisar el entrenamiento y ajustar una maquinaria que hoy no termina de cerrar.

La pregunta “¿bajó el nivel o subió la exigencia?” admite una respuesta incómoda: las dos cosas. El boxeo olímpico cambió, la competencia se amplió, y el camino para clasificar se volvió un procedimiento complejo. A eso se le suma un escenario internacional atravesado por polémicas, sospechas y sistemas de puntuación que fueron y vinieron, en un deporte que hasta llegó a sentarse “en el banquillo” de las discusiones olímpicas. De hecho, no formará parte de Los Ángeles 2028.

Boxeo en la ciudad

Si uno quiere entender por qué el boxeo supo ser popular, masivo y parte de la conversación cotidiana, tiene que volver a un edificio.

El Luna Park, inaugurado en 1932, fue pensado desde el principio alrededor del boxeo. Ringside, tribunas. Ismael Pace y José “Pepe” Lectoure lo levantaron ladrillo a ladrillo y lo hicieron centro de un país que iba a aprender a reunirse alrededor de un ring. Dos años después se techó. Y con el tiempo, se convirtió en un escenario donde deporte, política y cultura se cruzaron sin pedir permiso.

BRILLANTE ESCENARIO. El Luna Park fue la catedral del boxeo argentino y la viva imagen de una época dorada que marcó a generaciones de púgiles y espectadores. BRILLANTE ESCENARIO. El Luna Park fue la catedral del boxeo argentino y la viva imagen de una época dorada que marcó a generaciones de púgiles y espectadores.

Allí hubo noches de Nicolino Locche, de Pascual Pérez, de Carlos Monzón. Hubo básquet campeón del mundo en 1950. Y también hubo velorios históricos, conciertos, actos políticos… Mucho más que espectáculos.

La decadencia del boxeo en el Luna Park, que tuvo su última gran etapa de veladas y luego se apagó durante años, también cuenta algo del cambio de época. La lógica del entretenimiento se fue corriendo, los negocios mutaron, y el boxeo dejó de ser el gran plan porteño de fin de semana. No desapareció, pero perdió centralidad.

Monzón: el ídolo

Cada tanto, cuando se intenta explicar por qué el boxeo se “ensombreció” en el imaginario social, aparece un nombre que parte la conversación en dos: Carlos Monzón.

Como boxeador, su legado es difícil de discutir. En 1970 noqueó a Nino Benvenuti en Roma y abrió una era dorada; defendió el título durante años y quedó en la historia del deporte argentino. Pero su vida personal terminó atravesada por violencia, por el asesinato de Alicia Muñiz y por una condena que lo sacó del lugar cómodo del ídolo.

¿Ese quiebre cultural pudo haber impactado en cómo se mira al boxeo? Es tentador afirmarlo, pero sería injusto simplificar una caída compleja en una sola causa. Lo que sí se puede decir, sin forzar conclusiones, es que desde entonces la conversación pública sobre el boxeo quedó obligada a convivir con un dilema: cómo admirar al deportista sin silenciar lo que pasó fuera del ring. En paralelo, los problemas estructurales del amateurismo y las transformaciones económicas del deporte hicieron el resto.

Y, generalmente, las crisis se explican por una seguidilla de golpes.

Un revival imperfecto

En el mapa de los “regresos” del boxeo a la conversación, Sergio “Maravilla” Martínez es una referencia inevitable. En 2024 se anunció que sería homenajeado por el Salón de la Fama del Boxeo de Atlantic City, integrándose a una lista que ya incluye a Monzón, Pérez, Víctor Galíndez y Locche, además de figuras claves del negocio y la técnica como Lectoure y Amílcar Brusa.

También hay un boxeo que intenta volver por otros caminos. Por formatos digitales y eventos que empujan nuevas audiencias y reponen el debate en redes. “Párense de Manos” se volvió una señal de época. La primera edición, en diciembre de 2023, llenó el Luna Park y convocó a cientos de miles de espectadores en Twitch; un año después, el salto fue todavía más grande, con el estadio de Vélez como escenario. Para la tercera edición, el fenómeno ya estaba instalado.

Hace apenas unas semanas, incluso “Maravilla” fue parte del evento. El boxeo de otras generaciones se asoma, curioso, a este nuevo lenguaje. Esa ola convive con discusiones ásperas sobre qué es show y qué es deporte “de verdad”. El ring, en definitiva, no dejó de mutar. A veces cambia el gimnasio; otras, cambia la pantalla.

Pero nada de eso reemplaza lo que significa subirse a un podio olímpico con la bandera de un país en el pecho. Por eso esta crónica de archivo, la primera del 2026, vuelve 30 años al pasado. Para volver a una foto que ya se sabe de memoria, pero que igual necesita mirarse otra vez. Chacón ganó un bronce, sí. También ganó un lugar en una línea histórica que hoy está interrumpida. Su medalla llegó después de 28 años de espera y hoy, sigue siendo la última en la vitrina olímpica del boxeo argentino.

Este deporte, con sus 24 medallas olímpicas, tiene demasiada historia para conformarse con vivir de recuerdos. Mientras la última medalla siga siendo la de Chacón, Atlanta 1996 no es pasado. Es una cuenta pendiente. Y, al mismo tiempo, una prueba de que alguna vez se pudo.

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