Accidentes, operaciones, insultos y pruebas extremas: cómo Flavia Vallejo llegó a romper el techo del arbitraje tucumano

De Leales al Regional Federal, la historia de una árbitra que atravesó lesiones graves, violencia en las canchas, pérdidas personales y exigencias físicas al límite para lograr meterse en la tabla de mérito.

CON PROYECCIÓN. Vallejos es la única mujer tucumana en la tabla de mérito; aprendió mucho de sus mentores Enrique Albornoz y Leila Argañaraz. CON PROYECCIÓN. Vallejos es la única mujer tucumana en la tabla de mérito; aprendió mucho de sus mentores Enrique Albornoz y Leila Argañaraz.
Hace 2 Hs

La historia de Flavia Vallejo no se puede contar sin volver al origen, a Leales, al calor sofocante de las tardes tucumanas y a una infancia atravesada por el deporte. “Siempre me gustó todo lo que tuviera que ver con actividad física: fútbol, vóley, atletismo”, recuerda. Allí nació una relación con la cancha que, aunque comenzó como jugadora, terminaría encontrando su verdadero sentido desde otro lugar: el arbitraje.

Antes del silbato estuvo la pelota. En 2020 empezó a jugar al fútbol y fue en ese contexto en el que apareció, casi sin buscarlo, el primer contacto con el mundo arbitral. “Casi siempre nos dirigía una chica y un día, charlando con mis compañeras, me cuentan que era la hermana de Leila Argañaraz”, relata. Ese dato despertó una curiosidad inesperada. “Me dijeron que ella era árbitra del Nacional B y ahí empecé a averiguar. Fui a la Liga, pregunté cómo era el curso y así arranqué”.

Ese primer intento no fue sencillo. Flavia reconoce que no se sentía cómoda y que, a los pocos meses, decidió dejar. “No estaba convencida, no me hallaba”, admite. Sin embargo, el fútbol volvió a llamarla un año después, esta vez de la mano de una figura clave en su historia: Enrique Albornoz

Tras un breve suspiro nostálgico cuenta: “Él fue mi mentor. La primera vez que me vio, sin conocerme, me dijo: ‘Hija, usted va a ser una muy buena árbitro’. Yo me reí, pero él siempre apostó por mí”.

En un abrir y cerrar de ojos, Flavia Vallejos ya estaba dirigiendo

La insistencia de Albornoz fue determinante. Flavia volvió al curso y, casi sin transición, fue enviada a dirigir. “Hicimos una semana de capacitación y ya me mandó a la cancha. Yo nunca en la vida había agarrado un silbato, no tenía idea de nada”, cuenta. Empezó dirigiendo futsal durante cuatro meses y luego fue pasando a divisiones formativas y fútbol femenino. “A la tarea del juez de línea la aprendí después, con el tiempo. Arranqué de lleno como árbitra principal”, recuerda.

El año 2021 marcó su debut formal. Dirigió sus primeros partidos en Reserva y Sub-20 y fue asistente en Primera A y B de la Liga Tucumana. En medio de ese crecimiento llegó uno de los desafíos más grandes: una final de fútbol femenino entre Atlético y San Martín. “Era la primera vez que dirigía femenino y Enrique me mandó así, de una. Los nervios me consumían, pero fue un partido bisagra”, cuenta.
Cuando el recorrido parecía consolidarse, el cuerpo le puso un freno abrupto. En 2022 sufrió una rotura de meniscos mientras dirigía un partido. “Me operaron en julio, pero la cirugía no salió bien y me tuvieron que volver a operar en noviembre. Estuve prácticamente un año afuera”, relata lamentando un pasado crucial en su carrera. La lesión no sólo fue física, sino que siente que fue clave en el posterior desarrollo de su carrera “Había subido de peso, rengueaba, me costaba correr. Sentía que me miraban como diciendo ‘no tiene futuro’ ”, se lamenta.

A pesar de todo, Flavia no soltó. Volvió en 2023, incluso sin estar al cien por ciento, y siguió formándose. Pero el verdadero punto de quiebre llegó más tarde, cuando apareció otra figura fundamental: Leila Argañaraz. “Ella me preguntó qué quería, a qué aspiraba. Me dijo que si quería avanzar tenía que ponerme las pilas de verdad. Empecé a asistir al médico, al nutricionista y a entrenamiento. Fue una de las personas que más me empujó”, cuenta con notoria gratitud.

NADA FUE SENCILLO. A pesar de lo difícil que resultó todo, Flavia también aprendió a adaptarse al puesto de jueza de línea. NADA FUE SENCILLO. A pesar de lo difícil que resultó todo, Flavia también aprendió a adaptarse al puesto de jueza de línea.

Adaptó su rutina con la idea de lograr su objetivo 

La respuesta fue total. A fines de 2024, Flavia cambió radicalmente su rutina. “Me entrenaba más de tres horas y media por día: una hora de gimnasio, una hora y cuarto corriendo y el resto con el profe”, sostiene. Se preparó durante meses para rendir pruebas físicas exigentes en Santiago del Estero. “Éramos 13 mujeres. Yo estaba enferma, no podía respirar y me puse inyectables para rendir. No podía defraudarme ni defraudarla a Leila”, remarca.

El resultado fue contundente: fue la única mujer tucumana en aprobar y hoy integra la tabla de mérito para el torneo Regional Federal Amateur. “De las tres mujeres que estábamos, aprobé yo sola. Actualmente soy la única mujer en la tabla, además de Leila”, aclara. En 2025, Flavia debutó como árbitra en Primera B y ya suma cinco partidos como asistente en el Regional.

Ese crecimiento deportivo se dio en paralelo a una vida personal marcada por la adversidad. “Hace dos años tuvimos un accidente familiar. Yo manejaba, volcamos en la ruta y mi sobrino más chico quedó internado un mes. Eso me destruyó”, confiesa. La situación la llevó a realizar tratamiento psicológico y psiquiátrico. “Presenté certificado para solicitar licencia y perdí mi trabajo. Había trabajado 15 años como vendedora en un local en el centro”, lamenta.

No todo en el recorrido fue crecimiento y reconocimiento. La violencia en las canchas también dejó marcas. “En mi debut como asistente en Primera, jugando San Lorenzo de Delfín Gallo contra San Pablo, le pegaron a un compañero con un ladrillo en la cabeza”, recuerda. La situación se desbordó por completo: “Nos tenían como rehenes dentro de la cancha, los hinchas no nos dejaban salir. Pudimos escapar cuando se armó un tumulto afuera”, narra con dramatismo. Todo ocurrió tras una expulsión que el árbitro principal sancionó por indicación del asistente. “Ese día entendí de golpe lo que implica este rol”, reflexiona.

Con el paso de los años, los episodios se repitieron de otras formas. Insultos, hostilidad y situaciones límite se volvieron parte del paisaje. “Me han tirado orina en otra cancha que prefiero no nombrar”, cuenta sin dramatizar, como si fuera una escena más del oficio. Y aun así, lejos de alejarla, esas experiencias reforzaron su vínculo con el arbitraje. “Dentro de la cancha te olvidás de todo. Son 90 o 95 minutos en los que te separás de la realidad del día a día. Es mi cable a tierra; me sacó de un pozo muy profundo” concluye.

El apoyo familiar también fue clave, especialmente el de su hermana Jimena. “Ella siempre me banca, aunque me diga ‘no sé cómo te puede gustar eso’. Hasta me lava la ropa del bolso cuando vuelvo de dirigir”, se muestra agradecida.

Hoy combina el arbitraje con sus propios emprendimientos. Abrió un almacén hace pocos meses y busca estabilidad económica, consciente de que el arbitraje acá no tiene sueldo fijo. "Si no hay partido, no cobrás”, confiesa. Aun así, no duda. “No quiero volver a la relación de dependencia si eso significa dejar de dirigir”.

A los 34 años, no se considera un caso excepcional, sino un ejemplo posible. “Me gustaría que más mujeres se animen. Es una carrera muy linda. Yo quiero que lleguen más lejos que nosotras, no por competencia, sino por logro propio”. Y lo dice con la convicción de quien ya aprendió que, en la cancha y en la vida, la autoridad también se construye a fuerza de perseverancia.

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