

Es un poco remanido decir que la realidad suele superar a la ficción. Pero es verdad también que en este mundo mediático, donde uno se siente desbordado por el vendaval de informaciones, resulta imprescindible como terapia antiestrés tomar muchas cosas con cierta dosis de humor. Por caso, hace unos días leíamos que un anciano salía a pasear alegremente en su bicicleta mientras ofrecía "bochitas" de cocaína. Casi como para recordar el neorrealismo italiano en el cine. Uno podría imaginarse al hombre en su recorrido silbando alguna melodía popular de la península. O entonando bajito aquello de "y el jibarito va/ cantando así/diciendo así/vendiendo así por el camino...".
Otra: ¿no resulta algo dolorosamente jocoso enterarnos de que alguien ha comprado un título para enseñar religión? Aquí se podría aplicar la famosa frase "no hagas lo que yo hago sino lo que yo digo".
Mientras tanto, nos enteramos de que entre los argumentos para reducir la lista de papables primaba la idea de no desear otro pontificado largo. Y claro, con los medios sofisticados de la medicina de hoy se puede estirar superficialmente "demasiado" la vida. ¿Acaso ello no vale para una sonrisa? ¿O tiene que ser todo tan acartonado? El propio Dios quizá se tome algunos temas un poco en sorna. Como cuando por ahí escucha que hasta para algún pecado terrenal de medio pelo se pide que la Justicia Divina caiga inapelable. "Che, ¿quién les dijo que yo soy castigador o inquisidor? Paren la mano, muchachos", dirá el Señor.
Siguiendo con la elección papal, nos enterábamos en su momento de que el cardenal Joseph Ratzinger era el claro favorito entre los corredores de apuestas británicos. Y los timberos no fallaron. Pensar que acá muchos nos enojamos con la instalación de las máquinas tragamonedas o porque el bingo bate récord de público...
Mientras deglutimos las noticias observamos que María Elena Walsh fue una adelantada con su mundo del revés: "en la cárcel de encausados -se informa- los internos se desesperan por participar en el taller de lectura. En las escuelas, en cambio, los maestros no saben qué hacer para que los chicos lean". Por supuesto que es muy bueno que los detenidos se vuelquen a ese tipo de hábitos; la cuestión es que habría que hacerles entender a los que componen las futuras generaciones que los libros no muerden.
Pasemos al mundo de la farándula. Las Trillizas de Oro vuelven a la TV. El periodista anota en el reportaje: "ellas se pisan, se elogian, se superponen y se toman el pelo". ¿Esto no hace recordar a ciertos políticos? Faltaría, claro, agregar que también estos le toman el pelo a la gente, como cuando de pronto "se olvidan" de declarar algunos millones de dólares o un ciento de propiedades (¡aguanten, testaferros!).
En un recital que ofreció la "Bersuit Vergarabat" en un pueblo santafesino, las mamás taparon los ojos de sus hijos cuando algunas chicas subieron al escenario, se sacaron las remeras y, en un topless improvisado, quedaron con los pechos al aire. Probablemente la "caja boba" no haya llegado por esos lares. Y si no es así, sería interesante saber si esas mismas señoras se preocuparon tanto por impedir a los chicos que observaran bombardeos "preventivos" o violaciones y humillaciones a prisioneros (ah, perdón... cierto que en la guerra vale todo).
Vayamos ahora a lo del caso Calamaro. El rockero zafó de una acusación de apología del delito por haber dicho alguna vez "me fumaría un porrito". Al margen de la polémica, Andrés, con su alusión fue menos provocativo que algún colega suyo que, mientras exhibía su supuesto talento musical, bebía alcohol, fumaba y hasta insinuaba (o no) la posibilidad de aspirar "algo" ante millares de jovencitos. ¿Con ello no se hace apología? ¿Esto no es para intervenir policialmente? Y tratando de ver la viga en nuestro propio ojo, el galardonado periodista Martín Caparrós concluía una nota con esta pregunta de sutil ironía: "hijo, ¿qué querrías ser cuando llegues a adulto?". "No sé, una buena persona". "No, yo te pregunto en serio: abogado, comunicador, médico, futbolista...".







