El placer de viajar en primera clase. Alfredo Aráoz

28 Jun 2017
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Alfredo Araoz (Tucumán-Argentina)


En “El placer de viajar en primera clase”, el “Brecha bus” une clases diferenciándolas, representadas por Perico y la señora Achával. La cuestión es esa “maldita brecha social” a la que Perico se resiste; así el uso de la ironía y el movimiento paródico (bien trabajados) entre los señores del coche cama y los del semi cama, ellos refractan las prácticas sociales a las que la sociedad se somete, y por las que Perico se revela: no a las clases sometidas mediante la movilización del grupo de viajeros: los excluidos sociales en busca de la inclusión; ocupar el otro lugar, “aliviados… durmieron como ángeles”. Una clase que resiste, avanza, con otro lenguaje, pero ¿qué pertenencia social podrá adquirir o conquistar?

Liliana Masara.

*Para la presentación de 5x5, Ediciones Trompetas Completas.

 

 

 

El placer de viajar en primera clase

 

 

 No, la señora Achával no podía entender cómo una señora como la señora Achával, con sus años y trayectoria, de repente había metido todo su mundo en dos valijas y llegaba al punto más bajo de su vida: Retiro. Minutos antes había hablado con la abogada, confirmándole el divorcio a favor del señor Achával. La señora Achával asimiló la noticia y cortó. Tomó aire y pensó en huir: necesitaba más aire. Entonces proyectó una escapada hacia el destino más lejano y exótico posible: Jujuy.

Antes de subir al taxi rumbo a la terminal, la señora Achával apuró al chofer. Pero era la hora pico, la más caótica del tránsito lento. Estaba nublado pero viajaba con anteojos de sol, sentada atrás. Sin quitarse los anteojos de sol, miraba su reloj. El semáforo en rojo la demoraba. Encima desde afuera los trapitos le golpeaban la ventanilla con las palmas abiertas. Tenía monedas para dar, pero no pensaba abrir la cartera. El auto seguía quieto. Cuando los trapitos se tiraron sobre el parabrisas, ella bajó el seguro. El taxista quiso calmarla, hablándole por el retrovisor. Le contaba que había acortado camino por la villa 31. Le reconoció que era una zona de cuidado, pero le aclaró que ahí también vivía gente.

El señor Perico, por ejemplo, era un hombre respetado por los vecinos. Salía de madrugada y volvía de noche, sin novedades. Desde que había llegado a Buenos Aires, el señor Perico había tenido trabajo. A veces más, otras menos. Pero nunca había estado tanto tiempo desocupado. Por eso el señor Perico no podía creer cómo un hombre como el señor Perico, con sus años y trayectoria, de repente había metido todo su mundo en dos bolsos y volvía al punto inicial de su vida: Jujuy.

Con la vieja campera de cuero negro y el único par de botas, le pegó un portazo a la casilla donde vivía, cansado de los reproches de la mujer.

Mientras la mujer de Perico chillaba los últimos insultos, el único semáforo de la 31 se puso en verde. El taxista siguió por las calles de tierra sin dejar de hablarle a la señora Achával. Iba tan concentrado en el diálogo por el retrovisor que no vio un pozo ni al señor de campera de cuero cruzando la calle con bolsos, chocándolo de frente.

Entre los alaridos de las vecinas, Perico y las cosas de Perico volaron contra la tierra. Aún conmovido por el golpe, Perico se arrastraba para guardar todo. El taxista bajó a ayudarlo, dejando el auto con las puertas abiertas. La señora Achával, sin quitarse los anteojos de sol, estiró la punta de los zapatos para tocarle bocina. Egoísta como ella sola, le gritaba al taxista que iba a perder el colectivo a Jujuy. “¿A Jujuy?”, reparó Perico, sacudiéndose el polvo de la campera, explicándole al taxista que él también iba de camino a la terminal, a pie, pero que ahora le dolían las rodillas.

Cuando Perico subió al taxi, del lado del acompañante sin saludar, la señora Achával se arrinconó contra el respaldo. Se sentía sola, indefensa atrás de dos hombres que no se hablaban, dos extraños dándole la espalda. Uno de ellos con campera de cuero. La señora Achával leía los diarios, veía los noticieros y la señora Achával ahora se sentía víctima de un secuestro exprés, planificado por ellos dos, seguramente cómplices, decididos a llevarla a una casa abandonada de la zona, salvo que ella bajara las ventanillas y se pusiera a gritar con todas las fuerzas, que de hecho empezara a hacerlo cuando Perico se dio vuelta de golpe, con el índice en la boca para callarla. Para llegar a la terminal faltaban tres cuadras.

Cuando por fin llegaron a Retiro, la señora Achával consultó en Informes dónde tomaba el micro que iba a Jujuy. Ignoraba la dimensión de Jujuy, toda una provincia, con distintas ciudades y diferentes colectivos con variados servicios. Tampoco esperaba el panorama de las boleterías de Brecha Bus, la empresa elegida por el slogan: “El placer de viajar en primera clase”.

La señora Achával había leído todo en internet, por donde sacó el pasaje con tarjeta de crédito justamente para ahorrarse esta cola frente a la ventanilla, colapsada de pasajeros bien divididos en dos filas: una con asientos para los del servicio cochecama como la señora Achával, y otra de pie para los del semicama como Perico, acomodándose el cuello de la campera de cuero, saludando a la compañera de viaje.

Antes de subir al colectivo, Perico estaba por encender un CJ, cigarrillos jujeños, la empresa del patrón al que volvería a pedirle trabajo. Pero cuando sacudió la caja de fósforos no tenía más: todos habían sido usados en el anafe de la casilla. La señora Achával le tocó la campera de cuero con la boquilla, mostrándole cómo fumaba un delgado Virginia Slim. No dejó que Perico tomara el encendedor: ella le acercó fuego al rostro lampiño y curtido, sin patillas. El hombre parecía emocionado por el gesto, pero le había entrado humo en el ojo. Refregándose, le devolvió el favor a la señora Achával, acercándole las valijas al maletero. Cuando la relación parecía mejorar, la azafata de Brecha Bus volvió a separarlos, cada uno por su lado: abajo, butaca cochecama para la señora; arriba, asiento al fondo del semicama para el otro.

Antes de iniciar el viaje de veinte horas, los choferes se disputaban el micrófono para dar la bienvenida a los estimados pasajeros. Como el primer tramo conducía Vargas, ganó Menéndez. Iba a hablarles a todos, pero el cable hizo cortocircuito. Vargas y la azafata le dijeron que solamente les hablara a los de abajo, detallándoles las ventajas del servicio cochecama. Después de todo, los del cochecama habían pagado más. Así Menéndez se dirigió a los doce pasajeros exclusivos. Los cuarenta y cuatro de arriba no sabían qué pasaba, frente al video de la empresa, con música andina funcional.

Abajo, la señora Achával no entendía por qué el chofer Menéndez les susurraba a ella y sus compañeros de clase los beneficios del cochecama. Por ejemplo, ellos viajaban más seguros, protegidos por vidrios polarizados de posibles agresiones desde la ruta. Abajo viajaban en butacas reclinables con los pies estirados como la señora Achával. Arriba iban pegados al calor del motor como Perico. Abajo el autobar era libre de café y gaseosas. Arriba sólo jugo de máquina tibio. Abajo el aire acondicionado demandaba mantas. Arriba tenían sus propios abrigos. Abajo el servicio de comida a bordo incluía catering de cena y desayuno ejecutivo. Arriba iban a tener que sacar las viandas. Por último, si bien las películas en dvd eran compartidas por todos, abajo había plasmas individuales mientras que arriba cuatro televisores para todos.

Después del discurso, la señora Achával quería relajarse. Pero miraba los costados de la ruta. Luego se abrazó a la cartera cuando un pasajero semicama bajó para pedir una película en castellano con volumen alto. La señora renegaba de los doblajes. Disfrutaba de las versiones en el idioma original. A veces ni siquiera leía los subtítulos: sabía inglés y algo de francés. Es más: supo que el hombre que viajaba en la otra butaca era extranjero porque gritó “¡Merde!” El colectivo había clavado los frenos. Tal como le habían dicho, estaban tirándoles piedras. El francés gritó del susto, la señora Achával se raspó contra el respaldo esponjoso. Pero peor le fue a una pasajera del semicama, con sangre en la cara por el impacto de frente al ventanal.

Entre gritos, el Brecha Bus estacionó de golpe al costado. Los choferes bajaron como detectives, pero subieron al volante y arrancaron de inmediato cuando volvieron los cascotes desde los yuyales. Vargas y Menéndez aceleraron tan rápido que los pasajeros se sacudían como loros. Así eludían los camiones lentos, así escapaban del peligro. Pero así también la azafata fallaba al suturar el tajo de la pasajera herida, poniéndole La Gotita en la otra ceja, pegándosela al párpado, dejándole el ojo abierto, todo ante el horror de la señora Achával, quitándose los anteojos de sol, resignada a seguir el viaje sin pestañear.

¿Y Perico? Mientras el drama sucedía abajo, él seguía sentado en el último asiento de arriba. No había bajado antes porque luchaba para quitarse la campera de cuero, pegada al cuerpo por el calor del motor. Perico debiera habérsela sacado antes del viaje, pero sabía que el cuero le daba cierta estampa entre los compañeros de jogging y lana. De hecho, apenas había ocupado su lugar en el fondo, todos los pasajeros se dieron vuelta a mirarlo. Y ahora volvían a hacerlo, pidiéndole con la mirada que fuera a ver qué pasaba, por qué arriba ya había una pasajera herida y a los de abajo no les había pasado nada. Entonces Perico bajó con sus botas. Sacó una pomada del bolsillo y se la aplicó a la víctima, masajeándole suavemente el párpado. Cuando la piel se despegó, Perico cargó a la pasajera hasta el asiento, calmándola, rogándole reposo en silencio, pero después de todos los aplausos de todos los semicama y hasta una guitarra criolla.

Pero Perico no estaba de humor para musicalizar el viaje.

Durante el recorrido desde la primera hasta la última fila, había dimensionado todo el panorama semicama: cómo goteaba el jugo de máquina, el piso pegoteado, las cortinas cortas o quemadas, las luces apagadas o titilantes, el recital en vivo de Marco Antonio Solís sin volumen. Pero sobre todo Perico había visto personas incómodas sin ánimo de quejas, resignadas a viajar apretadas entre abrigos, algunas con chicos encima, todos sin mejor opción que dormirse hasta llegar a Jujuy, un sueño de veinte horas imposible de conciliar mientras abajo les daban almohadas.

No, a Perico no le cerraban las diferencias entre una clase y otra clase. Meneaba la cabeza en busca de soluciones. Pero cuando los choferes sacaron a Marco Antonio Solís y pusieron una película en inglés, olvidándose del único pedido del primer pasajero semicama, ya sí, Perico bajó nuevamente con sus botas. Primero se indignó cuando la azafata efectivamente estaba sirviéndoles las cenas en bandeja a los cochecama. Después entró a la cabina de los choferes. Nada malo iba a pasarles. Pero debían darle una lapicera y sacarles un par de las servilletas a los cochecama.

El plan de Perico incluía a todos los pasajeros del semicama. Mientras la señora Achával, el pasajero francés y los de abajo ya habían terminado de cenar, Perico sintió que escribía después de mucho tiempo. Cuando a los de abajo la azafata les preguntaba si deseaban acompañar la película en inglés con café, whisky o champagne, Perico repartió en las servilletas breves instrucciones: los semicama tenían que destapar al mismo tiempo las viandas, dejar que el aroma a guiso de mondongo y milanesa fría se instalara en el colectivo. Luego debían tomar todo el jugo de máquina. Para la digestión había suficiente hoja de coca y bicarbonato. Pero lo más importante de todo estaba reservado para el final: no usar el baño hasta que se acercaran al parador de Rafaela, en dos horas.

La película en inglés tenía entretenidos a los pasajeros de abajo. Puntuales, los doce habían utilizado el baño unos segundos. Habían tirado la cadena, se habían lavado las manos y ya estaban de vuelta en sus cómodas butacas para la escena final. Pero cuando la señora Achával empezaba a contener el llanto, la nube de milanesa fría y mondongo se instaló en la planta baja. “¡Merde!”, dijo otra vez el pasajero francés, tapándose la nariz, ahogado. “¡Mierda!”, tradujo la señora Achával, entre arcadas. “¿Mierda?”, reparó Perico desde arriba, silbándole al pasajero de la guitarra criolla para sacarle brillo a las cuerdas.

Faltaba media hora para llegar al parador de Rafaela. Mientras abajo los pasajeros cochecama golpeaban las ventanillas blindadas de vidrios polarizados, morados, en busca de aire, arriba los semicama prendían cigarrillos CJ, como los que fumaba Perico. Pero cuando los niños empezaron a toser, Perico ordenó apagarlos. Desde el fondo, como el líder de un grupo en gira musical, se sopló las uñas largas, besó una petaca de licor y empezó a tocar zambas y cuecas. Las mujeres improvisaron un coro de coplas. La peña folklórica de arriba les pisaba el techo a los de abajo.

Cuando Menéndez pasó al volante, Vargas iba a subir a pedir silencio pero ya no pudo. El chofer y los cochecama de Brecha Bus vieron cómo uno a uno los cuarenta y cuatro pasajeros del semicama bajaban por las escaleras para usar el baño. Pies descalzos, en ojotas o medias de toalla invadían los escalones. Después aparecían los cuerpos y después las caras. Mientras esperaban el turno desprendiéndose cierres y botones, los semicama cruzaban miradas con los cochecama. Eran miradas en otro idioma pero con subtítulos, como le gustaba a la señora Achával.

A medida que los semicama entraban y salían del baño, la puerta se abría y cerraba, soplando una brisa de orina y pañal. “Prohibido arrojar elementos sólidos al inodoro”, decía el cartel del baño. Pero nadie lo había leído. En cambio tiraban la cadena, hacían ruidos. El baño tenía una ventanilla abierta hacia la ruta. Los del cochecama golpeaban más ventanillas en busca de aire. Pero recién iban a encontrar el alivio cuando los choferes aceleraron hasta llegar al parador de Rafaela. Apenas estacionó el Brecha Bus, se abrió la puerta: la señora Achával y los cochecama salieron expulsados, chocándose, olvidándose de las formas, entregados al aire frío de la ruta en madrugada, sin siquiera mirar atrás, dejando para siempre sus cómodas butacas y algunas pertenencias personales.

Cuando los choferes dejaron a los pasajeros cochecama atrás sin explicaciones, arriba no se oía una mosca. Después de ir al baño, los semicama habían quedado tan aliviados que durmieron como ángeles. Es más: cuando empezaron a despertarse, el colectivo ya estaba en Salta, La Linda. Había bordeado la plaza del caudillo Güemes y se detenía unos minutos en la terminal. Desde la puerta los vendedores ofrecían empanadas y el diario El Tribuno. Los gritos despertaron a Perico que cuando bajó a la planta baja ya no encontró a ningún pasajero. Sólo habían quedado los anteojos de sol de la señora Achával.

Perico tomó los anteojos de sol, se probó cómo le quedaban con la campera de cuero. No combinaban, pero no le importó. Vio la punta gastadas de sus botas de cuero, los pies cruzados, estirados sobre el asiento que había pertenecido a la señora Achával. Sin quitarse la campera de cuero, ahora Perico apoyó la nuca sobre sus manos, contempló el nuevo paisaje y sonrió. La azafata, tímida o asustada, le ofreció café y el diario del día, pero Perico lo rechazó. En cambio le ordenó que subiera hasta el primer piso, que despertara a los pasajeros del semicama, que les sirviera todo el desayuno. Y de paso que les avisara que abajo ya habían dejado vacíos los asientos del cochecama, cómodos y libres para ocupar frente a los plasmas encendidos, con la película en castellano y volumen alto, a punto de empezar.                                                  

 

 Alfredo Aráoz (Tucumán-Argentina)

Alfredo Aráoz tiene 36 años. Nació en Villa Luján. Fue periodista en los diarios Olé y La Gaceta. Editor fotográfico en Clarín. Editor general en las revistas Trompetas Completas y El Gueto.

 

*5x5 y otros libros de Ediciones Trompetas se pueden conseguir Edunt (Crisóstomo 883) o llamar al 154 490626.

 

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