Isabel Blanco de Salim: La costurera prodigiosa

05 Ene 2018

 

Puesta en escena
 
Chabela es una muñeca rusa: una encierra otra y otra a otra y así hasta la más pequeña. Nada extraordinario para sus 95 años, tiempo suficiente para haber vivido muchas vidas, sino fuese que aún conjuga el verbo “gustar” en modo condicional presente: me gustaría vivir más años, me dice, o pasado: me hubiese gustado hacer teatro, suspira soñadora.
Es lunes a las 7 de la tarde. Estudio Salim, dice la placa de la  San Martín primera cuadra y toco el timbre a la hora señalada.  El espacio del prestigioso arquitecto pero también actor, realizador, dramaturgo, adalid de la Fundación del Teatro Universitario Ricardo Salim es una de esas encantadoras casas chorizo puesta como en sus épocas de gloria. Pero no es  al hijo que vengo a entrevistar, sino a la madre, Isabel  alias Chabela, la mujer en las bambalinas de su vida sin la cual el hombre no se explica. Al fondo de la calle avanzan en medio de la canícula estival, las columnas descontentas de la Corriente Clasista Combativa. Hombres y mujeres llevan sus quejas como coronas fúnebres que depositarán en el pesebre del poder: la Casa de Gobierno. Una asistente atenta se apura a hacerme pasar. Adentro me siento al resguardo. Afuera el mundo truena de sonido y de furia pero en esta casa que recuerda a las abuelas de mitad de siglo, uno parece estar a salvo de todo. Suspendida entre la amabilidad de Teresa y Alicia y la calidez de la escenografía el tiempo transcurre entre algodones. Porque eso es el estudio de arquitectura: el gran decorado de la obra de teatro que en el que Salim interpreta el rol de arquitecto exitoso rodeado de  planos y proyectos, de computadoras y de sueños. El mundo es un teatro del que todos somos actores decía William Shakespeare.
Hace su aparición por el foro Ricardo y lanza su primera réplica Buenas tardes me dice con calidez y me conduce al interior.  Un gran escritorio de madera preside la escena, rodeado de paredes vestidas con fotos de sus piezas teatrales. Al costado, hay otra mesa  donde Isabel me espera sentada. Lleva una pollera negra con pliegues y una blusa de seda floreada haciendo juego. En los pies ballerinas negras y en los ojos anteojos de vidrios amarillos. Tiene una voz envolvente y un aurea digna en su decir. Por alguna extraña razón asocio esa dignidad a los inmigrantes y su descendencia.  La Asocio a mi abuela materna de origen italiano. Ya lo decidí: Isabel me lleva al corazón de mi niñez. Me siento en casa.
Las voy a dejar a ustedes dos conversando y yo voy a seguir trabajando dice el hijo, ¿Queres tomar un café? Queremos un café. Y entonces  Chabela y yo  estamos de frente y listas para charlar mientras Ricardo escudriña la escena desde su gran silla que se me ocurre la de un director de teatro: mide los planos cortos y largos, estudia los diálogos, interrumpe si hace falta para hacer alguna marcación cuando la memoria de la madre flaquea.
                                        La academia y el amor
Y Chabela se pone a recordar. La caja de Pandora se abre:
 Mi madre, Enriqueta Martínez Jordana vino de España a los 30 años, era catalana de Barcelona y antes había vivido en el Canal de Suez pero recalaron acá en Tucumán  junto a sus hermanos Benigno y Francisco que habían venido a tallar las puertas de la Casa de Gobierno y conoció a mi padre, Hipólito Blanco Méndez Machado, extremeño de Cáceres, asignatario de hacienda él y matarife y juntos tuvieron cinco hijas: Valentina, Carmen, Máxima, Isabel y Victoria. Nosotras, de las que quedo solo yo.  Dice Isabel sin desgranar una gota de melancolía en su voz. Como a quien no le ha quedado nada por vivir: éramos tan unidas con mis hermanas, suspira de satisfacción. Mi madre tejía corbatas de seda y amaba la Ópera, mi padre era radical, llegó a ser candidato a diputado por Yrigoyen y  cuando otro radical venía a casa nos vestían a las cinco de rojo. Éramos cinco hermanas, repite como un mantra.
Por un minuto imagino el gran escenario de esos años, el Tucumán de los años aledaños al Centenario. La ciudad de provincia iba dejando atrás la imagen de aldea colonial que salvo las cuatro torres de las cuatro Iglesias no tenía grandes edificaciones.  Empezaba en cambio a emerger la provincia próspera empujada por el viento de cola de la renovada industria azucarera y su abundancia. Tiempos en los que la fisonomía de la pequeña capital adquirió acento francés y se inauguraron la Casa de Gobierno, el Teatro Alberdi, el Jockey Club y el conjunto arquitectónico formado por el Hotel Savoy, el Teatro Odeón, y el Casino sobre la avenida Sarmiento. A todo esto se sumaba en el mismo año el majestuoso edificio de Colegio Nacional. Los petits hotels muecas modestas de los célebres Hôtels Particuliers neoclásicos parisinos crecían también como hongos después de la lluvia mientras las elites fundaban la universidad y suspiraban por Francia. Juan B. Terán, Julio López Mañán, Alberto Rougués, Ernesto Padilla, Juan Heller y José Ignacio Aráoz.  Grandes nombres para una  época grandiosa.
Puede que algunos estertores de esos ruidos hallan en algo estremecido la existencia amable de provincia, pero en general el mundo  de las Blanco era lo que pasaba de la puerta para adentro: un universo de sueños simples y mandatos sagrados.
Había que estudiar. Había que saber algo, por eso me mandaban a una Academia donde se estudiaba según el  Sistema Mendía y allí hice todos los cursos de costura: sastrería, lencería. Obtuve medalla de Oro. Los profesores venían a tomarnos de Buenos Aires.
Hasta ahora la vida Netflix: entre El tiempo entre costuras y Velvet  la vida real  se colaba, sin embargo, pertinaz en esta ficción de quietud. Mi mamá se enfermó cuando tenía trece años así que aprendí a cocinar y a  los 11 me recibí.
A los 14 mama, interviene desde su silla  Ricardo y abandona su trabajo para unirse a las dos. Ahora somos los tres  un Huis Clos.
Es que yo tenía buena memoria pero hace unos meses me agarró ese cosito, ¿cómo se llama? Se pregunta Chabela.  Un ACV apunta Ricardo.
El “cosito” hace que Isabel disloque los recuerdos, vaya y vuelva del pasado al presente como Juan por su casa, confunda ligeramente personajes y escenarios pero que no olvide nunca la arquitectura de sus querencias:
Mis tres hijos fueron mi gran pasión.
 Dios me ha dado la felicidad de  una familia tan buena gente.
Y aquí está Ricardo, su apuntador fiel o Lazarillo de Tormes cuando hace falta, editando momentos o reeditándolos y ordenándolos como un demiurgo aplicado.
A los 15 años conocí  a mi marido  Ricardo. Sirios de Hama apunta Ricardo hijo, de la estirpe de los Melhem, Sucar y Sallan. Prosigue el relato Chabela y a los 18 me casé y me fui a vivir a lo de mi suegra Nizha con el resto de sus hijos. Ella me enseño todo, fue como una madre para mí. Me enseñó a cocinar la comida árabe.
Mi mamá no sabía cómo venían los hijos al mundo y también se lo enseño mi abuela. Interrumpe Ricardo divertido.
Como una gobernadora en su ínsula
Madre de tres hijos varones e instalada en su casa de la calle Corrientes al 600, se dedicó a gobernar en la ínsula que su marido le cedió: su hogar. Un reino de una monarca  y cuatro súbitos.
Mi marido era cañero y  peronista y en casa venía mucho a comer Riera.
Entonces Isabel que antes había sido ataviada de rojo por su madre para honrar los colores alegóricos del Partido del Parque, ahora cocinaba feliz para el representante de sus nuevas creencias: me hice también peronista. Yo amaba a Evita. Me confiesa y el destello de sus ojos jóvenes fulgura detrás  de sus anteojos amarillos.
Mi mamá  siempre fue una mujer fuerte y aunque en casa no había muchos libros sino historietas y diarios, ella nos impulsó a estudiar inglés y se puso a estudiar con nosotros. Ella pintaba la casa sola dice Ricardo.  Chabela entre sus innumerables pliegues, es también una mujer lorquiana, solo que sin su dramatismo y su infelicidad pero con la misma rotundez y gracia: mujer recia, inquebrantable, abnegada. La que talló  a los tres Salim en la roca.
Isabel asiente desde su propio trono porque ella también tiene eso de convertir una simple silla de madera en trono de oro e instalarse oronda a reinar. Entonces es cuando “el cosito ese” del ACV le hace una zancadilla a la memoria.
Yo he seguido a Ricardo siempre dice y es cierto como también es cierto que la figura del hijo se le funde con los recuerdos del Patriarca en la mente por momentos brumosa de Isabel.
Los años transcurrieron con el furor de la juventud para los hijos y bajo la mirada vigilante de los padres: El mayor Rolando se volvió comerciante, el segundo Ricardo, arquitecto al igual que Edmundo, el tercero.
A los 16 años me fui a estudiar de intercambio a Estados Unidos, a los 20 a Inglaterra y a los 22 a California todo mientras estudiaba arquitectura. Y mientras estudiaba arquitectura también empezó a tomar clases de teatro con Boyce Diaz Ulloque en el Teatro Universitario para seguir a mi hermano Rolando. El dejó pero yo seguí y durante tres años protagonice El Hombre de la Mancha. Con fe lo imposible soñar /y la estrella alcanzar cantaba el hijo noche tras noche y a fuerza de repetir esas estrofas, lo imposible se hizo real para él.
 
La segunda vida de las mariposas
 
En el 89 murió Boyce Diaz Ulloque, el gran mentor de actores y fundador del Teatro Universitario. Una especie de mago dandy de la escena teatral tucumana que levantó castillos donde antes había desiertos. En el 90 Ricardo decidió dar vida a  la Fundación del Teatro Universitario para prolongar la fantasía de un mundo lleno de introducciones, nudos y desenlaces. Un mundo hecho de arte escénico.
 
La Banda de Tafí del Valle fue el escenario natural que vio crecer año a año La Pasión de Cristo: una de sus primeras creaciones, que, al modo de los autos sacramentales, recrea los momentos más cruciales de la vida del Salvador.
Mi papá llegó a  ver las tres primeras obras hasta que un día camino a Rucafé donde iba a tomar café con sus amigos, un auto lo atropelló.
Y entonces la Catedral de Chabela se desmoronó en un chasquido de dedos y lo que parecía de piedra se volvió de arena por el espacio de un corto tiempo.
 Mi mamá, tan fuerte se vino abajo y entonces la traje a vivir conmigo y le di una actividad: ocuparse del vestuario de mis obras.
 ¿Quién hubiese dicho que una nueva existencia empezaría a los 70? Pero si, si. La trama de la vida urdiendo asombros a cada paso.
Es una vida que llevó adentro que no la puedo soltar. La vida del teatro, confiesa Chabela como una Sara Bernardt en el ocaso de su carrera artística. A partir de entonces fue trocar la faena de una casa por la faena de una obra y como si se tratase de coser y cantar la madre reemplazó la brocha y la escalera donde se trepaba a pintar su hogar por los centímetros y las tijeras con los que se tiraba en el piso si hacía falta para crear y crear. ¿Cómo resolver  la túnica de Jesús o la chaqueta de un soldado de la independencia? Tales eran sus nuevos desvelos. Y de repente su pequeña Ínsula de Barataria se volvió del tamaño del universo: allí donde hubiese bambalinas y donde su hijo Ricardo montase una nueva obra, allí estaba Chabela con sus ideas y sus moldes. Si vieras la capa que le hice para Amadeus donde hacía de Salieri, recuerda orgullosa.
Las manos amorosas de la madre con las que cocinaba quipes o guisaba o cosía trajecitos  o zurcía medias para sus tres varones se volcaron de las cacerolas y las sartenes y del hilo, y la aguja  a las capas, los jubones, las faldas,las calzas, los abanicos, los miriñaques, las pelucas, los corsets, las blusas,los  velos de encaje, las enaguas,los  pantalones y los guantes de seda en un mundo poblado de palabras.  Desde Molière hasta Laferrere pasando por Shakespeare, García Lorca, Pavslosky, Esquilo, Gogol, y Victor Hugo todos pasaron por el escrutinio de  esta costurera prodigiosa que al leerlos volvió sus palabras en ropaje y su ropaje en texto. Y ahí andaba tan cómoda entre bambalinas como antes en la cocina de su casa, como si el universo fuese su hogar y ella lo habitase con esa naturalidad tan isabelina…
Chabela: la gran impostora
 
En un juego de imaginación la veo probándose los trajes de las Óperas de Verdi, Aida o Nabucco  por caso, mientras canta con dramatismo frente al espejo su rol de Prima Donna. Piensa tal vez en aquellos acontecimientos abruptos que le abrieron la puerta a miles de vidas nuevas a la hora del reposo del guerrero. Las mamushkas desplegándose sobre la mesa inesperadamente.
Me la he pasado entre el teatro y la sala de operaciones, confiesa sin sobresaltos. ¡He tenido algunos problemas de salud y ahora he perdido parte de mi vista pero yo no me hago problemas, estoy tan agradecida! ¡He tenido tan buenos médicos!Todo es bueno. No me hago problemas, dice una y otra vez y le creo.
 

Nuevos asombros llegaron a cada paso cuando ya creía que tenía las manos repletas: en el 2002, me relata Ricardo, hicimos Evita, la mujer del Siglo y mi mamá hizo el vestuario. Vaya suerte la de Isabel que tuvo que emular a Christian Dior, Pierre Balmain o Paco Jamandreu y coser capas y polleras plisadas o acampanadas pero también  trajes sastres y pantalones para arropar a su musa de la juventud.

Y eso no fue todo: En el 2005 la Municipalidad le otorgó  el Premio de Mujer Destacada del año, agrega el hijo  a quien  a esta altura el orgullo le inunda los límites de la cara.

A los gustos hay que dárselos en vida.

Vení que te muestro el taller invita Chabela y  sostiene su bastón a modo de cetro. El cortejo solemne se compone de la madre,  el hijo, Isabel, Teresa y yo. Me conducen hacia un cuarto contiguo donde la caverna de Alí Babá se despliega en miles de telas esplendidas que no se nombrar: ¿terciopelos? ¿Muselinas? ¿Damascos? ¿Sedas? ¿Chiffones?¿o tal vez sus sosías?  Toman formas de trajes teatrales que cuelgan como fantasmas abandonados en busca de un autor. Mira esta manga, mira el detalle me señala y me muestra unas costuras impecables como hiladas en el cielo por los ángeles. ¿Dondé está la capa de Salieri? interroga Chabela con dulzura y autoridad. Ahora Ricardo, Teresa, Isabel y yo buscamos la capa entre los miles de ropajes. Pero la capa no esta.Y es ahí donde se desbaratan las máscaras.

Hubiese deseado hacer de Madre Coraje, en el momento en que ella no quiere perder a sus hijos y grita. Voy a google y encuentro este parlamento: Quieren escaparse de su madre, esos demonios y correr hacia la guerra como los terneros a la sal pero yo he de preguntar a la suerte y verán que el mundo no es un valle de alegrías como eso de Ven hijito necesitamos más mariscales.

Isabel alias Chabela, la que añora un pasado de textos teatrales no dichos, es la que hace unos años perdió a su hijo mayor y es la que asegura que el texto de Bertold Bretch de “Madre Coraje y sus hijos” hubiese sonado redondo en su boca. Es la que aún le reprocha con afecto al hijo Ricardo de no haberle dado el papel de su vida. Chabela se me hace inmensa.

 

Me preguntó quién es, si una madre abnegada y vestuarista retirada o una gran actriz  que juega por momentos a ser otras.

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