LOS OPEKA. HISTORIA DE 10 ALMAS. Tercera parte: Misión Madagascar

10 Ene 2017
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Los Opeka en el jardín de su casa

AÑOS FRANCESES

Pero conviene, como Ariadna seguir el hilo de la historia por su cronología: estábamos en el 1965. Pedro comienza a estudiar Filosofía y Teología en el Colegio Máximo de San Miguel. Durante esos años  de formación además de misionar, construyó casas en Salta y Formosa, para los matacos, y luego decidió volver sobre los pasos de su padre y continuar su formación allí donde todo empezó: Eslovenia.

En la Madre Patria vedada de Luis, el hijo continuó su formación sacerdotal en la Universidad de Liubliana y  en 1971 desembarcó en una Francia semi-esquizonfrénica, a estudiar en el prestigioso Institut Catholique de París.

“La imaginación al poder”, “Bajo los adoquines la playa” “La mejor Iglesia es una Iglesia que arde”. Esos y otros graffitis algo desgastados debió haber encontrado sobre las paredes del barrio latino, a su llegada. Es que en ese mundo alucinado de París de los años Flower-Power, los estertores incandescentes de Mayo del 68  aún sobrevolaban en los espíritus de los “soixantehuitards”.  El Paris del Daniel Cohn Bendit, el rojo, era la ciudad del laicismo como bandera y del descubrimiento del leninismo, el marxismo, el troskismo, el feminismo y demás ismos de izquierda donde no había espacio para Dios. En las antípodas,  la vieja Francia de derecha lloraba la muerte del viejo General De Gaulle, Héroe de Guerra y Líder absoluto de la Resistencia y de la Francia Libre, Presidente de la Quinta República.

 

En esos años mi hermano usaba el pelo largo, y no solo estudió Teología, sino que durante los veranos hizo de todo para poder quedarse, como por ejemplo vender zapatos. Vivir en suma. Conoció también en el Institut Catholique a Gilbert Mitterrand. ¿El apellido le es familiar?

“Cosas del futbol” suele repetirse cada vez que, por ejemplo, un partido se da vuelta y el que se creía ganador termina perdiendo inesperadamente. O viceversa. Porque la vida es inesperada, Pedro y Gilbert,  se hicieron amigos entre picado y picado. El deporte y su práctica solidificarían un lazo que más tarde también serviría para alzar una Catedral de solidaridad. Pero como no es dado a nadie conocer el futuro, de esto nos ocuparemos mas tarde.

Arribó por esos años, la crisis de Fe y Opeka se debatía entre ser o no ser.

Pedro llegó un año a dejar el seminario, me cuenta Bernarda.

Y en su desierto personal un retiro  fue lo que lo hizo volver a sí mismo. Y a Dios.  Cuando volvió ya resuelto y claro, conoció a un sacerdote  que contó de la necesidad que tenía su comunidad de más sacerdotes en África.  

Y el Espíritu Santo obró. Mi vocación es esta: ser sacerdote misionero, me ordenaré y me iré a África, se dijo, y así fue.

Con trabajo, escolarización y disciplina todo el posible repite como Mantra el Padre Opeka frente a las cámaras de canal 13 y su mantra me resuena: La Fe, el amor y el trabajo todo lo pueden lograr decían mis padres, me cuenta, esta vez  Luba. Pedro, un hombre en una sala llena de espejos.

Cuando hay amor todo es posible, repite en otro tramo de la entrevista y tantas voces matizadas se me hacen un solo y armónico coro cantando el Himno de la Alegría de Beethoven. Son las voces de los Opeka: las de Bernarda, Pedro, Helena,Mariana, Luis, Luba, Lucía e Isabel  bajo la sombra beatifica de María y Luis precediéndolos en la Fe.

Y finalmente llegó el día de la ordenación y aconteció en la Basílica de Luján porque en ese momento dependía de la Congregación de San Vicente de Paul de los Padres Lazaristas a la que él pertenece:

Todos estábamos tan felices, en especial mis padres. Recuerdo que había  niños iban y venían en el altar y yo pensé para mis adentros ¿porqué no se calman que no me dejan escuchar?

Cuando estábamos en el festejo mi hermano Pedro dice: ¿vieron la cantidad de niños que había? Es una bendición y un signo. ¡¡¡pensar que yo me quejaba!!!!

Fíjate que el lema de su ordenación era el capítulo 9 del versículo 13 del Evangelio según San Mateo: “Quiero más misericordia que sacrificio… y este es el año de la misericordia” cuenta Luba con la naturalidad de alguien que acostumbra a nadar entre designios de la Providencia.

Misericordia. Una palabra que tiene muchos trajes pero uno solo significado: amor por el otro. Entrega.

Retraigámonos ahora a esa imagen de Pedro caminando sobre un basural pestilente, flanqueado por niños malgaches y Eddie Fitte, el cronista. O mejor dicho, volvamos,  justo una escena antes.

En el momento justo en que llegan  a uno de los barrios y mientras Opeka muestra orgulloso una toma de agua colocada en un rincón del pueblo: Desde que instalamos el agua potable las muertes disminuyeron enormemente, cuenta orgulloso mientras un enjambre niños aparece corriendo por las calles, las desbordan y gritan avisándose unos a otros la Buena Nueva: Le père, le père, repiten a eco. Porque aquí Pedro Pablo Opeka no lleva los gloriosos ropajes retorico que el mundo le ofrendó. Acá en las calles de Akamasoa, el Santo de Madagascar es simplemente el Padre. Manao ahoana  Responde , el Hola que tal en malagasy. Los niños siguen gritando. Qué dicen? pregunta intrigado Fitte. Dicen “aquí está el padre, aquí está el padre”.  Y luego caminan todos juntos y enlazados. Llega el momento en que se sientan y una señora dice algo en malgache. La lengua suena a tambores en la selva y Opeka la toca a la perfección. El padre es un hermano, un padre, una madre para nosotros. Dice Pedro que dice. Y los niños parecen asentir.

MADAGASCAR: LA MISION ENCONTRADA

1975. Pedro ya es sacerdote y es enviado según su anhelo, a África.

Madagascar, no es precisamente una peli de animación de Dreamworks. Y acá un pequeño paréntesis sobre esta Isla perdida en el Océano Indico: Se trata de la más grande del mundo y es la octava economía más débil, el 80% de los habitantes vive con menos de 2 dólares por día, de 1000 niños, 600 mueren antes de los 5 años. Lenguas habladas: francés, malagasy e inglés.

Nací dos veces. Una vez en San Martín, Buenos Aires, y otra en Madagascar. Dice más de 40 años después Pedro.

Pero en realidad Madagascar empezó en Vangaindrano, al Sureste de la Isla, en medio de la selva. Allí fue párroco  por 13 años y trabajó en los arrozales, codo a codo con campesinos. También allí se enfermó de paludismo y parasitosis. Tenía un zoológico en los intestinos cuenta. Y no precisamente el amigable zoo de los dibujitos homónimos.

Sus superiores lo nombraron entonces Director del Seminario de Antananarivo, la capital para que pudiese curarse.

Un día convaleciente, mientras emprendía una de sus habituales caminatas por la ciudad, vio un inmenso basural donde perros y niños se disputaban por la comida.

“Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es” y lo que fue válido para Tadeo Isidoro Cruz, ese mítico personaje Borgiano, lo fue también para el padre Opeka y en medio de esa basura encontró su fin.

Entonces volvió a su habitación solo para revivir la misma historia de su padre aquella noche en aquella selva frente al Río Sava y como él, 54 años antes, juntó los despojos de sus deshilachadas fuerzas y se encomendó a la Divinidad, convencido como estaba de su misión. Le pidió a Dios que lo salvase para poder sacar a esas personas de esa vida que no era humana, cuenta Luba su hermana 41 años después. 

 

La prueba de que el principito existió es que era encantador, que reía y que quería un cordero  decía Saint Exupéry en la boca del aviador. 

¿Son nuestros anhelos los que nos vuelven reales? Si la respuesta es sí, entonces Pedro Pablo Opeka nunca se fue tan real como en aquella hora de soledad y oración en su habitación. Anhelaba como loco una vida diferente para esos 5000 ciudadanos de los desperdicios.

Cuando se quiere un cordero, es prueba de que se existe. En 1989, el hijo de Luis, el Padre Pedro, cumple su anhelo y funda Akamasoa.

Conoce al hombre que puede salvar al mundo tercera parte

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