La experiencia redonda (parte II)

27 May 2016

...Durante la tarde el viajero habrá de progresar en su tarea investigativa, volvemos a tener contacto en el ocaso de la jornada laboral. Luego de administrarnos comida y aseo, un cielo transparente  nos empuja hacia el Club Alemán, lugar donde se celebra la versión criolla del Oktober Fest con una oferta variada de cervezas artesanales complementadas con música en vivo.  Los elegidos para amenizar tales festejos son Los Tunches, hacedores de un dub rockeado con un estilo sumamente prolijo. En la puerta nos recibe un sujeto grosero con un sombrero verde, escoltado por dos muchachas de fisonomía europea vestidas con dirnes.  Convenimos con la banda en que Cristóbal filmará la tocada y nos ubicamos para ello; él, con cámara en mano, trepa a la terraza donde están apostados los muchachos y desde allí realiza planos cerrados encargándome sostener un micrófono peludo en dirección a los parlantes. Me posiciono a un costado de la consola donde el “Colo” Simonetti, ingeniero en sonido y pizzero de importación, manipula botones y perillas para que todo suene según su máximo potencial. Habiendo grabado lo suficiente Crístobal vuelve a la muchedumbre, donde apreciamos relajados la propuesta de Los Tunches. Los minutos transcurren diluyéndose entre las notas punzantes del teclado conducido por José Gerardo y la guitarra de Karlo fileteando ecos con un delay que condesa el espacio a tal punto que es necesaria una fuerza exterior para escapar del éter tunchesco.         

Una adaptación a medida del sacudón que nos despabiló a la mañana siguiente, en este caso una fuerza interna, surgida apenas debajo de la corteza terrestre. Un temblor de 5,9 grados en la escala Richter con epicentro en El Galpón, pueblo al sudeste de Salta, removió gran parte de la región, pero les juro que mi amigo chileno no tuvo nada que ver. Supe que al otro lado de la cordillera, los golpes naturales reemplazaron ese sentido de alarma un tanto escandaloso por un manejo efectivo de la situación. Por lógica están mucho, muchísimo mejor preparados psicológica y estructuralmente.

Rondando el mediodía decidimos el rumbo para las próximas horas, el sol brillante invita a sacar provecho de nuestra propulsión motriz; almuerzo liviano y en marcha hacia los puntos trillados de la guía turística. Entre hombres se habla de mujeres. Existe una idea de la belleza femenina como patrimonio nacional y con eso, el chileno está de acuerdo, pero al traspasar el brillo dorado la idealización se esfuma. “Solo se me dio con las brasileras”, confiesa. Con esa armonía que lo caracteriza Cristóbal da en la tecla, hace referencia a esa dualidad moral que (la mayoría, casi todas) las chicas cargan, en proporción y consecuencia a la concepción posesiva que (la mayoría, casi todos) los muchachos proponen.  Y no se jacta, lo asume como una condición también patente en sus tierras, a mí no me queda otra opción que asentir.

Entrando al llamado museo de la Casa Histórica de la Independencia hay un panel con imágenes. Entre ellas el abrazo de Maipú, comuna donde se crió Cristóbal, que representa a O´ Higgins y San Martín celebrando la victoria sobre el ejército realista. Pero al parecer ninguno tuvo demasiada incidencia en la decisiva batalla por la independencia trasandina. Según la versión off the record que sostienen al cruzar los Andes, el arribo del General José fue posterior al desenlace del conflicto, llegó para los aplausos. Misma historia ocurre con Bernando O´Higgins, quien se encontraba malherido tras la derrota en Cancha Rayada. El cuento del militar chileno es sabido por estos pagos, ahora…lo del libertador argentino…

Siguiendo el camino dispuesto por las habitaciones nos asimilamos al pelotón desembocando en el primer patio. Un individuo desgarbado, portador de una nariz con forma de pimiento, toma fotografías a todo aquello que aparece en su horizonte, en este caso al aljibe colonial ubicado en el centro del patiecito; oprime el disparador sin dirigir la vista al objetivo mientras gritonea a sus acompañantes con un marcado acento porteño… Turismo de utilería.

Un poquito asqueados de los merodearos con incontinencia fotográfica encontramos la salida, nos arrimamos a los puestos de artesanías donde Cristóbal cumple con un recuerdo. Acto seguido caminamos por las calles adoquinadas que componen el casquete histórico de la ciudad, surcado por franjas de naranjos, fresnos y lapachos; en ese contexto me embarga una liviandad propia de la niñez, cuando una siesta de sábado andando sobre las veredas tibias resultaba poco menos que una aventura.

De nuevo en el presente, Cristóbal necesita volver para recibir unos archivos recuperados que le enviarán desde Brasil.  En casa cada cual cumple con su cometido, me toca programar la agenda sabatina que asoma con la/el Magic Music Box como opción de cabecera;  dicha caja musical suma a sus propuestas musicales de todo tipo, una acústica impecablemente lograda en base a dimensiones y densidad. Allí tocará Alem y hemos sido invitados.

Es la víspera al día de la madre y dispuestos a festejar el correspondiente a la dueña del departamento donde resido, me informan de una reunión, para mí, imprevista. Caen en sub grupos cuatro de los hijos de la agasajada.  Mi viejo, el primero en aparecer, calza traje y actitud de casamiento al mediodía, trae consigo un acelere que canaliza haciendo preguntas, es un tipo que conversa con curiosidad y contesta con acidez. Cristóbal responde al tiempo que maniobra con unos vegetales que mezclará con pasta en forma de tirabuzón.      

Las sillas se ocupan poco a poco, cajas de pizza se apilan sobre el mantel color pastel reservado para ocasiones especiales, los comensales se reparten porciones para dar comienzo al ritual. En ese espacio una tía introdujo como tópico el episodio protagonizado por un mandatario en el cual tuvo un supuesto romance con un envase de vidrio asegurando que “salió en todos los diarios”. Interrumpí para argumentar que una información de ese calibre, independientemente de su veracidad, no se publica en los medios. Entonces mi padre (de quien heredé cierto tono absoluto para expresarme) me acusó de soberbia. Las voces aumentaron en volumen y disminuyeron en nitidez. La discusión se mantuvo en ebullición durante unos minutos hasta que fue palpable la utopía de pretender llegar a buen puerto.

El visitante concluyó luego que al parecer aquí se critica sin una razón aparente y muchas veces partiendo desde la ignorancia. Para mi pesar, otra vez tuve que coincidir.

Pasada la medianoche y una vez finalizada la cena matriarcal partimos a destino. Alem es liderada por Vladimiro Diéguez, paridor de melodías que encajarían en un disco de The Strokes pero podrían, salvando la fatalidad, ser interpretadas en un concierto sinfónico de Gustavo Cerati con el mismo atractivo. Vladimiro produjo, junto a Pablo Bustos, un cúmulo de canciones implantadas en el subconsciente colectivo de la subcultura hipster, recopiladas en dos álbumes que en formato digital son un imán para los melómanos internautas, sumando reproducciones inagotablemente; se trata de Intelligent Chabon de 2009 y Santa Fe, lanzado a la web en 2014. El último disco en cuestión se flamea como bandera de lo indie, y perfectamente situado en el espacio-tiempo, colocó a Alem como número principal; se sabe que están ahí, convocan, suenan, transitan el apogeo. La fecha consistirá entonces en un repaso por ese listado ecléctico de rock y pop pulido en cera, canciones que a primera impresión activan el sensor auditivo para el placer y una sola repetición basta para que surja un tarareo inconsciente, fina intuición en el talento compositivo de Vladimiro. Letras que se asumen cercanas expresadas en ritmos limpios y concisos, la perfección de lo simple.

Mucho tiene que ver con la bonanza de Alem la camada renovada de músicos que asumió la tarea de reformular en vivo la excelente calidad del trabajo hecho en estudio: Agustín Félix García como segunda voz, trompeta y guitarra; Daniel Cejas con el bajo; Lagarto Barrionuevo haciendo escalas y arreglos en la viola; Walter Soria con gran groove en la batería y Daniel Fares jugando con sintetizadores y colgándose también una rítmica.

El cantante aparece descansando sus brazos en el bolsillo del buzo canguro y se acerca a saludarnos. “¿Así que te gusta Alem?”, tira Vladi en una sonrisa suficiente. Envasado en menos de 170 centímetros, acrecienta su figura de anchos hombros delante del micrófono, donde proyecta una voz que ha sido moldeada con años de uso agudo, un catarro absolutamente dominado en su rasposidad con el encanto que eso implica.

Nuevamente armado con el artefacto peludo me planto en la distancia indicada apuntando al escenario para que el nacido en Chile obtenga planos muy cerca del backline. Ubicados los restantes miembros en su sitio, Vladimiro sube a escena. Abren con Felix, un poema a la paternidad reconocible por su introducción de trompetas que se ha convertido en un clásico para los fieles. Alem tiene fans, a medio metro un flaco con chupines y vello facial ornamental canturrea los temas en el oído de una flaca con vestido floreado y borcegos. Bailan sin respetar lo que ordena el ritmo, moviendo los brazos como niños que juegan.

En un intermedio instrumental Vladimiro Ernesto está de cuclillas, se enjuga los dedos con el sudor de la cabeza y lo usa para erizarse una mata de pelo desobediente en forma de cresta. Se transforma en Super Sayayin. La versión alemnizada de Diéguez incluye cierta cuestión estética, diferenciándose de su alter ego, rapado y con gafas oscuras, recetado para La Luzbel, banda en la que predica su faceta ska, la favorita confesa. Por momentos esa disociación de personalidades cede ante un Mister Hide atrevido e irreverente, ese que se parece a Luca; son entonces los mejores momentos del cantante. Aprovechando ese envión suena Tijeras chinas, un canción de desamor hipnótica, el necesario hit de dos acordes de todo primer disco.

"Es un personaje", opina Cristóbal una vez acabada su labor filmográfica. Pero la fiesta sigue, Vladimiro escapa haciendo enroque con la “Pupy” Nagle, amiga de la casa que acompaña ocasionalmente para cantar y estirar esas fugas. Tras una bocanada de aire fresco el vocalista retoma su posición renovado para el sprint final. Cierran con Lo que nos falta, un derroche de pulsaciones pop que se apaga dejando notas en el aire. Vladimiro abandona el ring side empapado de transpiración, y así satisfecho, sin resto, se sumerge en los pliegues de la noche.

Unas horas después, de vuelta en el octavo "B", devoramos los resabios de pizza y el mazacote de fideos con verdura preparados por Cristóbal antes de la repentina llegada de mi familia. Y cada cuerpo a su sobre.

Simultáneamente en Cardiff, el apertura con mejor técnica de tackle dentro del profesionalismo, catapulta a Los Pumas hasta la semifinal de la Copa Mundial de rugby, anotando 23 puntos con su certera derecha. El dueño de esa patada es un muchacho menudo con la firmeza de un roble que de pibe nunca faltaba a entrenar; es tucumano, tremendamente amable y se llama Nicolás Sánchez.

El domingo resultó ser exprés. Los cinco minutos de sueño extra se prolongaron hasta rozar la catástrofe. El llamado de mi madre me despegó de la cama. Organicé lo necesario a velocidad crucero y partí rezongando por mi negligente confianza en el reloj biológico. El huésped mientras, editaba material en su computadora portátil, son casi las tres de la tarde. Una bandeja intervenida con el pincel de Sofia Casadey Bollati como regalo (y la circunstancia de que fue mi madre quien me transmitió lo laxo en cuestión de horarios) apaciguó las aguas. Almuerzo exprés, traslado sin escalas para llegar en horario al partido del domingo. En la ribera del camino de Sirga se juega la Copa Marathon, uno de los tantos campeonatos amateurs gestados en las decenas de canchas de césped sintético repartidas en Tucumán. Duelo exprés y derrota abultada de equipo en formación. Tercer tiempo exprés y el retorno con la prisa por devolver un vehículo que no me pertenece.

La noche cae atravesada por un viento fresco que sacude las hojas verdes en la plaza San Martín. Tenemos una invitada en la cena; la dulce Marianita. Un Cristóbal determinado agarra la guitarra y despliega un acústico para ese público reducido. Solo dos canciones se rasgan, ambas son de su autoría y están cargadas de sosiego. Su voz apacible funciona como un calmante, lo aplaudimos algo adormecidos.

Cerrando el proceso quise saber si fui lo suficientemente hospitalario. Cuando le pedí un título para esta nota Cristóbal hizo hincapié en la disposición de la gente, sobre todo por parte de los músicos, atentos hasta el detalle, interesados en mostrar una identidad folclórica quizás indefinida. Volteó el prejuicio del tucumano “gato” sintiéndose seguro. Entendió que la convergencia del ferrocarril da lugar a que haya “un poco de todo” y reflejó gratitud. Ejerciéndolo, reafirmó en mí el convencimiento por las expresiones de necesidad o deseo como la forma más sincera de conducirse. “Fue una experiencia redonda, completa”, sintetizó. Nunca dijo weón.


Claudio tiene razón. Se redescubren un montón de cosas.

Alem - Felix

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