El amargo exilio

Confidencias del gobernador Garmendia.

17 Ago 2004
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PEDRO DE GARMENDIA. El tucumano que fue gobernador de la provincia en 1840, según el dibujo incluido en las “Memorias” de La Madrid.

Es conocido que, en 1841, la batalla de Famaillá, en Tucumán, y la del Rodeo del Medio, en Mendoza (en las cuales fueron derrotados los ejércitos de Juan Lavalle y de Gregorio Aráoz de La Madrid, respectivamente), significaron el fin de la Liga del Norte contra Rosas. Tenazmente perseguidos, los militantes de la Liga debieron exiliarse en las repúblicas vecinas.
Don Pedro de Garmendia (1794-1865), quien fue gobernador de Tucumán en 1840, se trasladó a Chile. Desde allí mantenía nutrida correspondencia con los amigos y parientes que habían quedado en su provincia, o que estaban refugiados en otras partes. Varias de sus misivas ha publicado Miguel Solá en "Organización nacional. Cartas de la emigración" (1926).
Muchas de ellas son por demás expresivas de la amargura y de la impotencia que invadían el alma de los emigrados. El 22 de mayo de 1844, desde Santiago de Chile, Garmendia escribía a don Manuel Solá. Hablaba del "estado y porvenir de nuestra desgraciada patria, cuya situación nos lastima tanto, a los que como usted y yo abrazamos la tarea de ponerla en el buen camino, sin otro cálculo por nuestra parte que un patriotismo puro y desinteresado", para así "poder descender a la tumba siquiera con el título de patriota, que un día tal vez se nos negará".
Garmendia no percibía, en el horizonte, posibilidad alguna de terminar con Rosas, "el déspota argentino". Reflexionaba: "¿Qué vértigo funesto pesa sobre nuestros pueblos? Algunas veces, para consolar mis penas, apelo a la providencia, me convierto en fatalista y pienso que estamos maldecidos por la providencia y que el anatema que pesa sobre nosotros no se revocará en nuestros días".
Agregaba: "¡Qué ideas, mi amigo, qué presentimientos me asaltan muy frecuentemente! Muchas veces he pensado y creído de mi deber embarcarme para Montevideo y meterme entre las filas de sus defensores, y buscar allí la muerte como un remedio. Pero mis hijos, mi pobre mujer, también participan de mi desgracia, ¿cómo aumentarla con ese paso? Veo que usted extrañará este lenguaje, pero tal es el estado de aburrimiento y desesperación en que me hallo".