
El ataque al comandante iraní Qasem Soleimani, ordenado por el presidente de los EEUU, no parece un buen augurio para el inicio de este 2020. Por el contrario, se trata de una acción temeraria y arriesgada que, no sólo incrementa la tensión entre ambos países, sino que, además, torna más frágil aún la situación de Medio Oriente. De hecho, en esta región, se vienen desarrollando una serie de profundos conflictos que, lejos de solucionarse o suavizarse, se acumulan unos sobre otros, conformando una suerte de castillo de naipes altamente inestable.
Según el comunicado del Pentágono, esta decisión fue tomada en virtud de dos razones fundamentales: en primer lugar, debido al apoyo prestado por Irán a los manifestantes chiítas en la Embajada estadounidense en Bagdad; en segundo término, como represalia contra uno de los máximos responsables de distintas agresiones iraníes a diplomáticos y militares de los EEUU. El documento también afirma que éste debe ser considerado un ataque preventivo, cuyo objetivo primordial es disuasorio. Sin embargo, y como cualquier analista internacional entiende, sus resultados serán los opuestos. En otras palabras, lejos de disuadir a Teherán, lo que este hecho va a provocar es que la promesa de implementar las más duras represalias contra Washington se convierta en una dura realidad.
Como ha sostenido Philip Gordon - quien fue coordinador de la Casa Blanca para Medio Oriente y el Golfo Pérsico durante el gobierno de Barack Obama - esta acción del presidente Trump es casi una declaración de guerra a Irán; una declaración para la cual el Sr. Trump no se ha preparado.
En cuanto a las relaciones entre ambos países, éstas vienen deteriorándose desde hace 41 años, cuando la revolución islámica del Ayatollah Jomeini derrocó al régimen de Reza Pahlevi – principal aliado de EEUU en la región - y estableció una república teocrática en el país. Poco después, la tensión aumentó con un hecho que conmovió al mundo y marcó las relaciones de ambos Estados hacia el futuro: la toma de rehenes en la embajada norteamericana en Teherán. En efecto, fue la crisis de los rehenes, la que condujo a Estados Unidos a romper relaciones diplomáticas con Irán; relaciones que siguen congeladas desde entonces.
Así, desde 1980, Washington decidió buscar un nuevo aliado en la región y se acercó a Saddam Hussein (presidente de Irak), al que apoyó en la guerra que enfrentó a su país con Irán entre 1980 y 1988. Durante esta etapa, el presidente Reagan implementó las primeras sanciones contra Teherán y en los 90, debido al desarrollo de los programas nucleares iraníes. Tanto Bill Clinton como sus sucesores (Bush hijo y Barack Obama) incrementaron las sanciones, profundizando la confrontación.
Simultáneamente, durante estos años, se reeditó un viejo conflicto que contribuyó notablemente a incrementar la tensión y la violencia en la región. Se trata de la rivalidad y el enfrentamiento entre el poderío Chiita y Sunnita (las dos ramas del Islám) encarnado y territorializado en distintos países de la zona. Así, mientras Arabia Saudita y los Emiratos Arabes representan los intereses del Sunnismo, Irán y sus aliados (entre ellos el gobierno de Siria) representan los del Chiismo; una ecuación que se ha tornado absolutamente letal a raíz de la incorporación de otros componentes de mayor envergadura: la alianza de EEUU con los primeros, los intereses de Israel (que aún mantiene en plena vigencia el problema con los palestinos) y las aspiraciones de grupos y organizaciones irregulares (guerrilleros y terroristas), muchos de ellos patrocinados y apoyados por actores regionales o internacionales, tal el caso de Hezbollah, indiscutiblemente ligado a Irán.
En este escenario, una acción como la que hoy analizamos, puede convertirse en una jugada muy peligrosa; una jugada que suponga colocar la última carta del castillo de naipes.







