Tanzania, donde las injusticias no hacen perder la fe

El relato de un sacerdote misionero sobre las carencias que sufren pueblos de África

26 Sep 2017
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MISIONERO. El padre Diego Cano, durante su paso por Tucumán. la gaceta / Foto de José Nuno

Muy pronto reiniciará un largo periplo que lo llevará en avión hasta San Pablo (en Brasil), desde allí a Johannesburgo (Sudáfrica), hasta arribar al día siguiente al aeropuerto de Mwanza (capital de Tanzania). El viaje seguirá por vía terrestre durante siete horas más hasta Kahama, una región del norte de Tanzania, donde Diego Cano desarrolla su labor de misionero católico. Él tiene 43 años y es sacerdote del Instituto del Verbo Encarnado, ordenado en el año 2001 en la ciudad de San Rafael (Mendoza).

Su labor en Tanzania comenzó cuatro años atrás. “Una cruz que cargamos los misioneros es la incomunicación, porque hay que aprender el idioma y eso lleva un tiempo -explicó Cano-; además de la adaptación al lugar y el hecho de enfrentar las enfermedades que son típicas de esa región como la malaria o la fiebre tifoidea”.

En Kahama, la parroquia Nuestra Señora de Lourdes tiene una extensión de 2.400 kilómetros cuadrados. Ese territorio sirve para predicar el evangelio y atender las necesidades básicas de los pobladores de 53 aldeas africanas. Las más cercanas están a 15 kilómetros de la parroquia y otras más lejanas se ubican a más de 40 kilómetros. “La falta de agua potable es uno de los principales problemas de las comunidades -detalló Cano-; ellos toman agua contaminada que sacan de un estanque, donde se junta el agua de lluvia. Tiene un color marrón y por eso hay grandes enfermedades como el cólera y parásitos, y la gente tiene que caminar dos kilómetros para buscar agua, cargar 20 litros en un tacho en la cabeza hasta su casa... Los niños mueren de esas enfermedades y aun los misioneros nos enfermamos”.

Cada dos años, Cano tiene un mes de vacaciones. Ahora está a punto de completar su período de descanso. Por eso regresó a Argentina para visitar a familiares y pasó por Tucumán para saludar algunos amigos, antes de regresar a Tanzania. “Nuestro principal trabajo es predicar el evangelio, llevar a Cristo a las almas, y el evangelio lleva progreso y humaniza. Por ejemplo, nuestras hermanas tienen una escuela primaria con jardín de infantes; algún día podrán poner un colegio secundario, también cuentan con un dispensario, pero es pequeño y falta seguir equipándolo”, detalló.

En Kahama, la tasa de natalidad es muy alta. Las familias numerosas son el común denominador, con seis hijos como promedio. “El dispensario ayuda a las mujeres embarazadas, a que los niños tengan la atención mínima, porque no hay incubadora ni oxígeno -enumeró Cano-. Por ejemplo, hace un tiempo fueron dos médicos ecuatorianos como voluntarios y estuvieron 12 días con nosotros y en ese corto tiempo vieron morir a cinco niños, por falta de pequeñas cosas que en otros sitios se consiguen fácilmente”.

La parroquia nació hace 70 años en una pequeña construcción de adobe, pero creció hasta que hace dos décadas se construyó un edificio nuevo y más grande. “En 1990, San Juan Pablo II, cuando visitó Tanzania dijo que era el jardín de paz en África, y eso ocurría a pesar de estar rodeado por países que han padecido conflictos internos”, destacó.

Las 53 aldeas que cubre la parroquia comprenden 80.000 habitantes. “No hay luz eléctrica y a pesar de todas las necesidades vemos un pueblo alegre, no es que estén pensando en lo que les falta; a veces sólo tienen una comida fuerte al día y, cuando se puede, dos veces, pero saben valorar y es gente muy agradecida de Dios, son un ejemplo en ese sentido”, resaltó.

Los pobladores se dedican a cultivar la tierra. Poroto, maíz, espinaca, papa, batata, entre otros. “El que no trabaja no come”, suelen decir en Tanzania los pobladores. La mitad del año no hay cultivos, por la sequía. Entre los recursos naturales del páis los más famosos son el oro y el diamante. “Eso es una injusticia social muy grande, porque vienen las empresas de afuera y sacan el oro y el diamante y el pueblo de Tanzania vive en la pobreza. Las escuelas son pobres, en lugares donde estamos nosotros no hay posibilidad de que todos los jóvenes estudien en el secundario, los hospitales son un desastre, no hay medicinas y hay una explotación laboral”, remarcó.

También hay cultivos de tabaco, pero las empresas multinacionales pagan muy poco en relación con la producción. “Son injusticias que se viven en África y ellos con muy pocas cosas están muy contentos y entonces eso lo aprovechan los poderosos. Mientras mantengan al pueblo pobre e ignorante, lo pueden dominar y no hay interés en que la gente tenga educación”, afirmó Cano.

A pesar del escenario trágico en el que se mueve, Cano admite que extraña Tanzania y que espera estar allí el primer lunes de octubre. “Dan ganas de volver, aunque uno sabe que es volver al trabajo -enfatizó-. Pero somos sacerdotes y uno se encariña con el lugar, con la gente, y al ver todo lo que falta hacer como los pozos de agua, que la escuelita siga avanzando, que el dispensario crezca, predicar el evangelio... Uno quiere volver”.

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