El desafío de articular las demandas de la coyuntura con las del largo plazo

Diego Masello (Investigador del Centro Interdisciplinario de Estudios Avanzados/ Universidad Nacional de Tres de Febrero - UNTREF)

23 Jul 2017

Nuestro país profundizó su heterogeneidad social y productiva a mediados de los años ’70, introduciendo cambios que comenzaron a manifestarse empíricamente de diverso modo durante la década del noventa, especialmente en el mercado de trabajo, con la aparición de la informalidad estructural como un fenómeno generalizado dentro del conjunto de los ocupados. Dicho fenómeno se observa en unidades productivas precarias, de muy baja productividad y con muy bajas dotaciones de capital (económico, tecnológico, cultural y social) en relación a los puestos de trabajo que se desempeñan en dicha unidad. Este nuevo ciclo abierto hace más de cuarenta años echó por tierra los recurrentes intentos argentinos por incorporarse en el contexto mundial como un país desarrollado.

De modo que, actualmente, tenemos un conjunto de problemas persistentes, que representan un desafío para todos los espacios políticos que se propongan como meta el crecimiento sostenido de la economía conjuntamente con la creación y recreación de empleo de calidad, sustentable en el tiempo. Estos problemas determinan una estructura socio-ocupacional dividida en dos grandes sectores muy diferentes entre sí. El primero engloba fundamentalmente al sector primario (básicamente complejo agro-alimentario) más algunos nichos industriales y de servicios que tienen altos niveles de productividad y que, eventualmente, pueden competir internacionalmente. Dentro de este sector también observamos a otras economías del sector primario, así como al resto de los sectores industriales, comerciales y de servicios; a diferencia de los anteriores, muchos de ellos tienen problemas de competitividad y se desempeñan con costos y precios superiores a los internacionales. Por ello es tan difícil para muchísimas empresas de este segmento competir a través de las exportaciones de sus productos o servicios.

El otro gran sector es aquel que denominamos como de informalidad estructural que, obviamente, está fuera de cualquier competencia internacional y registra muy bajos niveles de competitividad, rentabilidad y salarios. Mayormente está compuesto por trabajadores que se tienen que autogenerar un empleo, motivados por las necesidades básicas de la subsistencia tanto del propio trabajador/ra como de su familia, donde es predominante el formato del cuentapropismo, desempeñando sus tareas directamente en forma ambulante en la calle, en algún tipo de puesto o en sus propias casas, generalmente entreverándose las actividades propias de la unidad productiva con las del hogar.

Como agravante, lo que nos ha mostrado la historia reciente de modo evidente es que estos problemas, que se manifiestan con mayor intensidad dentro del mercado de trabajo y que dependen de la heterogeneidad de la estructura socio-productiva, son poco sensibles a los efectos del crecimiento tradicional de la economía; o sea, significa que los procesos sustitutivos de importaciones, tal como se conocieron con el primer peronismo o con el desarrollismo, por sí solos no son capaces de corregir los efectosque nos acarrea el tener una estructura social y productiva fracturada. Lo que es peor aún, si el crecimiento no nos garantiza la sutura de estas escisiones, el no crecimiento o la caía de la actividad sí nos lleva a un agravamiento de los problemas que son funcionales a estas divisiones de la estructura productiva. De modo que el crecimiento económico funciona como una condición necesaria pero no suficiente, con lo cual tenemos ante nosotros la dificultad de tratar de identificar soluciones para estos desafíos estructurales sin perder el dinamismo del día a día.

Entonces, si las recetas conocidas están mostrando sus limitaciones, aparecen nuevos retos que, por ahora, no están encontrando respuestas dentro del ámbito de las políticas públicas. Paradójicamente, vivimos en una época donde prolifera la abundancia de las fuentes de datos e información y, sin embargo, es notoria la falta de diagnósticos que permitan tomar decisiones de acuerdo a la tan mencionada “sintonía fina”.

Desde nuestro punto de vista, uno de los desafíos más complejos implica “…buscar un equilibrio entre las demandas, tiempos y ritmos de la coyuntura, con una visión de largo plazo que piense los caminos del desarrollo de los elementos estructurales productivos y laborales”, tratando de propiciar una articulación entre las demandas de la coyuntura y el largo plazo, cuestión que continúa siendo uno de los principales interrogantes en relación al futuro.

Ahora bien, ¿qué podemos esperar para el futuro próximo? Si bien no nos es posible anticipar lo que sucederá, sí podemos reflexionar sobre algunas tendencias o, más precisamente, escenarios posibles.

Si el crecimiento se sigue haciendo esperar, si las mejoras son desiguales como las observamos actualmente y si las políticas públicas siguen más preocupadas por los aspectos legales o del registro del empleo que por los problemas estructurales, podríamos adentrarnos a una tendencia que el gran sociólogo estadounidense Robert Merton describió, para las segregaciones dentro del quehacer científico, como el “Efecto Mateo”, parafraseando la parábola del apóstol: al que ya tiene le será dado más y, por el contrario, al que no tiene o tiene poco, se le quitará lo dado. O sea, según Merton, al científico consagrado se le abrirán nuevas puertas, financiamientos y oportunidades y al desconocido o no se le darán o se le ofrecerán en menor medida. Este “Efecto Mateo” es conocido dentro del ámbito de las ciencias y se ha aplicado a distintas situaciones. En nuestro caso lo que queremos ejemplificar es que, dado el estado actual de nuestra sociedad, es probable que cada uno de los sectores en los que está fracturada social y productivamente la Argentina podría retroalimentar su situación, de modo que los más dinámicos sean cada vez más dinámicos, mientras que los otros estén cada vez más alejados de la posibilidad de mejorar y de poder pensar que, alguna vez, ingresarán en el universo de los más productivos.

Entonces, aquellos hombres y mujeres que trabajan en precarios e inventados almacenes, kioskos, remiserías, talleres; y los que venden en la calle, en los trenes y colectivos; y los que compran ropa en grandes “saladas” para venderlas luego en sus barrios, tendrán la certeza de que ésa es su situación, habiéndose truncado la posibilidad de soñar, pensar y alcanzar un trabajo mejor tanto para ellos como para sus hijos.

Este es el problema del efecto Mateo llevado al plano de la estructura social y productiva de la Argentina. Con lo cual, si no se toman acciones más innovadoras, como el diseño e implementación de políticas públicas multidisciplinarias, que combinen los saberes y potencialidades de distintos ministerios y secretarías del Estado, es difícil suponer que podremos arribar a diagnósticos más complejos, adecuados a los retos del presente.

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