Mensajes adolescentes

Hay instituciones que sabían que una tragedia como la de Matías podía ocurrir; pero están en otra cosa. La ejecutiva de Cippec Julia Pomares pidió que los argentinos estemos atentos a los problemas invisibles que nos atraviesan.

21 May 2017 Por Federico Diego van Mameren

La muerte de Matías Albornoz Piccinetti no puede sorprendernos.

Sabemos -nadie puede dudarlo- que todos los días un adolescente sale de su casa y antes de desayunar guarda en su mochila un arma, una punta, una manopla. Lo sabemos. A nadie puede sorprenderle. Sin distingos sociales, un chico -porque todavía son chicos aunque la ley y la política quiera hacerlos imputables- hoy, mañana o pasado elegirá no cargar una pelota -o un libro- y sacará un arma para llevar al colegio.

¿A quién toma distraído esto? No se trata de una historia que se cuenta por TV o del omnipresente Netflix. Son cosas que les suceden a los hijos, a los vecinos, a los compañeros, a los parientes. Se conocen más los casos que ocurren en las barriadas en las que manda la pobreza, pero pasa en todos lados. Tal vez el escenario llame más la atención: un adolescente mató a otro en pleno centro, ahí donde todos pasan, donde todos toman un ómnibus, donde todos le roban un beso a otro.

Un arma es un instrumento, medio o máquina destinado a defenderse o a atacar. ¿De qué necesita defenderse un adolescente de 14, de 15 o de 16 años? ¿Qué nos está diciendo ese chico, que después de levantarse a la mañana guardó un arma en su mochila? ¿Cuál es el mensaje? ¿Qué intentará decirle a esta sociedad un jovencito, que minutos antes de besar a su padre y a su madre eligió el arma -y no la pelota ni el libro o la película- para llevar al colegio? ¿Para atacar qué? ¿Y por qué?

La muerte de un hijo rompe la lógica. ¿Qué intentarán decir los jóvenes cuando destruyen ese equilibrio? ¿El mensaje es que hay algo que quieren cambiar? ¿Hay algo que les duele tanto como para no dudar a la hora de matar? La adolescencia no sólo grita su verdad; también elabora sus alegrías y sus tristezas y las de sus familias y amigos. La violencia se convierte en una síntesis de todo eso.

Sentencias veloces

Apenas Matías se fue de este mundo, diferentes actores comenzaron a dictar sentencia. “El otro grupo los agredió; se defendieron”; “Se tuvo que defender”; “Ves, hay que bajar la imputabilidad de los menores ya”; “Son un lacra”; “Hay que apretarlos para que canten”; “Esto iba a pasar”; “Prefiero no hablar”; “Hay que matarlos”. En estos tiempos de redes sociales la velocidad es un disvalor. Como un bumerán vuelan las ideas y vuelven idiotas. El celular se ha convertido en un enemigo experto, que es capaz de no pensar con tal darle lugar a la inmediatez, al vértigo.

Demasiado ocupados

Hay instituciones que sabían que una muerte como la de Matías podía ocurrir. No pudo sorprender a una Secretaría de la Juventud que, de paso, debería preguntarse cuál es su rol verdadero en esta sociedad. Ningún miembro de la Legislatura de los gastos sociales puede pensar que ocurrió algo inesperado. Tanto es así que no hubo llamado a sesión para debatir un tema por el cual la sociedad se siente interpelada y ellos son sus representantes. Se entiende que concejos deliberantes como los de la Capital o de Yerba Buena no tengan reacciones. Ellos no saben cómo reunirse. Les cuesta demasiado. Las respuestas a muchos de los signos de preguntas que se abren por este episodio las tienen las instituciones administradas por ciudadanos a los que el pueblo ha elegido para que atiendan sus preocupaciones.

 A veces da la sensación de que las instituciones atrasan ante la velocidad con que ocurren los hechos. Un mensaje por Whatsapp o un simple post a veces tiene más fuerza que un legislador. Frente a eso, los hombres y mujeres que tienen las riendas del poder prefieren ignorar los problemas invisibles y no responder algunas preguntas para sentir que la realidad no se los lleva por delante.

La última cena

En la última cena del Centro de Implementaciones de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (Cippec) la directora ejecutiva, Julia Pomares, pidió que los argentinos estemos atentos a aquellos problemas invisibles que nos atraviesan. Se trata de temas que de tanto verlos nos pasan inadvertidos o que ante nuestra imposibilidad de encontrarles solución hemos decidido ignorar. Sin embargo, cuando menos se espera, esos problemas invisibles terminan interpelando a todos, sin excepción. Pomares recordó en aquel primer lunes de mayo que los argentinos tenemos una confusión entre las cuestiones individuales y las colectivas. Ejemplificó con un embotellamiento, donde cada uno es parte y causa del embotellamiento. Algo parecido ocurre con este episodio que le costó la vida a un adolescente.

Pomares en aquella oportunidad advirtió que una característica de estos problemas es que no se solucionan simplemente con un programa o con una ley. Tampoco alcanza con sentarnos a una misma mesa a conversar. Todas ellas son herramientas necesarias, pero no suficientes. Administrar la tensión entre lo individual y lo colectivo exige disentir, conciliar, pero, fundamentalmente, ceder. Ninguna de estas acciones es inocua. “Son las que llevan a que un país prospere o se estanque. Para solucionarlos, todos, pero, especialmente los protagonistas de los diferentes sectores, debemos estar dispuestos a ceder. Y la negociación no puede ser a expensas de los que menos tienen, de aquellos que en 35 años de democracia aún no vislumbran el horizonte”, manifestó la directora del Cippec. Para que ganemos todos hay que estar dispuestos a perder algo, y, si lo hacemos, la Argentina gana, sentenció.

La misma tensión

En Tucumán mandan las elecciones. Las encuestas son moneda corriente. Un punto en la imagen negativa puede decidir que tal o cual no sea candidato en los próximos comicios. Cuando se les pregunta a los oficialistas, ponen cara de payasos y aseguran que ganarán tres de las cuatro bancas que se puso en juego y aseguran que la imagen de sus candidatos sube más que los precios. En la oposición pasa exactamente lo mismo. José Cano sonríe. Sus adláteres afirman que la lista asegura una buena perfomance y que Domingo Amaya no dejará a Cambiemos. En voz baja los hombres y mujeres del Pro despotrican hasta con agresividad cuando ven que están relegados y que el radicalismo y el peronismo disidente les han copado la parada.

Esta semana no fueron las dudas del canciller Juan Manzur ni los embates de Alperovich los que desentonaron el equilibrio provincial. La mayor tensión corrió por las escaleras de Tribunales. Fue cuando el mismísimo Antonio Gandur bajó del principal sillón para presentarse en el edificio de calle Sarmiento en la fiscalía de Washinton Navarro Dávila. El empleado que lo recibió no lo reconoció. Fue el secretario quien terminó recibiendo una recusación en la polémica causa de la Línea 11 que ya tiene el apelativo de “megacausa” porque una denuncia acusa al hijo del presidente de la Corte de traficar influencias para favorecer a la empresa que presta el servicio de esa línea. Gandur pidió mirar el expediente, requerimiento que le fue negado por tener secreto de sumario. El presidente se retiró mascullando cierta bronca.

El episodio no pasó inadvertido. Algunos compañeros del titular de la Corte balbucearon que los problemas particulares del presidente están afectando al cuerpo colegiado. También volvieron a la palestra las viejas rencillas con el ministro fiscal Edmundo Jiménez, quien es el jefe directo de Navarro Dávila, el fiscal que maneja el tema.

Tal vez haga falta repetirlo: “administrar los problemas individuales y lo colectivo exige disentir, conciliar, pero fundamentalmente, ceder...”. Eso había dicho Pomares el primer lunes de mayo en el Cippec.


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