¿Quién se ocupa de los extraordinarios?

01 Mayo 2017

Juan María Segura - Columnista invitado - Experto en educación

La obra de Malcolm Gladwell siempre nos fuerza a pensar de una forma diferente. Sus libros más comentados, Tipping Point, Blink y Outliers, proponen trayectos argumentativos que, al apartarse del análisis convencional, permiten entender problemas de una forma verdaderamente multidisciplinaria, y sugieren vías originales de abordaje. El caso del último libro citado, traducido al español como Los fuera de serie, nos hace pensar desde una mirada estadística en problemas de rendimiento deportivo o académico vinculados a la raza, año y hasta fecha de nacimiento.

El sistema educativo está preso, por decirlo de alguna manera, de problemas de representatividad estadística. Al definir que las agrupaciones de alumnos deben corresponderse con edades rigurosamente preestablecidas, y que los contenidos curriculares deben mostrar un entroncamiento universal y progresivo del tipo One Size Fits All, claramente se está definiendo poner en una situación incómoda a quienes, por capacidad, condición socioeconómica, madurez o simple interés, deben o pueden aprender a otro ritmo, o muestran preferencias por otros contenidos y temáticas.

Al hablar de inclusión, y establecer por ley como meta que el sistema educativo debe ser inclusivo, se abre la posibilidad de atender las condiciones de aprendizaje de quienes están, en lenguaje estadístico, en una de las puntas de la curva de distribución de rendimientos escolares, la de los menos favorecidos, abandonando a su suerte a aquellos ubicados en la otra punta en la curva de distribución. Diseñar políticas, estrategias pedagógicas o intervenciones para favorecer o atender a los mejor dotados, más entusiasmados o simplemente aquellos de mejor rendimiento académico, parecería una exageración. Sin embargo, estos sujetos de aprendizaje deberían despertar tanto interés y entusiasmo como los opuestos, simplemente porque los ampara el mismo argumento: un sistema escolar estandarizado que no está pensado principalmente para ellos, sino para los alumnos promedio.

Estos pensamientos me invaden cada vez que llega a mis manos un boletín de calificaciones con notas sobresalientes. ¿Y si ese alumno 10 puntos resulta que podría rendir 14, o 18, o 48? ¿Y si el mismo sistema notarial, pensado y gestionado para los alumnos ‘normales’, es el que está generando una conducta en el extraordinario que termina adormeciendo su potencial, mojando su pólvora? ¿Es posible que un Federico Leloir haya pasado por sus muchos años de escolaridad obligatoria sin brillar, ni que nadie lo haya notado? Si fuese el caso, ¿cuántos Leloir la escuela está desarmando durante ese trayecto, que cada vez es más extenso? En un extremo del argumento, ¿cuánto pierde la humanidad, si los gérmenes del genio creativo o el talento son tan groseramente desatendidos durante el largo tiempo escolar?

No debería ser complicado dar un tratamiento diferencial a estos extraordinarios. En definitiva, tienen capacidades o condiciones diferentes. Se podría facilitar que trabajen en proyectos o asignaciones especiales; o proveerles tiempo libre para que se ocupen de sus intereses; o ayudarlos a establecer un puente activo con su comunidad; u otorgarles roles de liderazgo en temáticas o iniciativas específicas; o simplemente alentarlos para que participen en competencias que los exijan y potencien, facilitando la publicación de sus trabajos, sea un poema, una app o una iniciativa para resolver un problema real. Piense que la universidad Singularity, que de universidad no tiene mucho, está avocada lisa y llanamente a resolver los grandes problemas de la humanidad.

El daño hipotético que se produce en un niño o adolescente que, por mal rendimiento y desatención abandona la escuela antes de tiempo, debería ser enfrentado con el bienestar y progreso que deja de crear un alumno equivalente, pero del otro lado de la curva, producto de la misma estrategia. Marginalidad e informalidad, por un lado, y ausencia de creación y de progreso, por otro, son dos caras del mismo problema: una escuela pensada para el corazón de la campana y no para las puntas.

De ninguna manera estoy infiriendo que un estudiante sea un punto en una curva de distribución estadística normal. Mal podría alguien argumentar en esa dirección. Por el contrario, a través de este razonamiento me propongo hacer un elogio hacia la individual, hacia la condición única e inimitable que tiene cada aprendiz, el bueno y el malo, el débil y el fuerte, el que proviene de un hogar bien constituido y el otro, el que goza de salud y el que no la tiene fácil. Todos, y digo todos, tienen derecho a recibir una educación que los potencie, los integre a la sociedad y les facilite la vida adulta en comunidad. Y el sistema formal de instituciones educativas del país debería ser el ámbito en donde ese derecho se vea plasmado, para la totalidad de sus integrantes.

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