Volver del futuro

Por Juan María Segura - Columnista invitado

12 Enero 2016
What can I do for you, guys? Así comenzó la conversación con Steve Kosslyn, decano fundador de Minerva Schools at KGI días pasados en sus oficinas sobre la avenida Market Place, en San Francisco. El encuentro, que se extendió por más de una hora, formó parte de una serie de reuniones mantenidas con los principales responsables de esta innovadora y disruptiva universidad, creada en 2014.

El día había comenzado con una reveladora y cálida charla con Ben Nelson, CEO y fundador de Minerva, e incluyó intercambios con Jonathan Katzman, CTO y padre del Active Learning Forum, la plataforma a través de la cual se dictan todas las clases, Josh Fost, director de Curriculum y responsable de aterrizar la ciencia del cerebro a un plan de clase concreto, y Judith Brown, decana de Artes y Humanidades. Fue un viaje fascinante, intelectualmente denso y cargado de ideas, definiciones, desafíos. Un salto en el tiempo, con el agregado de todo el colorido que provee San Francisco y del influjo que la adrenalina del ambiente del Silicon Valley genera.

Minerva posee cuatro elementos distintivos que la describen con claridad: 1) la pedagogía, 2) la tecnología aplicada al proceso de enseñanza-aprendizaje, 3) una nueva concepción de que el campus es la ciudad, y 4) el valor anual de la matrícula, un cuarto de lo que cuestan Harvard, Stanford o las universidades con las que compite. De todos estos elementos, a mi juicio y sobre la base de las conversaciones que mantuvimos en San Francisco, el más trascendentalmente diferenciador es el referido a la pedagogía. El mismo Kosslyn, un académico neurocientífico sumamente medido en sus apreciaciones y siempre guiado en sus juicios por las manifestaciones empíricas de su campo de trabajo, no duda en señalar que la pedagogía de Minerva es soberbia. Minerva destaca no solo por lo que se enseña, sino también por la forma en la que se lleva adelante el proceso.

Las oficinas son un quirófano del cerebro del estudiante a cielo abierto. Todo lo que se discute, en el nivel de los más altos directivos, está referido a la forma en la cual los más de 100 hábitos de pensamiento emanados de la investigación de Kosslyn pueden convertirse en un plan de clase a partir de un propósito específico de aprendizaje. Cada sesión de cada materia es una obra colectiva de ingeniería científica, pedagógica y tecnológica, un trabajo que involucra a más de seis diferentes roles y responsables, y consume, solo en su etapa de diseño, más de 50 horas de trabajo. Es un trabajo tan admirable como desafiante, que por supuesto no está exento de desafíos ni complicaciones, pero que conduce inexorablemente hacia el nuevo ADN de la revolución de la pedagogía: active-learning.

En la actualidad, hay evidencia científica que indica que las metodologías de enseñanza-aprendizaje que implican al aprendiz de una forma activa producen dos beneficios principales en comparación con el tradicional modo de enseñanza a través de la clase magistral: el aprendizaje de los contenidos mejora y la cantidad de alumnos que reprueban disminuye. Esta evidencia, por el momento aplicada a las disciplinas STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas), seguramente se irá extendiendo en el corto plazo hacia diferentes disciplinas y contextos de aprendizaje. Y solo ello irá clarificando que la discusión de la nueva pedagogía no tiene tanto que ver ni con la tecnología, ni con la capacitación de los docentes, ni con el porcentaje del Producto Interno Bruto que un gobierno dedica a la educación pública.

La ciencia del aprendizaje está llenando un vacío de información que forzó al sistema educativo a deambular a ciegas durante la mayor parte del tiempo, guiado solo por inferencias, proxis e interpretaciones vagas y erráticas de aprendizajes, competencias y dominios disciplinares. ¿Acaso pondría en manos de un médico, arquitecto, ingeniero o abogado recién recibido una decisión importante para usted, su familia o su empresa? No lo culpo. Todos fuimos profesionales recién recibidos, y vivimos la distancia que separaba lo que sabíamos y podíamos hacer una vez concluidos nuestros estudios, y lo que señalaba el diploma que orgullosos exhibíamos en el centro de alguna pared. Esos títulos y diplomas son el emergente natural de un sistema imperfecto y errático de clases magistrales que, en el mejor de los casos, genera una exposición direccionada de contenidos, pero de ninguna manera crea los hábitos de pensamiento en los cuales solo Minerva (por el momento…) está trabajando.

Y qué mejor forma de comprobar todo lo anterior que… ¡hablando con los mismos alumnos!

Cerramos la visita comiendo una noche con los alumnos latinos, provenientes de México, Colombia, Argentina y Brasil. Además de la fascinación de vivir en una ciudad como San Francisco, nueva para la mayoría, y de transitar todo el proceso con pares de otros 40 países diferentes, todos se mostraron firmemente alineados detrás de una palabra: ¡transformación! A pesar de haber comenzado a estudiar en Minerva hace solo 2,5 meses, todos coinciden en que a esta altura del partido no se reconocen a ellos mismos en sus formas de argumentar, sintetizar e interrelacionar contenidos y tópicos. La charla fue notablemente interesante, todos hablando, preguntando, escuchando con atención, sumergidos en un proceso de transformación personal que apenas completó el 5% del recorrido. Llegaron riendo y así los despedimos, a pesar de la presión que les genera el estudio y de la condición de extranjero que el lenguaje les marca a cada paso.

Volviendo de San Francisco me espera el desafío de participar como panelista en el lanzamiento de un importante Congreso. Debo intentar transmitir parte de lo vivido y, a través de ello, animar a los participantes a innovar desde sus empresas y realidades. Espero tener suerte. Continuará…

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