Pareceres

Por Juan María Segura - Columnista invitado

12 Septiembre 2015
En 2014 se estrenó el film Frontera, que trata el drama de una familia mexicana que, al cruzar ilegalmente a los EEUU, sufre injustas acusaciones y queda envuelta en una trama de muerte y corrupción. De una forma notablemente actual y aún sin proponérselo, nos permite traer a discusión el concepto de la frontera, no sólo de una Nación, sino como concepto cultural extensible al plano de la educación. La frontera es un concepto genérico trascendental del ser humano, en especial del hombre moderno. De acuerdo a la definición del diccionario de la lengua española, la frontera es tanto el confín de un Estado y la línea divisoria entre dos estados, como un límite o línea que separa dos cosas, marcando la extensión de cada una de  ellas. La frontera integra, porque reúne dentro de sus límites a las partes sueltas, pero también separa, porque aparta y señala agrupaciones diferentes. La frontera encierra y restringe, porque crea espacios físicos o conceptuales que, en el tiempo, quedan condicionados en sus relaciones inter partes a las culturas, prácticas y consensos creados alrededor de sus elementos constitutivos, pero también contiene y otorga entidad desde el momento que hace reconocibles a las integrantes como partes de un tono más complejo y distinguible. Cuando pensamos en la frontera de un país, entre México y EEUU para el caso del film señalado antes, los conceptos se hacen claros y tangibles. Las fronteras físicas, si bien son arbitrarias y, por lo tanto, convenciones del hombre, son fácilmente reconocibles, aunque no necesariamente explicables y menos aún satisfactorias.

La educación, al igual que los Estados, está plagada de fronteras y convenciones. La escuela, sin ir más lejos, es un espacio físico que integra a un conjunto de elementos, prácticas y actores que, por definición está separado por medio de una frontera de un mundo externo en donde no se aprende, o no se aprende tanto, o, como mínimo, no se aprende de la manera en que se hace dentro de ella. Ese es el concepto fundante de la escuela, la de un espacio novedoso de integración de elementos que favorecen  la  emergencia de un aprendizaje en  particular que no ocurre de  manera natural y espontánea en el mundo real, externo. Dentro de la escuela, la separación de los alumnos también se realiza por medio de fronteras, de edad y ubicación física, que son los grados. 

Como se puede apreciar, tanto los Estados como las escuelas han evolucionado y profesionalizado su práctica a partir de una cuidadosa definición y férrea defensa de sus fronteras. Embebidas en esa lógica y convención de la época, lograron evolucionar a la largo de un período histórico similar, llegando a constituirse en instituciones dominantes del siglo pasado. Hasta que un día se creó internet, y todo cambió. Las fronteras que representaron ese territorio de disputa de poder tan bien descripto por el historiador Paul Johnson, de pronto se volvieron porosas y difusas. Y, ya menos controlables porque la información se comenzó a filtrar por todas sus fisuras, dejaron de contener. Mientras los regímenes totalitarios del norte de África cedieron ante esta nueva realidad, Cuba abandonó paulatinamente su cerrazón y China occidentalizó su sistema de producción. 

En educación, la llegada de internet también operó en el  mismo sentido: debilitando a sus instituciones y actores. Un día, la oferta de educación en línea se masificó, emergieron las MOOCs (cursos abiertos masivos en línea, por sus siglas en inglés) y el libró físico de fronteras claras (tapas, hojas, principio y fin) se convirtió en lectura hipertextual abierta. De pronto, comenzamos a hablar menos de uno enseñando y  más  de como muchos aprenden siguiendo trayectos individuales de aprendizaje. Los gobiernos sin fronteras claras debilitan tanto a  sus  funcionarios como la escuela sin frontera debilita a los administradores y profesionales de la educación. La Comunidad Económica Europea y el Parlasur deben ser interpretadas desde el punto de vista político institucional de la misma manera que deben ser consideradas en la educación las corrientes de investigación y práctica a favor del aprendizaje no formal e  informal, y la inclusión dentro del sistema de actores de instituciones  que históricamente se alojaron más allá de la frontera de educación (museos, talleres, clubes, parques públicos, fábricas), lejos de las regulaciones y normativas.

Avanzamos a paso firme hacia un mundo sin fronteras, o al menos sin las fronteras que nos sujetaron y catalogaron (y hasta  nos enfrentaron) durante tanto tiempo. Se avizora un tiempo histórico sin precedente, en donde deberemos admitir, por ejemplo, que la educación en línea no es contraria a la educación presencial, sino que crea una nueva forma de presencialidad en la red, mediada por tecnologías. Y así, con tantos otros conceptos. Discutir desde dogmas de  conceptos fronterizos  anticuados nos impedirá reconocer, por ejemplo, que un ciudadano de Juárez y otro de El Paso, o un chileno patagónico y un argentino patagónico tienen tanto en común como un aprendiz de 15 años y otro de 68, unidos a través de una misma plataforma virtual, persiguiendo los mismos objetivos de aprendizaje.

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