El agente de Cipol: sofisticada, divertida y bien resuelta. Buena

El agente de Cipol: sofisticada, divertida y bien resuelta. Buena

En plena Guerra Fría, un agente de la CIA y uno de la KGB -enemigos a muerte- se ven obligados a trabajar juntos. Con la ayuda de un científico que trabajó para las nazis, una poderosa empresa está desarrollando una bomba nuclear. Es imperioso detener esos planes.

El agente de Cipol: sofisticada, divertida y bien resuelta. Buena
Origen: EEUU/Gran Bretaña, 2015.
Dirección: Guy Ritchie.
Con: Henry Cavill, Armie Hammer, Alicia Vikander.
Violencia: con escenas.
Sexo: sin escenas.
El pasaje: una persecución automovilística con forma de pasos de ballet, coronada por un gran escape sobre el muro de Berlín. una joya: la selección musical, armada con bellísimas canciones -sobre todo italianas- de los 60.

Mientras James Bond y Ethan Hunt se acomodan al paso del tiempo, Napoleon Solo e Illya Kuriakin permanecen anclados en su época. No podía ser de otra manera. La impensada y formidable asociación de un estadounidense y un soviético sólo tiene su razón de ser en el marco de aquel mundo bipolar que ya es historia. Gracias a ese original planteo la serie de TV en la que está basada la película fue éxito en los 60. La versión cinematográfica se hizo esperar (incluso formó parte de la carpeta de proyectos de Quentin Tarantino), hasta que, afortunadamente, quedó en manos de Guy Ritchie.

Solo es un bon vivant devenido espía por la fuerza. Derrocha elegancia, charme e inteligencia. Kuryakin, un portento físico, está marcado por un pasado complejo y el autocontrol no figura entre sus virtudes. Robert Vaughn y David McCallum formaron una dupla inolvidable en la TV, así que no es sencilla la tarea para Henry Cavill (sí, el actual Superman) y Armie Hammer. Hay química en la pareja y puede ampliarse generosamente en el caso de una secuela, que quedó servida en bandeja.

Para que “El agente de CIPOL” funcione es imprescindible tercerizar un villano y en este caso son nazis con sed de venganza. Actúan con el respaldo de una familia italiana (los Vinciguerra), en la que destaca Elizabeth Debicki; hermosa, gélida y letal. A Solo y a Kuryakin los ayuda la hija del científico alemán que es la llave de la solución. La juega Alicia Vikander, figurita en ascenso imparable. Pero el que está realmente bien, aunque en un papel poco desarrollado, es Hugh Grant. Hace de Waverly, el jefe de la organización CIPOL, a cargo de Leo G. Carroll en TV.

Ritchie, que cuando quiere puede ser desenfrenado, dotó a su película de mucha clase. Las locaciones, los vestuarios y los gadgets sesentosos brillan de principio a fin. “El agente de CIPOL” es un juguete atractivo, por momentos tan distante como la elegancia que lo caracteriza, pero absolutamente disfrutable. 



Los 33: Los 33 merecían algo mucho mejor  

La película cuenta lo ocurrido en la mina San José, en pleno desierto chileno, cuando 33 mineros quedaron atrapados a causa de un derrumbe. Mientras bajo tierra las víctimas se organizan para sobrevivir, en la superficie se desarrolla una carrera contra el tiempo para salvarlos.

Origen: EEUU/Chile, 2015.
Dirección: Patricia Riggen.
Con: Antonio Banderas, Rodrigo Santoro.
Violencia: con escenas.
Sexo: sin escenas.
Lo impensado: Juliette Binoche vendiendo empanadas.
Lo peor: las actuaciones, en especial Bob Gunton haciendo de Sebastián Piñera.

La de los mineros chilenos es “la” historia. Siempre la realidad de lo que vivieron -y de lo ocurrido sobre sus cabezas- estará por encima de la ficción. Cualquier expresión artística motivada por el tema corre con desventaja; es un riesgo que asumen los creadores. Esa no es una carta abierta a la superficialidad, el trazo folclórico “for export” y la banalización, elementos que nutren “Los 33” y hacen de la película un gigantesco paso en falso.  

Los mineros le contaron sus experiencias al escritor estadounidense Héctor Tobar y él les dio forma de libro. Es el texto que tomó Patricia Riggen (la directora de “La misma luna”) para desplegar su versión del drama que mantuvo en vilo al mundo en 2010.

“Los 33” está hablada en un inglés plagado de inflexiones latinas y cruzado por chilenismos de toda laya. Esa ensalada lingüistíca es tan artificial como chocante. Según los productores, de otro modo el filme no funcionaría en el mercado internacional. En Estados Unidos huyen de las películas subtituladas como de la peste bubónica. La que pierde, a fin de cuentas, es “Los 33”.

Es notable que una directora mexicana como Riggen no mire a Chile con ojos latinoamericanos. “Los 33” obedece a la concepción que de la región mantienen al norte del río Grande: color local, ceremonias indígenas y un fogón en el que cantan “Gracias a la vida”. Una sucesión de estereotipos y lugares comunes.

Es, además, una película rara, heterogénea como el reparto. Banderas hace de Banderas, Juliette Binoche es una empanadera de Copiapó, a Rodrigo Santoro lo abandonó la gestualidad y Gabriel Byrne no entiende bien qué está haciendo ahí. A James Brolin lo tajearon en la mesa de edición, porque no dice ni una palabra. Y también hay pinceladas de humor, inoportuno claro. Pero el pecado mayor de “Los 33” es que, con semejante historión a mano, sea incapaz de emocionar.

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