El debate: tras las propuestas hubo una ráfaga de acusaciones e ironías,

Los ocho candidatos a intendente de San Miguel de Tucumán participaron anoche del debate organizado por LA GACETA y Canal 8. Plantearon sus planes de gestión en materia de seguridad, basura, espacios públicos y tránsito. Hubo tiempo para los cruces políticos en el Hotel Hilton Garden Inn. Video.

20 Ago 2015
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POSTAL DE FAMILIA. Antes del debate, Fiori, Viña, Yedlin, Vargas Aignasse, Alfaro, Arroyo, Arreguez y Di Cola (de izquierda a derecha). la gaceta / foto de juan pablo sanchez noli

No hubo injerencia del azar. Tampoco improvisaciones. Cada uno de los ocho candidatos a intendente de San Miguel de Tucumán que participaron del debate organizado por LA GACETA y Canal 8 sabían de antemano el objetivo de las palabras que finalmente pronunciaron ante el auditorio del Hotel Hilton Garden Inn. 

Germán Alfaro (Acuerdo para el Bicentenario) se enfocó en Pablo Yedlin (Frente para la Victoria), el massista Gerónimo Vargas Aignasse y el bussista Claudio Viña se ensañaron con Alfaro. Yedlin, a un costado, como si estuviese ajeno a los insultos y griteríos de sus competidores. El de estos cuatro postulantes fue el bloque de mayor tensión. Un rato antes, Carlos Fiori (Unión y Progreso Social), Mariana Arreguez (Frente de Izquierda), Estela Di Cola (Alternativa Popular) y Arturo Arroyo (Partido Laborista) ya habían calentado las tablas con sus cruces. Especialmente, por no haber podido debatir cara a cara con los cuatro participantes del segundo segmento del programa TucumánElige, y por la legalización o no del aborto. 

En rigor, el de anoche fue un debate entre aspirantes a conducir la ciudad capital de Tucumán, pero la presentación de los planes de gestión sobre asuntos netamente municipales fue absorbida por el ímpetu puesto en la discusión de temas de agenda provincial. La seguridad, la corrupción y el narcotráfico, por ejemplo, ocuparon buena parte de los minutos en el aire que tuvieron los protagonistas. 

El punto de mayor convulsión se vivió pasadas las 23, cuando tras las preguntas del público los cuatro postulantes que mejor miden en las encuestas gozaron de 10 minutos para debatir. Vargas Aignasse calificó de lamentable el papel de Alfaro, y advirtió que el actual secretario de Gobierno de la Municipalidad promete medidas que podrían estar en vigencia desde hace tiempo. El amayista, tenso y erguido como reminiscencias de su educación en el Liceo Militar, levantó el tono de voz y comenzó a interrumpirlo. Le enrostró ser útil al alperovichismo y le pidió, irónicamente, que no hablara más de drogadicción y que no se convirtiera en un héroe y paladín de la lucha contra esa problemática (durante su exposición, Vargas Aignasse había hecho mención a ese flagelo entre los jóvenes). Casi como un acto reflejo, Alfaro abrió fuego contra sus otros dos rivales, que en silencio seguían las voces superpuestas del amayista y del massista. El amayista le recriminó a Viña que tenía “millones de razones” para cuestionar la gestión municipal, a lo que el bussista le reclamó que explicara a la ciudadanía cómo se financió la campaña electoral de él y de Domingo Amaya y cómo se manejan las cuentas municipales.

Alfaro, en el centro de las miradas, sacó de entre los papeles que tenía sobre el atril un sobre papel madera, pidió hablar de lo que a la gente le interesa y acercó a los conductores del ciclo un detalle de su declaración jurada. “Para que la abran dentro de cuatro años y la comparen”, instó. Fue entonces cuando volvió a ampliar sus críticas y miró hacia su izquierda, en donde Yedlin esperaba su turno para hablar. Le recordó que Juan Manzur, el candidato a gobernador del alperovichismo, fue investigado por presunto enriquecimiento ilícito, y hasta acusó a Yedlin de haberles querido “robar” a los tucumanos, exhibiendo artículos de LA GACETA sobre el caso Funsal (N.de la R.: en 2010, el Tribunal de Cuentas sancionó a Yedlin por haber autorizado un pago a una fundación inexistente). El oficialista, perplejo, le pidió que no mintiera a la sociedad, admitió un error administrativo y se mantuvo sereno y fiel al libreto preparado. Para entonces, el cronómetro marcaba los últimos segundos de un lapso de 10 minutos acelerados, marcados por la confusión, la tensión, las chicanas y los nervios. 
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