07 Agosto 2015

Juan María Segura - Columnista invitado

De tan obvia que es la respuesta, me resulta inquietante por qué en la región, y no sólo en la Argentina, estemos preguntándonos si los maestros deben o no ser evaluados. Realmente no lo comprendo.

El gran disparador de esta discusión, naturalmente, fueron los resultados de las pruebas internacionales PISA publicados a fines de 2013, en donde se verificó que, comparativamente, los chicos de 15 años escolarizados provenientes de los ocho países de la región analizados, aprenden poco y mal. Con Chile en la mejor ubicación, en el puesto 51, Argentina en el puesto 59 y Perú en la última ubicación, 65, el ranking PISA encendió una discusión extendida territorialmente, aunque no necesariamente profunda y mucho menos conducente.

Nunca antes en la historia el financiamiento de la educación en la región fue más generoso, el corpus legislativo más denso, y el régimen normativo y disciplinario más laxo, a pesar de lo cual los aprendizajes de niños y niñas no mejoran. Como diría un amigo empresario, si esto pasase en el fútbol de mi país, sería un escándalo de escala nacional y todos los involucrados serían despedidos y socialmente condenados. Pero en educación, parece que todo vale, o que nada importa tanto.

Existen, a mi juicio, algunas concepciones equivocadas sobre el funcionamiento del sistema educativo, que valen la pena aclarar.

La primera equivocación es suponer que dotando al sistema educativo de mayores recursos, este se reparará y todo florecerá. Más salarios, escuelas, computadoras, horas de capacitación (¡!), libros, en la medida en que no se integren adecuadamente dentro de una estrategia político-pedagógica adecuada, solo lograrán encubrir las verdaderas causas de los malos resultados, así que no convendría enamorarse tanto de esta estrategia o mirada simplista.

El segundo error es creer que más de lo mismo logrará que las mejoras finalmente lleguen. Esta hipótesis de la dosis adecuada es la que nos está llevando a seguir adicionando ciclos obligatorios de enseñanza, turnos extendidos y más días de clases, sin siquiera lograr impactar los indicadores de abandono ni repitencia. Esta estrategia de agregar caballos a la carreta, como la suelo llamar, solo sirve para afianza un tipo de sistema de enseñanza en particular: el actual. ¿Y si no es el adecuado? ¿Y si lo que necesitamos es otro vehículo?

La tercera hipótesis errónea, a mi juicio, es la que indica que la centralización es una virtud. Ministerios y secretarías de Educación nacionales y federales deberían continuar transfiriendo pleno control de sus redes locales de escuelas y universidades a comunas y municipios, proceso que comenzó en los 90’, pero quedó a mitad de camino. La centralización, en el actual contexto hiperconectado y dinámico de construcción colectiva del conocimiento, no es una virtud sino una herencia o legado a reconsiderar. Las escuelas deben lograr verdadera autonomía.

El cuarto problema es la creencia de que los malos aprendizajes son problema exclusivo del sistema educativo, y que por lo tanto, los deben reparar los docentes, ministros y directores de escuelas. ¡Qué pena tanta hipocresía! Qué dolor tanto desinterés. Finlandia, el sistema educativo con el que todos nos llenamos la boca, mide bien en lectocomprensión en PISA porque los chicos leen más de 50 libros por año, la mayoría fuera de la escuela. ¿Acaso la cultura no importa, no hace a una nación? ¿Alguien podrá suponer, siquiera por un minuto, que es posible desplegar una educación para la paz dentro de una sociedad violenta, no solidaria e insensible hacia el dolor ajeno? ¿Acaso la corrupción y los falsos ídolos no generan modelos de conducta que entorpecen una educación en valores y virtudes? La cultura la hace una sociedad entera, no solo un director de escuela.

El último inconveniente es la creencia de que los chicos, estos chicos, no desean aprender. ¡No me hagan reír! Los chicos aman aprender, se fascinan experimentando, no tienen problemas en preguntar, admitiendo que no saben o no comprenden. Aprenden de un maestro y de algo que les indiquemos, pero mucho más lo hacen de aquello que desean aprender, en lo que se implican voluntariamente y donde mantienen el autocontrol del proceso. El problema es que el sistema escolar, este tipo de sistema escolar, les va enfriando ese entusiasmo año tras años, pues los regula, estandariza y trata como mercadería. Por esta razón, Sugata Mitra desarrolló la teoría de la enseñanza mínima intervenida, ello es, casi sin participación de los docentes y solo a través de un diseño de entorno de aprendizaje enriquecido y desafiante.

¿Si los docentes deben ser evaluados? ¡Ya fueron evaluados, y todos rindieron mal! Por eso, PISA dio lo que dio, y duele tanto. La pregunta que debemos hacernos es si nosotros, los pagadores de impuestos, sus verdaderos empleadores, los queremos seguir teniendo a la cabeza de la más trascendental tarea que tiene una nación, como es preparar a sus niños y jóvenes para desenvolverse en la vida adulta con responsabilidad y libertad. Desde esta mirada, estaría bien que les tomemos un examen a todos los docentes, pero no para evaluarlos sino para ver si los volvemos a contratar.

Mientras tanto, señores docentes, ¡están despedidos!

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