Los José

17 May 2015 Por Juan Manuel Asis
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“Conducir no es mandar, es algo distinto, mandar es obligar, conducir es persuadir. y al hombre es mejor persuadirlo que obligarlo, en la conducción política es una regla que no se puede romper en ningún caso”. (Perón)

En Tucumán sobran los jefes sectoriales, faltan los conductores políticos. Hoy hay tres jefes enfrentados: Alperovich, Amaya, Cano; aunque esa ecuación puede cambiar ya que dos de ellos terminarían dibujando juntos un mismo camino electoral. En ese caso, ¿quién persuadirá a quién de ser segundo? ¿Quién emergerá como jefe? O bien: ¿habrá una dirección bicéfala en una eventual coalición opositora? Las preguntas van dirigidas al intendente peronista y al diputado radical que están trabajando contrarreloj para arribar a un acuerdo político que satisfaga al amplio y multicolor abanico de intereses -hasta ideológicos- que estalla bajo sus respectivas carpas. La intención tiene un fundamento matemático: mejor dos ofertas que tres alternativas. Polarizar entre una opción alperovichista y una antialperovichista.

Para esta instancia final, más que dos jefes harán falta dos conductores claramente identificados en cada trinchera, cada uno levantando su respectiva bandera de continuidad o de cambio del modelo de gestión. Alperovich cumplirá ese rol por un lado, tratando de aglutinar a la tropa del PJ detrás de la dupla Manzur-Jaldo. En función de los resultados de los comicios, a la postre, será el principal ganador o el principal derrotado, porque así lo impone la hora, ya que el oficialismo pone en juego una hegemonía de 12 años. La oposición apunta a imponerse sobre la herencia de su gobierno. El tiempo lo exige; la contienda será a todo o nada, muy propio de un fin de ciclo.

En la UCR, algunos dirigentes tienen en claro que necesitan un líder que los conduzca a la victoria, huelen que la posibilidad de llegar al poder está menos lejos que en otras oportunidades. “En 30 años de militancia no tuve nunca un gobernador radical”, se escuchó decir a manera de lastimosa queja la semana pasada en la convención radical. Fue una reflexión para animar y movilizar a las huestes radicales.

La asamblea sesionó, precisamente, para ungir al jefe de conductor, dándole poderes rosistas, plenipotenciarios, para establecer lo que a su criterio más le convenga al partido de Alem en materia de alianzas. Un verticalismo institucionalizado al estilo peronista: con radicales, pero también con peronistas adentro, esos que ya saben de este tipo de prácticas en el justicialismo, donde veneran a su líder.

En la UCR quieren un conductor sin ataduras ni condicionamientos partidarios para que lleve adelante un proceso político que los deposite en la Casa de Gobierno. ¿Es José Cano ese dirigente, el que podrá aglutinar a todos los radicales, incluso hasta los antiperonistas -que los hay-? El documento aprobado por 66 convencionales -con un solo rechazo- va en esa línea, a exponerlo como líder, puertas adentro, pero también va como mensaje hacia el resto de la sociedad. El plenario de la convención, el órgano más representativo, lo reconoció en los papeles.

Y, si bien fue convocada al solo fin de autorizar a Cano a realizar alianzas, en los discursos estuvieron presentes las negociaciones del presidente de la UCR con el jefe municipal kirchnerista. “Hay buena gente entre los peronistas”, dijo uno de los convencionales justificando tácitamente un arreglo con el jefe municipal. Otro fue más allá: “¿qué pruritos podemos tener en ir con Amaya?”. A lo que como si fuera un coro armado para cantar la misma canción un tercero añadió: “vamos a ser gobierno con una política de alianzas”.

Obvio, nunca faltan los que desentonan y ponen la nota discordante. “No se puede ir de aliados con los corruptos del alperovichismo”, apuntó el que desentonaba con el clima. Otro, blandiendo la corchea de la misma canción, acotó: “tengo problemas con Amaya, fue partícipe alperovichista”. “No podemos entregar el partido”, gritó un tercero poniendo un mínimo de tensión al plenario. Alguien con más pragmatismo electoral y postura aliancista dejó en claro una falencia partidaria para los comicios y para abrir definitivamente la puerta al amayismo: “la UCR tiene diferencias con el PJ, pero necesitamos sus fiscales”.

Otro convencional, para respaldar la necesidad de pactar con Amaya -sin nombrarlo-, sorprendió al parafrasear al creador del movimiento justicialista: Perón era sabio en estas cosas, decía que para armar una pared hasta barro se necesita. Tal vez quiso decir una cosa y se interpretó otra. Luego vinieron las frases para ratificar la necesidad de un pacto político con el amayismo: hay que ganar elecciones, los radicales nos tenemos que acostumbrar a manejar el poder, el peronista de corazón no va por el bolsón, estoy harto de perder elecciones con sinvergüenzas. Y el final de corazón abierto para los primos peronistas arrepentidos: “bienvenidos aquellos que reniegan de Alperovich”. Aplausos, un José, Cano, jefe y conductor. A demostrarlo.

En la otra vereda, otro conductor, otro José. Alperovich se mueve como tal. Sin embargo, estuvo enviando señales que fueron recibidas con cierto grado de preocupación por la dirigencia peronista. Y fueron varias. Primero fue desdecirse sobre su postulación a senador, cuando es el único cargo que puede servir para traccionar sufragios para Scioli, con quien tiene un compromiso político con vista a la interna del Frente para la Victoria. Él sabe que su llegada al Congreso es irremediable. ¿Confundir a la oposición con la maniobra? A los únicos que confundió fue a los de su tropa, que estaba convencida de que el jefe pelearía por la banca senatorial y, de repente, se le dijo que no.

¿Cuál es la estrategia?, se preguntaron todos. Tibiamente se planteó si había algún temor desconocido. La incertidumbre sobre lo que se pretendía con la jugada se incrementó cuando se anunció un proyecto de ley para prohibir las dobles candidaturas -incluso hasta antes de tener el borrador del texto-, de aquellos que se presenten simultáneamente como candidatos a las PASO -senador o diputado- y a las provinciales -como gobernador, legislador o intendente-. La iniciativa tiene un destinatario: Cano. (Y si prosperan las negociaciones entre el radical y Amaya, también puede estar dirigida contra el jefe municipal, si es que aparece en la misma boleta opositora como aspirante a diputado, por ejemplo). Esta “ley Cano” no fue interpretada como una picardía de la ingeniería electoral del oficialismo contra el adversario político -aunque los argumentos sobre transparencia sean absolutamente válidos-, sino como una muestra más de que “por algo” se le quería cerrar esas puertas al presidente de la UCR.

¿Acaso le temen? La pregunta sobrevino casi lógicamente en la cabeza de los alperovichistas que analizan los gestos y leen entrelíneas para dar un paso e intuir por dónde van los que guían. El mensaje no es de los mejores para encarrilar y dar confianza a la tropa; y se lo interpretó como una señal de debilidad, impropio de alguien que gobierna casi hegemónicamente la provincia desde hace 12 años, con una legislatura, 19 intendencias y 93 comunas que le responden, más el manejo de la caja del Estado. Y, encima, con la maquinaria electoral del PJ, que aceitada es casi imbatible en Tucumán.

Si a eso se le suma que el sistema de acople es un anillo al dedo para el peronismo, ¿por qué las dudas? Seguramente Alperovich tiene resuelto ser senador, seguir respaldando a la dupla Manzur-Jaldo y jugarse entero por el triunfo del FpV en agosto; pero los gestos, en vez de irradiar fortalezas generan incertidumbre e interrogantes entre los fieles. Impropio de un conductor. La popular frase “quién lo asesora” flotó en estos días, y apunta más a los que supuestamente lo están haciendo equivocar.

La semana que pasó dejó decenas de reuniones del gobernador con dirigentes de la Capital y del interior, realizadas para garantizar una presencia masiva en el Hipódromo -como sucedió- por la presencia de Scioli en Tucumán. En esos encuentros se trató algo más. Los comicios de agosto estuvieron presentes, igual que la elección de Julio Miranda como senador en 2003, que ingresó por la minoría al Congreso, perdiendo los comicios en manos de Fuerza Republicana; un suceso que los Kirchner tardaron en superar. Alperovich lo sufrió. Quedó en claro que el 9 de agosto, en las internas abiertas, hay que ganar o ganar, máxime si el gobernador va a la cabeza de la lista. El mensaje habría sido contundente y muy terrenal, cargado de pragmatismo: el que se la guarde para el 9, no la tendrá para el 23. A buen entendedor.

El alperovichismo quiere imponerse en las PASO, no tanto porque abre las puertas a la gobernación dos semanas después, sino porque sería un papelón electoral de proporciones nacionales ser derrotado por la oposición. Nada de “efecto Miranda”, la dirigencia tendrá que salir a jugarse el todo por el todo. Se lo ordenan. Claro, hasta esta situación, la de las advertencias y amenazas, constituyen en sí mismas un rasgo de debilidad que también perciben las bases. Esa incertidumbre llega a la piel de la militancia. Más de uno cree que Cano los asusta, y que el pacto con Amaya, más.

Sin embargo, esas señales de debilidad fronteras adentro, nada tienen que ver con las que emite Alperovich fronteras afuera, en el marco de la relación política con el Gobierno nacional. Le perdió el temor -¿y el respeto?- a la Presidenta. Por lo menos eso dicen los últimos gestos: avala al candidato peronista que menos quiere el kirchnerismo duro, Scioli; no va a la ceremonia de refinanciación de la deuda encabezada por Cristina -envía a Manzur-; y su esposa, la senadora Beatriz Rojkés, cierra el círculo afirmando que Tucumán es sciolista. Sciolista, no kirchnerista. Alperovich, en el plano nacional, muestra rasgos de la avanzada independentista que puede sobrevenir en el peronismo respecto del kirchnerismo-cristinista; con los riesgos que implican en vista a los meses de gestión nacional que quedan y con las ventaja posterior que puede significar una victoria de Scioli en octubre.

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