La voz de seda y acero vibró en Tucumán hace cien años

Carlos R. Paz | ARCHIVO LA GACETA

17 May 2015
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EN EL HOTEL SAVOY. Enrico Caruso, a la izquierda, junto a su amigo Martín S. Berho, de barba, durante su visita en 1915. la gaceta / archivo

El gran tenor italiano Enrico Caruso llegó a Tucumán el miércoles 14 de julio de 1915. A las 15.30 una multitud lo recibió en la estación Central Córdoba. Se alojó en el hotel Savoy y elogió a Tucumán por su deliciosa temperatura, su quietud y su alegría. Por la noche caminó por la plaza Independencia e hizo una visita de cortesía al diario El Orden; mientras en LA GACETA el periodista Fernando de Prat Gay publicó el soneto “Al Gran Caruso”.

Al día siguiente, don Enrico encontró la habitación llena de flores: era el día de San Enrique. Paseó por el centro de la ciudad y almorzó en el Savoy mientras el maestro Signorelli, con su excelente banda, tocaba en los jardines varias piezas de su repertorio. Por la tarde visitó el ingenio Concepción, donde lo recibió don Alfredo Guzmán, y luego dejó su tarjeta al gobernador Ernesto Padilla, a quien no pudo saludar personalmente.

Su primera presentación

El viernes 16, a las 21 en punto, la coqueta sala del Teatro Odeón (hoy San Martín) estaba colmada. Mientras esperaba al gran Caruso, la multitud siguió ávida la interpretación de “Cavallería rusticana” de Mascagni, con la soprano Poli Randaccio y el tenor Gubellini. A continuación, el telón se abrió para dar comienzo a “I Pagliacci”, la ópera en dos actos de Leoncavallo; el prólogo fue del barítono Anceschi, y el teatro estalló cuando apareció Caruso, que apabulló con su juego escénico, su alegría y su voz… y cuando de la risa pasó al dolor y al llanto, el gran divo exhibió su insuperable grandeza.

Nuestro cronista confesó que le faltaba elocuencia para reflejar sus profundas emociones: “nunca artista alguno fue ovacionado como anoche Caruso. El público estaba emocionado hasta las lágrimas”, decía. Aquel “ride pagliaccio”, aquella melodía dolorosa, resonaba en todos los oídos, hacía vibrar las fibras más sensibles de todos los corazones, y varias veces Caruso volvió al proscenio para agradecer la demostración. El segundo acto fue perfecto, la actuación fue de una tragedia admirable.

Luego de Tosca, fue Manon

El sábado 17 no cantó. Poli Randaccio y Gubellini se encargaron de Tosca, que la crítica calificó de muy buena. Pero a la noche siguiente, el Odeón estuvo listo para Caruso y la gran Manon Lescaut, de Puccini. “Pasarán largos años y se mantendrá latente en nuestro público el recuerdo imborrable de la gran velada lírica”. Fue una noche sin precedentes, inolvidable.

La soprano Juanita Caracciolo acompañó con bellísima voz a Caruso; el gran dueto con De Griux arrebató al auditorio, que estalló en una ovación. Pero el gran “capo lavoro” de Caruso fue su imploración final del tercer acto, sencillamente sublime.

“Ningún artista en el mundo ha podido hacer nada comparable. La sala estalló en una de esas ovaciones que parecen no tendrán fin jamás. El telón descendía y volvía a ascender, una y veinte veces y el público seguía aplaudiendo, aclamando a Caruso en medio de un verdadero delirio, bajo la sugestión de un arte más divino que humano”, anotó nuestro cronista.

La despedida

Al día siguiente, Enrico Caruso se fue de Tucumán, dejando sus caricaturas (su debilidad) y una esquela al maestro Signorelli (asesinado al mes siguiente): “la sua Banda Municipale suona magistrevolmente”. Se alejó en tren para siempre de nuestra tierra. Murió en Nápoles en 1921, y se hizo leyenda.

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