JULIO LÓPEZ MAÑÁN. El distinguido tucumano posa al centro, en su época de director de la Defensa Agrícola Nacional. la gaceta / archivo
En 1913, el doctor Julio López Mañán, por entonces Director Nacional de Defensa Agrícola, propuso públicamente la creación de una gran reserva forestal en Tucumán, como modo significativo de celebrar el Centenario de 1916.
Preocupaba al distinguido tucumano –ex ministro y ex diputado nacional-, la paulatina y visible pérdida de “los encantos naturales que han dado celebridad a Tucumán”. En ese sentido, señalaba que “la selva subtropical, que llegaba hasta casi los suburbios, ha debido retroceder a puntos menos que inaccesibles, clareada de sus mejores especies forestales“.
Y en “los restos que aun quedan vecinos a la capital”, se notaba que “las vertientes y arroyos, la fauna originaria, los ásperos senderos, todo lo que le añadía carácter, tiende a desaparecer bajo la acción irreflexiva, y sin contralor de la necesidad o comodidad más pasajeras de los particulares”, expresaba López Mañán.
Hacía notar que, dentro de semejante panorama, una “reserva” resultaba “obra de alta utilidad general, más que de estética exclusiva”. Tiende “a conservar, para todos, lo que ha creado la naturaleza”. Así, no puede ser de superficie exigua, ni circunscribirse a lo que la mano del hombre ejecute o arregle. No es “para pasar breves instantes, como los parques y jardines, sino principalmente para permanecer en ella, con fines de deportes, descanso o estudios”.
No excluye la existencia de villas en su ámbito, ni inclusive de industrias que exploten el suelo que comprende. Al contrario, “ellas vienen en ayuda de sus fines, bajo las reglas y dentro de los bienes que encierra”.
Preocupaba al distinguido tucumano –ex ministro y ex diputado nacional-, la paulatina y visible pérdida de “los encantos naturales que han dado celebridad a Tucumán”. En ese sentido, señalaba que “la selva subtropical, que llegaba hasta casi los suburbios, ha debido retroceder a puntos menos que inaccesibles, clareada de sus mejores especies forestales“.
Y en “los restos que aun quedan vecinos a la capital”, se notaba que “las vertientes y arroyos, la fauna originaria, los ásperos senderos, todo lo que le añadía carácter, tiende a desaparecer bajo la acción irreflexiva, y sin contralor de la necesidad o comodidad más pasajeras de los particulares”, expresaba López Mañán.
Hacía notar que, dentro de semejante panorama, una “reserva” resultaba “obra de alta utilidad general, más que de estética exclusiva”. Tiende “a conservar, para todos, lo que ha creado la naturaleza”. Así, no puede ser de superficie exigua, ni circunscribirse a lo que la mano del hombre ejecute o arregle. No es “para pasar breves instantes, como los parques y jardines, sino principalmente para permanecer en ella, con fines de deportes, descanso o estudios”.
No excluye la existencia de villas en su ámbito, ni inclusive de industrias que exploten el suelo que comprende. Al contrario, “ellas vienen en ayuda de sus fines, bajo las reglas y dentro de los bienes que encierra”.








