El problema de la educación

Juan María Segura | Columnista Invitado

03 Enero 2015
¿Cómo se resuelve el problema de la educación? Me enfrento una y otra vez con esta pregunta, tanto en congresos, foros y seminarios, como en privado con padres y adultos preocupados por el tema. Y en cada oportunidad percibo que del otro lado se está a la espera de una respuesta salvadora, una suerte de fórmula mágica que todo lo reparará. En definitiva, se cree, medimos mal en PISA o en las pruebas Terce porque los chicos no estudian o están todo el tiempo en facebook, o porque las docentes no enseñan bien, o porque la política está mirando para otro lado, o simplemente porque los colegios privados solo buscan ganar dinero o los sindicatos desean mayores haberes sin comprometer mucho a cambio.

Sistema complejo

Seguramente la respuesta correcta tenga ingredientes de cada una de estas suposiciones y de muchas otras, pero de ninguna manera es una pregunta que se pueda responder con “La” respuesta correcta, única y salvadora. La Argentina posee un sistema educativo complejo, extenso, heterogéneo, de gestión parcialmente descentralizada territorialmente, con rendimientos desparejos y realidades socioculturales de contexto aún más disímiles. Los 13,7 millones de alumnos repartidos entre los 63 mil establecimientos educativos regulados entre el Estado Nacional y las 24 jurisdicciones educativas impiden responder esta pregunta de una manera certera y eficaz.

Es por esta razón que suelo desafiar a los preguntones preocupados, ya sea en público o en privado, a que desglosen el sistema en diferentes dimensiones. Si la pregunta no tiene respuesta, y el asunto realmente preocupa, entonces reformulemos la pregunta. De cara a un 2015 en donde seguramente se discutirá mucho sobre educación, sugiero que se comprenda a la problemática educativa en al menos cinco dimensiones.

En primer lugar tenemos un problema de ideología. Desde el punto de vista filosófico pedagógico, la educación argentina tiene una tensión aún no resuelta entre inclusión y calidad. La inclusión sugiere que no debemos permitir que los chicos dejen el sistema, aún si su rendimiento no es bueno, no mejora y afecta el clima general de aprendizaje en la escuela.

La discutida resolución 1057/14, promulgada hace meses por el gobierno de la Provincia de Buenos Aires, lo plantea de una manera patente en sus considerandos, al indicar que la trayectoria escolar de todos los estudiantes del sistema público provincial “debe verse favorecida por decisiones que garanticen su ingreso, permanencia, promoción y egreso en las mejores condiciones de igualdad y justicia social”. No se puede pretender que en esas instituciones se creen las condiciones suficientes para medir bien en PISA en matemáticas o lecto comprensión. Calidad, en algún punto, significa medir bien en los exámenes, tanto a los 15 años como a cualquier edad.

En segundo lugar tenemos un problema de gobierno y gestión de las instituciones. Cuando uno analiza el funcionamiento del sistema de Finlandia, no tarda en percibir la importancia que posee para los padres que las escuelas estén administradas por las comunas, lo que sería el equivalente a nuestros municipios. Las escuelas deben estar al servicio de sus vecinos, y no de un gobierno lejano, impersonal, burocrático y centralizado, que permanentemente recibe el embate de gremios sedientos de reclamos. Hace meses dicté un taller en una escuela secundaria de una provincia en la que no recibían la visita de las autoridades educativas desde hacía más de un año. ¿Cuán certera puede ser la mirada de esas autoridades sobre la problemática puntual de esa institución?

En tercer lugar tenemos un problema de logros y de metas. Es cierto que, si a las pruebas nos remitimos (PISA, ONE, Serce, Terce), los logros del sistema son mediocres y no mejoran. Sin embargo, cabría preguntarnos si el sistema no está produciendo lo que se propone. En una circular emitida por la dirección de la Escuela de Educación Secundaria n° 12 de Moreno, con fecha 18/agosto/2014, se sugiere a los docentes “no cerrar promedios por debajo de 7 (siete) para no perjudicar la trayectoria escolar de los estudiantes …. En caso que el docente considere que el alumno no está en condiciones de aprobar el 2° trimestre, la dirección solicita pasar por alto esta situación al cerrar el promedio, para no perjudicarlo…” Si esta es la meta, ¿por qué nos sorprendemos por el logro resultante? La capacitación docente, el estatuto docente, la agencia de calidad y los sistemas de información deberían ser discutidos en torno a esta pregunta: ¿cuáles son las metas del sistema?

Violencia verbal y física

En cuarto lugar tenemos un problema de contexto cultural negativo, que embebe e impregna a los alumnos de prácticas que la sociedad y los adultos utilizan a diario. La violencia verbal y física, el egoísmo, la insensibilidad hacia el necesitado, la injusticia detrás de un sistema meritocrático viciados, un sistema de premios y castigos sin castigos, son prácticas sociales diarias que se verifican en las calles, los bares, los estadios, los hogares, antes que en la escuela. Creer que no existe una relación de causalidad muy fuerte entre las barras bravas del fútbol y el ataque físico de un grupo de niños a un docente, es como pensar que un alumno puede aprender sin esfuerzo, y graduar sin paciencia. No podemos exigirle a la escuela que se comporte como una entidad asilada e inmune a un sistema cultural que la afecta y condiciona en sus prácticas. La idea cultural de que en un examen “me bochan o apruebo”, se gesta en la vida cotidiana o en el hogar, en donde las cosas “se rompen o las reparo”. Esa curiosa forma de hacer responsables a terceros por los errores y resultados adversos de nuestras vidas mina la base de cualquier sistema meritocrático que el sistema educativo se proponga impulsar. Pregunte a sus hijos que creen qué usted piensa de un abanderado, y reflexione sobre ello.

Finalmente, y no por ello menos importante, tenemos un serio problema de diseño. En un mundo con más de 2.500 millones de personas de todas las razas y condiciones sociales navegando diariamente por internet, 2.000 millones de personas con teléfonos inteligentes, y más 100 horas de video producidas desde cualquier rincón del mundo y subidas cada minuto a YouTube, las naciones se ven obligadas a repensarse como colectivo social, y los dirigentes a encontrar nuevos diseños institucionales que den cuenta de ese desafío histórico. Esta revolución transformadora, disruptiva y de escala planetaria, ocurrida en los últimos 20 años, obliga a revisar los fundamentos del diseño curricular, áulico y escolar, y a impulsar la agenda de innovación y transformación educativa más ambiciosas de los últimos 100 años. ¿Dónde está ocurriendo ese gran debate nacional en la Argentina?

Estas cinco dimensiones, a mi juicio, representan los ejes alrededor de los cuales los candidatos a suceder a la familia Kirchner deberán ser interpelados. La forma en la cual nos comprometamos como sociedad con la reparación y transformación de estos ejes, delineará la agenda de política educativa que el nuevo gobierno impulsará.

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