El cuento de la violencia en el fútbol que nunca termina

03 Nov 2014
No es la primera vez que los casos de violencia en el fútbol se roban la atención y el protagonismo. Lamentablemente, hay que reconocer que seguramente tampoco será la última vez que esto suceda. Los incidentes dentro y fuera de los estadios, antes, durante o después de los encuentros, se volvió moneda corriente. Tucumán no es una isla dentro de esta preocupante realidad y en los últimos días, otro capítulo se escribió en el mundo futbolístico de la Liga Tucumana de Fútbol.

El partido entre San Ramón y Jorge Newbery, por la ronda final del Anual liguista, se suspendió por el accionar de un grupo de hinchas que siguen sin entender que con la violencia no ganarán nada. Al contrario. Sólo consiguen dañar la imagen del club que dicen amar. Las autoridades prometieron actuar con mano dura. ¿Lo harán?

Los encargados de la seguridad deportiva en la provincia adhirieron hace tiempo a normas nacionales que impiden la presencia de hinchas visitantes en los estadios donde se jueguen encuentros por torneos oficiales. La disposición rige para casi todos los encuentros de la B Nacional, Federal A y B y del campeonato que organiza la Liga. Muy pocos enfrentamientos se jugaron este año con parcialidades de ambos equipos. Sin embargo, la violencia sigue estando presente.

Un grupo de seguidores de Jorge Newbery desafiaron las reglas vigentes y decidieron acompañar al equipo hasta la cancha de San Ramón, pese a la prohibición. Argumentan que desde la Liga se autorizó a jugar el encuentro con ambos parcialidades, algo que fue desmentido tanto por el presidente de la institución, Darío Zamoratte, como por el responsable del Comité de Seguridad deportiva, comisario Jorge Díaz. A partir de ese cruce de opiniones, aparecen puntos oscuros que lo único que hacen es dar a entender porque el problema no tiene solución. Nicolás Saracho, presidente de Jorge Newbery, justificó el accionar de sus hinchas en lugar de repudiar este nuevo capítulo de violencia. Según el dirigente del club de Aguilares, los simpatizantes fueron engañados. “Les vendieron entradas, pero no los dejaron ingresar al estadio”, aseguró.

¿Quién autorizó la venta de entradas a los visitantes? ¿Se lo hizo desconociendo la medida impuesta por la Liga o en el afán de conseguir dinero? ¿Se puede interpretar la medida como negligencia o mala intención? ¿O tal vez los organizadores fueron sorprendidos en su buena fe por hinchas visitantes que no se identificaron al pasar por las boleterías?

Pero las dudas no terminan ahí. ¿Saracho defiende a los hinchas de Jorge Newbery porque está convencido que fueron perjudicados? ¿O lo hace para no quedar en el ojo de la tormenta? ¿Se cuida de ser el blanco de los próximos ataques de los violentos o los defiende porque está de acuerdo con la metodología utilizada?

Demasiados interrogantes vuelven a quedar sin respuestas. Como nunca hay detenidos no se pueden investigar las causas ni identificar a los responsables. ¿Quién se hace cargo de los destrozos al auto policial y del mal momento que pasaron los vecinos de Villa Quinteros? No hubo detenidos. Entonces, no hay culpables. Pronto se volverá a hablar de agresiones y heridos. Incluso puede ocurrir que se hable de muerte, como sucede demasiado a menudo. Al fútbol lo defienden demasiado pocos. Por eso el cuento de la violencia en los estadios nunca termina.

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