Hiroshima y Nagasaki: cruento “ensayo de campo”

Por Redacción LA GACETA 06 Agosto 2014

Carlos Duguech - Periodista y escritor

Océanos de tinta, no sólo ríos, cubrieron el planeta sosteniendo una “verdad” no verdadera. Es cierto que la guerra terminó con las dos bombas atómicas sobre Japón, a los pocos días de aquel agosto de infierno del ‘45. También es cierto que el emperador Hirohito basaba su confianza en su canciller Susuki en gestión encomendada ante el gobierno de la URSS -había disposición a cesar la lucha armada- frente a las oleadas de bombarderos B29 que incesantemente arrojaban bombas incendiarias sobre infinidad de ciudades japonesas. Frente a tanta disparidad de opiniones que se lanzaron cuestionando o cohonestando la actitud del entonces presidente de Estados Unidos, Harry Truman, de disponer el bombardeo atómico en Japón, es conveniente hacer un análisis de explicación. Casi escolar.

Veamos: sólo 21 días antes (tres semanas, exactamente) se había realizado en el desierto de Nevada, en Nueva México, en la zona de la base de Álamogordo, el primer ensayo de laboratorio de un artefacto explosivo atómico. Fue el 16 de julio de 1945. Si imagináramos que en lugar de la bomba atómica –la primera en la historia de la humanidad- se hubiese ensayado un nuevo modelo de jeep. Antes de enviarlo al frente, aun habiendo fabricado tres unidades, era necesario probarlo en campo. Esto es, salir a recorrer caminos de todo tipo: de montaña, pavimentados, de tierra, de arena, cruzando ríos, a campo traviesa, por campos helados, por desiertos, etcétera.

“La criatura nació bien”

En suma, después de la prueba de laboratorio en fábrica, en banco de prueba y circulando por los caminos internos era imprescindible para saber sobre la eficiencia realizar la “prueba de campo”. Con la bomba atómica ocurrió así. Cuando Truman con Churchil y Stalin iniciaban la cumbre de Potsdam recibió en clave el mensaje de que “la criatura nació bien” (la bomba). Allí mismo decidieron un ultimátum a Japón: rendición incondicional. No mencionaron la bomba pero sí una escalada destructiva.

En realidad, sabedores de que lo de incondicional involucraba la no protección de las prerrogativas de divinidad del emperador Hirohito, provocaban con la redacción del ultimátum un “no” de Japón. Justo para poder realizar la prueba de campo. Por eso se dejaron algunas ciudades sin bombardeos incendiarios para que pudiese ser evaluada en la prueba la efectividad de la bomba. Y una pregunta simple: ¿por qué dos bombas si con la de Hiroshima bastaba? Porque había que probar dos: la de uranio y la de plutonio. Por eso, también, Nagasaki. Para satisfacción de los científicos, técnicos y militares del proyecto ultra secreto para desarrollar la bomba denominado “Manhattan” iniciado en 1942.

Winston Churchill

Todo lo que se dijo de acortar la guerra para que no muriesen tantos soldados aliados era pura especulación propagandística. Japón ya estaba prácticamente derrotado, sin chances. Que lo diga Winston Churchill: “Sería un error suponer que el destino de Japón se resolvió mediante la bomba atómica. Su derrota era indudable antes de que cayera la primera bomba y se debió a nuestro abrumador poderío marítimo que, por sí sólo, hizo posible que nos apoderásemos de las bases oceánicas desde las que lanzar el ataque definitivo y obligar a su Ejército metropolitano a capitular sin asestar ni un golpe. Sus embarcaciones habían sido destruidas. Al comenzar la guerra tenían más de cinco millones y medio de toneladas, que después aumentaron considerablemente, gracias a las capturas y a las de nueva construcción, pero su sistema de convoyes y de escoltas era inadecuado y estaba mal organizado. Se hundieron más de ocho millones y medio de toneladas de embarcaciones japonesas, de las que cinco millones se debieron a nuestros submarinos. Nosotros, como potencia insular, dependiente del mar igual que ellos, podemos interpretar la lección y comprender el destino que nos habría esperado si no hubiésemos conseguido dominar a los submarinos alemanes”. Palabras escritas de Winston Churchill en su libro “La Segunda Guerra Mundial”, de más de mil páginas. Está todo dicho.

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