19 Diciembre 2013

Juan María Segura - Experto en educación, management e innovación

Como era de suponer, la publicación de los resultados de las pruebas internacionales PISA significó un nuevo cachetazo para la educación. De un listado de 65 países evaluados, Argentina obtuvo un resultado agregado que la ubicó en la posición 59, sin cambios ni mejoras en comparación con las pruebas realizadas tres años atrás. Si bien es cierto que los otros países de la región tampoco mostraron progresos, mal de muchos…

En un país que se jacta de gastar 6,5 puntos porcentuales de su producto bruto en educación, nivel nunca antes alcanzado, la noticia cayó como un barde de agua fría, obligando a los responsables de la política educativa y a especialistas a dar explicaciones. Fueron 72 horas histéricas, cargadas de justificaciones, conferencias de prensa, tapas de diarios, apariciones en radio y televisión, y nuevas promesas (¡más gasto!). Pasado ese breve lapso, el país retomó su mediocridad educativa silenciosa habitual.

Dejando de lado la reacción de la política que, aunque tarde y de manera medio torpe y no muy clara, asumió su parte de la culpa, esta zaga deja una preocupación profunda: la manera evidente a través de la cual los adultos en general, y los padres en particular, no asumen su parte de la responsabilidad.

En una reveladora investigación realizada en el nivel primario de escuelas privadas, padres fueron indagados sobre las prácticas de sus hijos en el uso de las redes sociales. Los encuestados consideraron que sus hijos no consumen pornografía (100% de acuerdo) ni suben contenido inadecuado (93% de acuerdo), no poseen perfiles ni grupos en las redes sociales que los padres desconocen (84% de acuerdo) y que dicen la verdad respecto de los usos y las prácticas que realizan en las redes sociales (68% de acuerdo). En resumen, los padres afirman que sus hijos son quienes no son, o, mejor dicho, que no se identifican con todas las investigaciones, locales o internacionales, que afirman lo contrario.

Esta desconexión evidente con la realidad, sigue una lógica cultural que se repite en otros ámbitos. Si yo conservo mi trabajo es porque soy bueno, y si lo pierdo es porque mi jefe es malo. De la misma manera, si mis chicos andan bien en la escuela es gracias a mí, y si andan mal… ¡es culpa del gobierno!

Esta grave delegación o abdicación de la responsabilidad de los adultos y de los padres con respecto al tema educativo, es sintomático de un país adulto perdido, desentendido del asunto, mirando hacia otro lado, sin una pisca de auto crítica ni animo de involucramiento.

Involucrarse no necesariamente significa entender la Ley Nº 26.206 o leerse todas las resoluciones del Consejo Federal de Educación. Las prácticas educativas que ocurren fuera del ámbito de la escuela son una parte constitutiva del asunto, y en ellas el adulto tiene mucho para aportar. La supervisión de la realización de la tarea, la celebración de la buena nota, la reflexión alrededor de la dificultad, el boletín como una oportunidad de autoconocimiento y mejora, revelan la real valoración que una sociedad hace de la educación, más allá de lo que diga o haga el gobierno de turno. Menospreciar estas micro conductas que operan diariamente en los hogares, vuelve a los adultos más distraídos, a los niños menos virtuosos y a la sociedad más injusta.

Las sociedades del mundo que mayores oportunidades de progreso generan son aquellas que creen que la educación es una oportunidad más que una obligación o derecho, y que los valores son una categoría superior a las normativas de turno. En esas sociedades, el involucramiento de los padres es una componente del sistema mucho más relevante que el nivel de gasto agregado.

La mejor forma en la cual la Argentina debería capitalizar el doloroso cachetazo que significó PISA es animando a adultos y padres a retomar su rol de educadores y modeladores de conductas. Es necesario resignificar la frase “mi hijo, el dotor”, con toda su dimensión aspiracional y meritocrática, recuperando el valor del logro académico cotidiano, la necesidad del límite y el apego a los buenos modales. Sólo a partir de allí será posible concebir y formar una juventud virtuosa, y soñar con una sociedad más equitativa y próspera.

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