La Perricholi, amor del virrey añoso

Durante varios años, escandalizó a la sociedad limeña el público romance del virrey Amat con Manuela Villegas, "la Perricholi", actriz y cantante. Tuvieron dos hijos. Al terminar su gestión, el virrey volvió a España y se casó, octogenario, con una sobrina. Manuela también se casó, en Lima, y se convirtió en una señora muy burguesa y muy caritativa.

30 Oct 2011
Hay un curioso parecido en los apodos de dos amantes de virreyes americanos. Al amor del virrey del Río de la Plata, Santiago de Liniers, lo apodaban "la Perichona". Casi cuatro décadas antes, al amor del virrey del Perú, Manuel de Amat, se lo conoció como "la Perricholi". En ambos casos, los romances levantaron una polvareda de escándalo que los fijó para siempre en la historia. Pero el de Buenos Aires nunca tuvo las dimensiones ni las consecuencias del que transcurrió en Lima, capital infinitamente más importante por entonces y sede de una especie de corte.

El destino empezó a mover sus ruedas el 28 de septiembre de 1748. Ese día, doña Teresa Hurtado de Mendoza, esposa de don José Villegas, alumbró su primera hija, Micaela, en la modesta casa familiar de los suburbios de Lima. Luego vendrían cinco vástagos más. Doña Teresa era una dama distinguida, descendiente de dos virreyes. No era el caso de don José, hombre sin fortuna y de alegre temperamento, más inclinado a tocar la guitarra y componer poemas que al trabajo. De todos modos, el matrimonio vivía con escasez pero con dignidad.

Años en la sierra

Micaela, a quien todos conocían por "Miquita", heredó la afición paterna de la música, a lo que agregó tempranas inclinaciones por el escenario. Además de tocar el arpa y la guitarra, bailaba y recitaba con mucha gracia en las ruedas del vecindario. La muerte prematura de don José aumentó las dificultades económicas de los Villegas. Debieron trasladarse a vivir a la zona serrana, en Tomayquicua, cerca de Huanuco. Así informa Jean Descola, en las documentadas páginas que dedica a Miquita en "La vida cotidiana en el Perú en tiempos de los españoles".

Viuda doña Teresa, ni bien pudo regresó a Lima con la prole. Acudió a su hermano Francisco, que tenía un buen cargo en la Audiencia, y le pidió que protegiese a la sobrina. Pero Francisco se negó. Había odiado siempre al cuñado Villegas y opinaba que su hija mayor debía arreglárselas sola.

Al escenario

Esto no amilanó a Miquita. A los trece años trepó resueltamente al escenario, en roles de partiquina. Leyendas aparte, no se conoce con precisión su vida en la etapa que siguió. Se dice que pronto tuvo que dejar la casa, por su condición de "mujer de teatro", ayudada por un tal Moteu, acaso su primer amante. Después vinieron otros: alguien de apellido Gamuzo, el actor José Estacio y tal vez Maza, el administrador del Coliseo, la afamada sala de comedias de Lima.

Entretanto, desde octubre de 1761 era virrey del Perú don Manuel Cayetano de Amat y Junyent, un noble catalán de 54 años, hijo del marqués de Castelbell. Tenía por detrás una importante carrera militar en Europa y Africa, era caballero de la Orden de San Juan y se había desempeñado, en los últimos seis años, como Capitán General de Chile. Los retratos lo muestran como hombre alto, con papada y varios kilos de más, imponente en sus galas de virrey, con peluca blanca, condecoraciones y calzón corto.

El virrey flechado

Se calcula que a los seis o siete años después de asumir su cargo, en una función del Coliseo, el virrey quedó flechado por Miquita. Según Descola, ella era "más que bella, encantadora, de pequeña talla, algo gordezuela, ?muy bien hecha?. Tiene la tez pálida, los ojos color de acero, a la vez ardientes y lánguidos bajo espesas pestañas". Un lunar encima del labio superior, boca de labios sensuales y dientes blanquísimos, cabellera negra, busto generoso, manos y pies minúsculos, completaban el conjunto.

El virrey comienza a ir todos los días al teatro y a aplaudir ruidosamente: inclusive, el entusiasmo lo lleva a golpear el piso con el bastón. Miquita lo hace esperar un tiempo. Luego acepta las citas y empieza el amor. El vecindario de Lima se escandaliza, pero al virrey -que al fin y al cabo es soltero- no le importan las habladurías. Miquita se traslada a una casa de la parroquia de San Marcelo, y de noche pasa al palacio del virrey por un túnel.

Un amor público

El romance está a la vista de todos. Cada fin de semana, cuando Amat se traslada a la casa de su sobrino en Miraflores, detrás de la carroza dorada trota Miquita, jineta en un caballo lujosamente enjaezado. Ricardo Palma la evoca "vestida a veces de hombre y otras con lujoso faldellín celeste recamado de franjas de oro y con sombrerillo de plumas". Además, el virrey no la aleja del teatro, sino que fomenta resueltamente su condición de actriz. Es asiduo visitante tanto de la sala como de los camarines del Coliseo, para mayor furia de la orgullosa aristocracia de la ciudad.

Una noche de 1773, durante la función de "Fuego de Dios en el querer bien", de Calderón, Miquita se enoja con un actor y lo azota en la mejilla con un pequeño látigo.

La Perricholi

Grita el público, bajan el telón y el virrey, enfurecido, abandona el teatro. Después, reprende con dureza a Miquita y la notifica de que, por ese escándalo, pone fin a la relación. Termina: "Adiós, Perricholi".

Desde la calle, alguien oye estas palabras, lanzadas con voz tonante. No se sabe si Amat le quiso decir "perra chola", y el acento catalán, unido a los malos dientes, deformaron las palabras. O si le dijo "pretixol", que quiere decir "cosita preciosa" en catalán. Pero el hecho es que, desde entonces y para todos, no fue más Miquita sino "la Perricholi".

Estuvieron sin verse más de un año. Según las malas lenguas, Manuela buscó consuelo en los brazos de un coronel navarro, Martín de Armendáriz. Pero, en noviembre de 1775, la Perricholi hizo su triunfal regreso al teatro y al amor del virrey. Dicen las crónicas que salió al escenario con timidez y que, desde el palco, Amat gritó para animarla: "¡No hay que ?acholarse?! ¡Valor y cantar bien!"

Carroza en la Alameda

Luego les nació un hijo, Manuel. El niño los acompañaba en los paseos a Miraflores, y mucha gente aplaudía al verlos pasar. Para humillar a sus detractores, la Perricholi logró que el virrey le hiciese fabricar una carroza, a pesar de que ese vehículo era privilegio exclusivo de la nobleza titulada. José Antonio de Lavalle cuenta que, así, "recorrió las calles y la Alameda en una soberbia carroza cubierta de dorados y primorosas pinturas, tirada por mulas conducidas por postillones brillantemente vestidos con libreas galoneadas de plata, iguales a las de los criados que montaban a la zaga". Tras haberse dado ese lujo, cuando volvía a su casa divisó a un fraile que llevaba el Santo Viático. Lo hizo subir, lo condujo a su destino y después obsequió el suntuoso coche con criados y caballos a la parroquia de San Lázaro.

Amat se aleja

Pero todo tiene un final. Cierto día, anunciaron desde España que venía un nuevo virrey destinado al Perú. Los amantes pasaron sus últimos meses en la quinta de Rincón: además, la Perricholi estaba embarazada de otro hijo, una niña. En mayo de 1776 llegó el nuevo representante del monarca, don José Manuel de Guirior, antes virrey de Nueva Granada. Se hizo cargo en julio y Amat se despidió para siempre de su amor en diciembre. Regresó a Cataluña donde se casaría, a los ochenta años, con una de sus sobrinas.

Pero la Perricholi se había dado tiempo para amasar muy buenos ahorros. Compró una nueva casa y volvió al teatro, ya no como actriz sino como empresaria. No le importó la oleada de calumnias que, alejado el virrey, se lanzaba contra su persona, incluso en panfletos impresos, como el injurioso "Drama de las palanganas". En 1795, se entera de que Amat ha fallecido, ya nonagenario, en Barcelona.

Boda y piadoso fin

Es como si se sintiera de pronto libre. Al poco tiempo, se casa, en la parroquia de San Lázaro con Fermín Vicente de Echarri, su socio en la empresa de espectáculos. Luego, disuelve esta, vende unas propiedades, compra otras. Se convierte en una robusta señorona, que hace obras de caridad y que ayuda asiduamente a la Iglesia. Su hijo, Manuel de Amat y Villegas, será años después uno de los firmantes de la independencia del Perú.

La vida de Manuela Villegas, la Perricholi, terminó en Lima el 15 de mayo de 1819. En "L?Amérique Espagnole", escribió Radiguet que "sus tesoros los consagró en socorro de los desventurados y cuando, cubierta de las bendiciones de los pobres, murió en su casa de la Alameda Vieja, la acompañó el sentimiento unánime y dejó gratos recuerdos al pueblo limeño".

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