Recordando a Samuel Schkolnik

Ayer se cumplió un año del fallecimiento del destacado filósofo y escritor tucumano, uno de los principales colaboradores de este suplemento, quien dejó un importante legado de enseñanzas perdurables y valiosas entre sus lectores y alumnos.

18 Sep 2011
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Por Nicolás Zavadivker
Para LA GACETA - Tucumán

Como pensador desarrolló un estilo sumamente personal: no le fueron ajenos los grandes problemas de la filosofía (el sentido de la vida, la naturaleza del tiempo), pero tampoco la reflexión sobre los asuntos cotidianos y sobre los objetos más mundanos, como la bicicleta, la máquina de escribir y el reloj. Su pasión por los libros no lo llevó (como a algunos académicos) a cerrar los ojos frente al gran libro del mundo, que fue siempre el disparador de sus agudas reflexiones.
De la vasta cantidad de ideas desarrolladas por Schkolnik a través de numerosísimos ensayos y de cuatro excelentes libros, me limitaré a desarrollar sólo dos, que creo permiten vislumbrar su alto valor filosófico.
Una de sus tesis fue que en los seres humanos obra lo que llamó el "síndrome de Pascal": el sentimiento de "la radical desproporción que encierra la condición humana, adscripta a un tiempo al orden de lo singular y al de lo cósmico". El hombre es esencialmente finito. Sin embargo, su mente trasciende constantemente la prisión del aquí y del ahora, evocando lo ausente: los lugares donde no estamos, el pasado y el futuro, lo posible -como una alternativa a lo real, lo abstracto. Que estas palabras le permitan al lector en su riguroso presente evocar al ausente Schkolnik prueba que el filósofo tucumano tenía razón. En fin: el universo todo cabe en la imaginación humana; resultando ser que -en cierto sentido- la mente no está en el mundo, sino más bien el mundo en la mente.
Este orden de cosas tiene fuertes consecuencias existenciales: la desproporción entre nuestras aspiraciones cósmicas y nuestra insignificancia y limitación nos produce una angustia metafísica. De allí la veta existencial de muchos escritos de Schkolnik, y también su muy original perspectiva según la cual la primera función de toda sociedad -en la que concurren tanto la religión como la industria del entretenimiento- consiste en mitigar la angustia con que cada individuo experimenta la evanescencia de su ser.
Otra idea legada por Schkolnik fue que lo que la vida humana tiene de valiosa, no lo tiene -como suele creerse- por su adscripción al terreno de lo público (atinente a lo político o a cualquier otro ámbito social), sino más bien por la posibilidad de participar de lo Universal. Dicha participación requiere una mirada dirigida no al exterior sino al interior de cada quien. Allí las diferencias individuales o sociales carecen de interés porque todos somos el mismo. Se posiciona tras lo universal quien busca, por caso, la verdad o la belleza, los dos valores privilegiados en la obra schkolniana.   
Esos dos valores se hallaban ineluctablemente unidos en Schkolnik. En sus ensayos y en sus clases buscaba la verdad, pero sus modos eran profundamente estéticos. En sus bellas ficciones, a su vez, se proponía narrar verdades.
Schkolnik ya no está, pero sus ideas viven. Ojalá su obra alcance la perduración que sólo puede dar el paso del tiempo.
© LA GACETA

Nicolás Zavadivker - Doctor en
Filosofía, docente de la UNT. Autor
de Una ética sin fundamentos.

Notas de González

González es el mayor personaje de la narrativa de Schkolnik. Durante siete años, entre 1994 y 2001, se publicó en LA GACETA Literaria la larga serie de textos que lo tenían como protagonista y que engendraron la novela Salven nuestras almas. Sus provocadoras tesis y sus pintorescas historias despertaban rechazos y simpatías por su particular manera de enfocar los más diversos aspectos de la vida. Pero, indefectiblemente, llevaban a los lectores al terreno preferido de Schkolnik: el del cuestionamiento de lo dado, el de las preguntas esenciales, el del debate de ideas.
A continuación publicamos una selección de fragmentos de las Notas de González.

Las mujeres

"Hay un procedimiento rápido y seguro que permite averiguar cuánto vale una persona, y es el de observar cómo le miran las mujeres? Es cierto que las mujeres prestan más atención a los gerentes que a los filólogos, pero no ha de ser en vano; creer que las artes, las letras y las ciencias importan más que los negocios, la política y la gimnasia, es profesar ideas demasiado humanas, del todo insignificantes para la vida. Las mujeres tienen razones que la razón no comprende, y en saber acatarlas reside la sabiduría de las personas."

No lea

"Las páginas que son como el pan y como el vino se encuentran muy de tarde en tarde, perdidas en medio de otras del todo inesenciales pero tan numerosas como las arenas del mar. A fin de no ahogarse, a fin de conservar intacta la capacidad de lectura hasta el día en que sean redactadas las palabras de la felicidad, conviene abstenerse por completo de leer."

Un intelectual

"González no es lo que se llama un intelectual, alguien que -digamos- posee inquietudes culturales y no se abstiene de leer Página/12. Menos todavía es un escéptico; ¿cómo podría serlo quien ha declarado que nuestra salvación finca en el conocimiento y que por su intermedio deberíamos emprender un enérgico ascenso hacia la luz?"

El sentido de la vida

"Que la vida tenga o no tenga sentido importa mucho más a la gente común y corriente que a las personas de la academia, y lo hace en el más alto grado de interés. ¿Quién no ha sentido, durante dominicales tardes de retreta, ahondarse en la boca del estómago la desventura de existir? Y porque se trata de un asunto que inquieta a todo el mundo, no le quepa duda de que debió inquietar desde el principio, desde el abrigo de los inciertos fogones en las cuevas, mientras afuera bramaban el tigre y la tormenta. La mano temblorosa que figuró sus signos con perdurable bermellón sobre la roca tiznada, es la misma que levantó la catedral cuyas agujas podría yo divisar contra el horizonte, si el mal tiempo no lo impidiera, en la ciudad de Colonia, que se extiende a pocos kilómetros del paraje desde el que le escribo; la misma mano, en fin, que aquella mediante la cual un nativo de Bonn -apenas un trecho más allá- compuso con sonidos el monumento mayor a la alegría. Porque de eso se trata, amigo Schkolnik: de que sea posible la alegría, de que no todo se reduzca a surco en la frente y nudo en la garganta, y tal es lo que en el fondo queremos cuando nos preguntamos por el sentido de la vida".
© LA GACETA

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