Más Platón y Cervantes, y menos "mesas de diálogo"

Por Alba Omil. Para LA GACETA - Tucumán

09 Ago 2009
La palabra diálogo deriva del latín dialogüs (y esta del griego) = conversación de dos o de varios. Dialogar = discutir, conversar. Pero ¿es siempre una conversación, o a veces sólo una apariencia o un pretexto? Hay, pues, diferentes formas de diálogo.
El término tiene una remota historia, tanto en su finalidad como en su dinámica. Y esa historia y esa dinámica muestran que la finalidad no es siempre la misma. Veamos algunos ejemplos ilustres.
En los Diálogos platónicos podemos ver una forma arquetípica donde los personajes preguntan, responden, disienten, asienten, acuerdan, aportan ideas, sugieren cambios, etcétera, etcétera. Así se pone de manifiesto, por ejemplo, en el diálogo de Sócrates con el acaudalado Critón quien quiere diligenciar su fuga, a lo que el maestro, preso y condenado a muerte, se niega. Hay intercambio de opiniones y fundamentación de ellas, con interés y respeto mutuos.
El otro ejemplo ilustre es el Quijote, donde el caballero, no infrecuentemente, dialoga: escucha con atención e interés a sus interlocutores, intercambia opiniones aunque a veces entre en furia, pero nunca solapado ni con segundas intenciones, y si le hacen algún requerimiento, como respuesta, actúa. Así ocurre en el encuentro con los galeotes (22,I), donde se involucra hasta extremos peligrosos. Lo interesante es la inmediatez con que responde. Equivocada o no, respuesta al fin, que es lo que esperan los "forzados del rey".
No escribió en vano Cervantes este episodio: estaba dejando en él, un mensaje para la posteridad, sobre libertad y justicia, aunque esa es harina de otro costal. Pero también es un ejemplo de diálogo.
Si revisamos otros casos del ilustre caballero, vamos a encontrar dos constantes: 1) la voluntad de dialogar con seriedad y sin tapujos; 2) el imperativo de una respuesta pronta y satisfactoria a los planteos que recibe. Esos rasgos los podemos ver también, proyectados en su escudero. Así lo advertimos después de que éste, portador de una carta de amor, debe cumplir una embajada ante Dulcinea (25, I). La carta nunca llega porque el embajador la olvidó, porque el encuentro no se produce, porque nunca llegó al Toboso y porque Dulcinea no existe. A su regreso, Sancho fabula para conformar a su señor y para ubicarlo en la realidad de la que el delirio y sus ensoñaciones lo han alejado; pero también, y muy especialmente, para tapar sus propias faltas.
Si bien los objetivos de este episodio, por variados, no caben en esta nota, no podemos sino ver en esta desopilante conversación, un múltiple ejemplo de Cervantes sobre las distintas formas del diálogo y las diferentes conductas e intenciones de los dialogantes. Apliquémoslo como patrón sobre el lienzo de la realidad política del presente y saquemos conclusiones. Son a medida ¿O no?
En el palacio de los duques, doña Rodríguez le plantea un problema personal al caballero y le pide una solución "a cuyas razones respondió Don Quijote con mucha gravedad y prosopopeya: Buena dueña, templad vuestras lágrimas [?] que yo tomo a mi cargo el remedio de vuestra hija". Y como el caso es urgente, de inmediato entra en acción para solucionarlo.
No interesa cuál haya sido el desenlace del hecho, interesa la actitud. He ahí la ejemplaridad ¡Qué bueno sería imitar esta actitud diligente, comprensiva y solidaria!
Del mismo modo, el episodio de la ínsula Barataria muestra al gobernante ante el reclamo de sus gobernados, y su interés en darles pronta respuesta: "Paréceme que en este pleito no ha de haber largas dilaciones". Y tenía razón, porque a veces la dilación mata la hacienda, y también al hacendado. En contraste, no infrecuentemente se hace de la dilación un recurso para eludir respuestas. Instrumentos de la dilación son las Comisiones, los Consejos asesores, los organismos paralelos, etcétera, etcétera, cuanto más numerosos, mejor.
Fuera de los dos ejemplos clásicos citados, hay otras formas de diálogo e interesa repasarlas, por su relación con el presente.
Entre esas otras formas podemos encontrar (espigando) el diálogo constructivo donde, frente a un problema -o una serie de problemas- de no fácil solución, los aportes y razones de unos son recepcionados por los otros, y de donde sale una solución acordada. Y más aún, puesta en práctica con la rapidez que la gravedad del problema reclama.
A la inversa, y ya sin necesidad de espigar, suele aparecer el diálogo de sordos donde cada uno de los interlocutores habla de un tema diferente y, en consecuencia, sin entenderse. Resultado: cero.
En nuestro país se ha hecho una convocatoria al diálogo y estamos pendientes, y estamos esperanzados. (¿Esperanzados?) No todos. Y estamos recelosos. ¿Todos? No. Pero sí, muchos. ¿Por qué? Porque conocemos el paño y le tememos a otra de las formas de diálogo, de la que pasamos a ocuparnos: el lucrativo, bastante parecido a un mascarón de proa, a un arma de defensa y también a una encerrona: el que convoca arregla a priori y de acuerdo a su conveniencia, los temas a tratar, sin tener en cuenta los intereses y necesidades del otro. Después escucha planteos, solicitudes, reclamos. A continuación aparecen los peros, las evasivas y fundamentalmente las dilaciones. Y junto con la dilación, la espera y los plazos que se vencen y los problemas que se agravan ¿Qué pasa entonces? Nada. Pero se cumplió con la convocatoria al diálogo. ¿Qué diálogo?
Y qué decir de aquel que convoca (que a la vez es el único que posee la llave del cofre donde están guardadas tanto las soluciones como su determinación) no da la cara y coloca en su reemplazo a un subalterno sin capacidad de resolución. Podría llamárselo diálogo del titiritero.
Cuando el que convoca sólo lo hace para ser escuchado y cubrir apariencias, el diálogo deviene monólogo, y los monólogos tienden a ser peligrosos, como aquel de Macbeth: "el cuento de un loco, lleno de ruido y de furia". Pero claro, este puede ser el testimonio de un inglés del siglo XVII, o de un norteamericano sureño de comienzos del siglo XX, Faulkner mediante, pero no de un argentino de nuestros días -o de pasados días-. ¿O sí?
Son temibles los monólogos y a veces, lo que es peor, se convierten en un peligroso bumerán. © LA GACETA   


Alba Omil - Escritora, editora, profesora de Letras de la
Universidad Nacional de Tucumán.



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