10 Mayo 2009
"No me animo a subir, porque tengo el presentimiento de que se va a caer", le dice Gustavo Zerbino a Esther, la esposa del médico de su equipo de rugby. Dos horas más tarde de ese viernes 13 de octubre de 1972, el pequeño avión Fairchild 571 en el que ambos viajan se estrella en la cordillera de los Andes con 45 personas a bordo, la mayoría jóvenes de entre 18 y 24 años. Dentro del fuselaje partido del avión, que se ha deslizado por la montaña hasta embestir una pared de nieve, hay 29 pasajeros con vida. Roberto Canessa, un estudiante de Medicina de 19 años, atiende a los heridos mientras algunos de sus compañeros rescatan a quienes quedaron atrapados entre los asientos, comprimidos por el impacto. En minutos, la temperatura baja de 24 grados a -10. Gustavo Zerbino sale al exterior, busca la cabina de los pilotos y se encuentra a uno de ellos clavado a su asiento por los instrumentos que tenía enfrente. El piloto le señala un maletín en el que guarda un revólver y le pide que le pegue un tiro.
En los 18 metros cuadrados del fuselaje, los sobrevivientes se amontonan para pasar la primera de 71 noches en las que la temperatura desciende a -30. La poca comida que logran conseguir se acaba; el fantasma de la muerte por inanición avanza y también la idea de que la antropofagia es la única manera de exorcizarlo. Pedro Algorta hace una analogía entre la comunión y el uso de los cadáveres como alimento, que los demás refuerzan con la ofrenda colectiva de sus cuerpos en caso de muerte. Así se instaura un mecanismo por el que tres de los sobrevivientes cortan franjas de carne de los cuerpos preservados por la nieve para distribuirlos entre todos.
El día 10 logran hacer funcionar una radio y la primera noticia que escuchan es que se ha cancelado su búsqueda. Seis días más tarde, cuando parece que nada puede ser peor, una avalancha sepulta el fuselaje; la mayoría de sus habitantes queda cubierta por la nieve y ocho de ellos mueren. Después de esa jornada nefasta se instala la idea de que deben salir de allí por sus propios medios. Así comienza a organizarse la expedición de Canessa y de Parrado, quienes después de recorrer durante diez días kilómetros de nieve y montañas se encontrarán con el arriero Sergio Catalán y con el final de la tragedia de los Andes.
© LA GACETA

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