Vasto plan de Amadeo Jacques

Para aplicar en el colegio que se le confió en Tucumán. Por Carlos Páez de la Torre (h) - Redacción LA GACETA.

21 Abr 2009
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EN LA RECOLETA. Tumba del célebre maestro francés que fue costeada por sus discípulos del Colegio Nacional porteño.

En 1858, el gobernador de Tucumán, doctor Agustín Justo de la Vega, encargó al recién llegado profesor Amadeo Jacques (1813-1865) la dirección del único establecimiento secundario de la provincia, el Colegio San Miguel.
El sabio francés publicó pocos días después, en el diario “El Eco del Norte”, un resumen del plan de estudios que se proponía encarar.
Decía allí que iba a insistir en “las ciencias útiles”, que tienen aplicación “en la vida material, en las profesiones mercantiles, en la industria agrícola y pastoril y en cuanto se refiere al desarrollo y engrandecimiento de la riqueza pública y privada”.
Aclaraba que esto no significaba desprecio por “las letras o lo que se llama humanidades”, a las que juzgaba “un bellísimo adorno del entendimiento”.
Pero le parecía que en el país “sobran los doctores”, y que “primero que al lujo debe atenderse a lo necesario”.
Se proponía Jacques instalar en el Colegio un Laboratorio de Química, para estudiar, de modo exacto y al margen de “la ignorancia y el charlatanismo”, los minerales “que se van a descubrir en las sierras vecinas”.
También quería armar un Gabinete de Física, para observar los fenómenos naturales.
Además, impulsaba la creación de un Jardín Botánico, “tan necesario para el estudio, que podrá ser también un jardín de aclimatación y una quinta modelo”.
Otra idea era la de un Museo, que será “como una descripción viva de esta provincia, tan liberalmente dotada en todos sentidos”.
Era consciente de lo ambicioso de su planteo, pero confiaba en la generosidad de los gobiernos de la Nación y de la Provincia.
Es más; pensaba que, con “los mejores de nuestros discípulos” se podría “emprender, dentro de pocos años, la redacción de una descripción física completa y exacta de esta admirable provincia”.
No podía saber Jacques que sólo una mínima parte de sus aspiraciones podría hacerse realidad.
El escaso eco de su tarea, unido a las agitaciones militares de esos tiempos iniciales de la Organización Nacional, determinaron que, en 1862, partiera a Buenos Aires en búsqueda de mejores horizontes.

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