Conversando con Antonio Dal Masetto, a propósito de " Sacrificios en días santos", su última novela

Por Hernán Carbonel, para LA GACETA - La Plata.

27 Abr 2008
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Bosque es un pueblo pequeño en medio de la pampa húmeda. En la superficie todo parece moverse con normalidad. La gente se levanta cada mañana y va a su trabajo, o lleva a sus hijos a la escuela, o toma un café en el bar de la esquina o visita a sus amigos. Nada fuera de lo común a simple vista. Hasta que la olla ya no resiste la presión y se descubre cuán profundo es el mar de fondo que lo mueve.
Entonces aparece el Bosque que convive en una perpetua proximidad con el peligro, bajo una euforia mansa. Un pueblo donde los golpes reemplazan a las palabras, donde es preferible gozar con el sufrimiento del enemigo nunca declarado pero omnipresente, antes que correr el velo de la exposición pública: la mirada de los otros, las cosas que no centran su esencia en sí mismas sino en lo que las rodea, confunde, eclipsa o destruye. Un micromundo lleno de ojos y una fachada detrás de la cual bullen "las hipocresías, las rivalidades, la indiferencia". Algo que no se paga sino con sangre.
La saga relacionada con esta geografía pueblerina que Antonio Dal Masetto comenzó en Siempre es difícil volver a casa (llevada al cine por Jorge Polaco en 1992) y siguió en Bosque, tiene ahora un nuevo capítulo con Sacrificios en días santos (Sudamericana, 2008).
- La idea en general -dice el autor- es que el gran personaje es el pueblo. Lo que se revela es de qué manera la irrupción de un elemento extraño desata la posibilidad de que el conjunto del pueblo se libere. Las miserias ocultas de un ser humano no solamente están en los pueblos sino en cualquier parte, pero parece que en los pueblos chicos se ven más. Los personajes que actúan en estos lugares cumplen roles muy definidos. Todo el mundo sabe quiénes son, cómo son. Por lo tanto, lo que impera es una suerte de gran hipocresía; nadie dice nada, todo está oculto, todo funciona. El mismo Antonio Dal Masetto vivió en un pueblo así algunos años. Desde los 12, cuando llegó de Intra, Italia, hasta los 17 años, cuando se mudó a Buenos Aires:
- La etapa de pubertad y adolescencia deja su marca única en cualquier parte -confiesa Dal Masetto-. Son años de descubrimientos, de aprendizajes. La experiencia se hace carne, moldea, y a partir de ahí uno es eso que transitó. Así que sin duda aquel pueblo dejó su impronta particular. Hay circunstancias particulares, el que yo viniera a los doce años de otro continente y otro idioma, que haya aprendido el castellano en esas calles; en la biblioteca del pueblo, leyendo libros que elegía al azar; los primeros enamoramientos. Cierta particular visión de la vida, de la gente. Luego, si te toca escribir, esas cosas afloran de alguna manera, porque forman parte de tu carne.
Una vez instalado en la Capital, Antonio Dal Masetto trabajó como albañil, pintor, heladero, vendedor ambulante y empleado público. Fue colaborador de Tiempo Argentino y de Página/12, entre otras publicaciones gráficas. Editó siete libros de relatos y una decena de novelas.
-En mis novelas no he ido de una línea argumental a otra, simplemente porque no existen diferencias sustanciales. Son diferentes maneras de enfocar el mundo que veo y he visto. Las anécdotas difieren, pero en el fondo se está hablando de lo mismo. Hay una mirada sobre la realidad. A menudo una mirada inevitablemente crítica. Pero también, en muchos casos, con señales esperanzadas.
Sacrificios en días santos se abre desde la ventana de un colegio de monjas, donde algunas alumnas son testigos de lo que sucede en la casa vecina, tapial y monte de por medio: un acto protagonizado por un carpintero y su oveja. Ese carpintero, el elemento extraño que despierta en la horda la Cosecha Roja pampeana, es un hombre que no necesitará hablar para ejercer como ruptura: sus voces, su discurso, serán los hechos. Como cordero de Dios que quita el pecado del mundo y ha de tener piedad de los habitantes de Bosque.
La novela narra, básicamente, dos historias que convergen en ese colegio religioso: la historia carnal entre el carpintero y la oveja (es un ovejo, en verdad, como se verá luego en el transcurrir de las cosas, y no un carnero), y un amor adolescente atravesado por la división de clases: unos, los ricos, a este lado; los otros, el resto, al otro lado de las vías. Dos aventuras morales y los límites que ambas enfrentan, confrontan, dilatan o infringen.
Según Dal Masetto, "alguien definió esta novela como una gran misa pascual, una misa plebeya. Creo que es una definición posible".
Sucede que las acciones se desarrollan durante los días de Semana Santa, y la novela pasa a ser entonces una gran parodia, sin exuberancias, de un humor ácido, vertiginosa y efectiva, y con una certera economía de recursos en el lenguaje que no en vano recuerdan la estrecha amistad, tanto humana como literaria, entre Antonio Dal Masetto y Osvaldo Soriano.
El desarrollo dramático ascenderá hasta dar con un preciso desenlace: ¿cuál es la solución cuando no hay solución? Matar al mensajero. Pero ya se sabe que muerto el perro (o la oveja, o el ovejo, o el carnero) nada acaba: sólo cambia de posición, de máscara. Sólo los visionarios, los héroes mínimos, anónimos, pueden elegir su propia muerte (trascendiendo la noción de suicidio) y simbolizarla en la carne y la sangre de Cristo.
Lo único que queda, pues, es una última cena, solitaria, ya sin apóstoles, que conducirá al sacrificio y a un último acto quijotesco, la inmolación que no necesitará de cruces, pues, la Cruz, siempre, quedará para el Bosque. Una escena final abrumadora, aplastante, devastadora, que deja al lector perplejo no por otra cosa que por la fuerza en sí de los actos.© LA GACETA

Perfil
Antonio Dal Masetto nació en Italia, en 1938. Entre sus novelas se destacan Siempre es difícil volver a casa, Hay unos tipos abajo -guión novelado de la película homónima- y Fuego a discreción. Con Lacre (1964), su primer libro de cuentos, ganó el Premio Casa de las Américas de La Habana. Entre muchos otros reconocimientos, obtuvo el Premio Planeta 1994 con su novela La tierra incomparable. Es colaborador permanente del diario Página/12, de Buenos Aires.

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