Dicen que los cordobeses hacen turismo hasta de las piedritas. Recogen una, la limpian, le ponen una cintita y le pintan o le graban "Recuerdo de Córdoba". Así, bien presentadas, las exhiben, las venden y obtienen ganancias que asombrarían a muchos. En Tucumán, el concepto de turismo o el de patrimonio parece ser, por lo menos, distinto.
En esta provincia hay, inclusive, en los sitios más recónditos, edificios históricos y bellezas naturales que, a diferencia de las piedritas de Córdoba, están en total abandono y no son aprovechados debidamente. Este el caso de las Ruinas de San Antonio de Padua, en Simoca, un fiel testimonio histórico que forma parte del patrimonio arquitectónico de la provincia. Es lo que quedó de una iglesia que pertenecía a la comunidad franciscana y cuyo incendio, a mediados del siglo pasado, aún es un misterio.
Un celoso vecino
Don Zacarías Vidal Sandoval vive con su familia en una casa que está justo enfrente del edificio, que funcionó, hasta los 50, como iglesia y como casa de retiro de monjes franciscanos (en el kilómetro 1.196 de la ruta 157, paralela al río Seco).
En Simoca cuentan que nadie sabe más que don Sandoval sobre la historia de este inmueble. Sencillo y memorioso como todo hombre de campo, "El Niño", como se lo conoce en la zona, explicó a LA GACETA que toda su vida escuchó los comentarios de vecinos, de su padre -que aún vive y tiene 95 años- y de su abuela -que vivió hasta los 110-, para construir su reminiscencia del templo. "Ellos fueron testigos de la historia de este convento e, inclusive, conocieron la primera iglesia, que funcionó unos metros atrás de donde está ubicada actualmente y era de adobe", comentó don Sandoval. El hombre, de 70 años, lamentó que, aunque turísticamente no se promocione el lugar, nadie se haga cargo siquiera de mantenerlo limpio o de protegerlo del rigor del clima o de los depredadores.
Recordó que, en 1976, un hijo de Manuel Curia, entonces dueño del predio de 14 hectáreas donde actualmente se encuentran las ruinas, le donó las tierras a la Municipalidad de Simoca para que las pudiera inscribir como propias. "Esto no está ni siquiera escriturado y, durante años, todo el mundo se llevó materiales de la iglesia a otros lugares", afirmó "El Niño". Don Sandoval aseveró que hay dos versiones acerca del incendio de la iglesia, que, según dijo, fue construida por el pueblo simoqueño.
"Algunos dicen que vino una señora a rezar, prendió velas y generó el incendio accidentalmente. La otra es más larga. Según se comenta, un descendiente de los propietarios iniciales que donaron los terrenos a los franciscanos, no tenía posibilidades de reclamar la herencia; entonces, decidió prenderle fuego. Era atrevido el hombre ese; no servía. No creía en Dios, ni en la virgen, ni en nada. Por eso, dicen que, de bronca, quemó la iglesia", comentó.
Don Sandoval también contó que los ojos de la estatua de San Antonio de Padua son unos de los pocos objetos que no se quemaron, porque eran de cristal. "Aquí era el altar, donde estaba San Antonio. Aquí abajo, nosotros (su familia) habíamos puesto una imagen del santo, y parece que vino un borrachín y se la robó. Todo el altar era de madera tallada", precisó, nostálgico.
"El Niño" sostuvo que ninguna autoridad, desde que él vive en el lugar -hace más de cuatro décadas-, se interesó por las ruinas. "El único que vino una vez era fray Paz, no me acuerdo el nombre (de pila). El quería reconstruirla. Pero, salvo él, nadie se acercó", aseguró.
Los restos de la iglesia San Antonio de Padua constituyen uno de los testimonios del pasado de la provincia que, como tantos otros lugares y edificios de inconmensurable valor histórico, permanecen en el olvido.
El libro "Iglesias de Tucumán - Historia, Arquitectura, Arte", de Carlos Páez de la Torre (h), Celia Terán y Carlos Ricardo Viola se refiere a las Ruinas de San Antonio de Padua. "(...) era la estancia que en el siglo XVII pertenecía al tesorero de la catedral de Santiago del Estero, Francisco de Salcedo, quien la donó el 19 de mayo de 1613 a la Compañía de Jesús. (...) Expulsados los jesuitas, las tierras pasaron a los franciscanos. A fines del siglo XIX, la piadosa familia Figueroa erigió el templo y el convento, sobre unas tres hectáreas, dedicándolo a San Antonio de Padua. (...) Poco a poco, el conjunto fue quedando abandonado. En 1950, su propiedad pasó a Manuel Curia, quien la usó como galpón. Las velas que encendían los devotos al San Antonio, que había quedado en una hornacina, suscitaron un incendio y la ruina del edificio. (...) En 1976, Curia donó todo a la Municipalidad de Simoca, pero como luego quedó fuera de la jurisdicción de esta, no se le dio destino alguno", refiere la investigación.
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