Literatura insumisa: Poemas de Leda Valladares

08 Oct 2015
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Leda Valladares

Telefónicamente me muero

Te gozo a la sombra de un hilo

y con hambre de lo humano respiro tu voz.

Leda Valladares.









Poemas de Leda Valladares


Poemas seleccionados por Gabriel Gómez Saavedra para la obra homenaje a Leda Valladares Leda - Despeñadero de un canto, extraídos de los libros Se llaman llanto o abismo (Ed. M. F, 1944),  Camalma (Ed. Rodolfo Alonso, 1971) y Yacencia (Ed. Cuadernos Americanos, 1954)




    Leda fue y es un puente detonándonos en la cara; puente que hizo tocar los bordes de la fisura cultural americana.

   Desde aquella experiencia que vivió a los 22 años en el Carnaval de Cafayate, cuando conoció la baguala, supo que su voz y espíritu ya no le pertenecían sólo a la porción occidental colonizadora; sino que se había desplazado más allá: al aborigen que miraba en nosotros como una piedra negada pero no extinta, al negro, al mestizaje; a todos ellos cimentando un conjunto de manifestaciones culturales con base en lo metafísico. Leda sintió el deber de comunicarnos su experiencia, para que nosotros tengamos la posibilidad de descubrirnos también en esos planos.


Gabriel Gómez Saavedra









Te escucho entre lo que nunca muere


Primero ha sido tu alma y después el principio

tu huella sobre el verbo y la humedad del mundo.

Después se ha hecho tu sonrisa

desenlazada, libre como túnica de pájaro.

Y no sé cómo ha crecido tu voz.

Emanación de tacto hondo y persistente

sonido de sollozo maravillado al silencio

tramándose en el presagio.

    Has advenido y no sé cómo nombrarte

indicio de cielo

estrépito invisible

presencia.


De Se llaman llanto o abismo



***


Sobre la cama de la vida me tiendo: cuerpo oyente, alma declarada.

A lo lejos el mundo gesticula. Unas leguas más arriba el universo vigila y toma asiduas instantáneas. Un micrófono colgado del cielo registra los sonidos vasculares del suceso.

Tengo miedo del latido.


De Camalma



***


Hay un canto que se canta odiosamente,

sin sentido,

con rostro enajenado

y ritmo de impiedad.


Es una colérica y difícil melodía,

como un orgullo inútil,

como un amante

que al no tener amada

ni pecho adonde ir,

rompe en diabólica ternura

y en ojos que quieren destruir la inmensidad.


Canto del salvaje que se muerde el corazón,

del funestamente solo,

del que busca a la siniestra y dulce muerte

por vengarse del amor.


Canto que termina en la última pared,

en el más risible llanto.

Tan desierto,

tan perdido huésped

como un golpe de tambor.


De Yacencia



***


Sobre un inmóvil fondo

alzo mi risa.

Risa de vivir porque sí.


En tambores lanzo agonía,

paroxismo que me corrompe.

Y tocando el furioso y lúgubre ritmo

viene el hermoso a escucharme

y el demonio a morder su vientre.


Para embrutecerme es que canto,

para oírme las raíces.


No dirán que estoy loca

pero yo sé que estoy, de sombras y espejos,

de escuchar el latido de las cosas.


Estáis hablando de vida.

Pero escuchad las campanas,

el sol de la siesta;

oíd esas puertas moviendo el aire,

acaso no apestan a muerte?


Nada más sarcástico que el sol.

Y meted el rostro entre las manos,

mirad detrás de un vidrio,

poned el cuerpo en la ventana

queréis algo más para sentir este horror de vivir?


De Yacencia



***


Entre líneas


Telefónicamente me muero

Te gozo a la sombra de un hilo

y con hambre de lo humano respiro tu voz.


Te callas como estando en la maraña.

Y vienes... Vienes por cables aéreos y me nombras.

Entonces mi sangre se envanece.


Te callas otra vez y el silencio tiene ojos,

calladurías de labios que iban a decir.


No te rías tan adentro.

Quiero oírte en tu borde donde existes a morir.


Se te ha callado el silencio como un tímpano en peligro.

No escuches mi corazón.


Tu voz me llama y me condensa,

me encarna en una sola musitación.


Gozo tu modo de omitir estremecido,

tu estar en ardiente penumbra.

Y cuando a tientas me dices: ¿estás ahí?


Sí, aquí estoy: con un teléfono sediento,

empuñando el hilo de la vida por donde sale tu amor.



***


El inmóvil


    Porque silencio es entubamiento de locura.


    Como el puro comienzo

como el aire del algo

del hermético llanto

en enloquecido ordenamiento.


    Como sentirse entraña y letargo

y ensimismado goce

y oscuridad temblando.


    Es así como quererse

como ausentarse en el corazón

y necesitar el jamás.


***


Me sostiene el mundo


    Es raro

cuando me miran

recuerdo mi alma.


    Es triste

pero necesito miradas

y el apoyo de las tardes que se mueren.


    Sufro la oscuridad y el viento

lo que se aleja sin mí y pasa

siendo lo inaccesible.


    Tendría que tocar el alba y el silencio

para enterarme de mí misma.


    Es desoladamente triste

yo sé que tengo alma

por los que me han olvidado.


De Se llaman llanto o abismo



***



Solamente cantar


Si supieras que cantar es un crujido,

un miedo de raíz que estruja y desordena.

Arrancarse los costados,

hundirse hasta las tripas como un sorbo.


Por una garganta de alquitrán,

por una enloquecida melodía

el alma raja su piel:

para una fauna embravecida,

para unos tímpanos solemnes de amor.


Podrías echar al mundo una canción en carne viva si supieras,

si usaras las voz como un hambre,

como un recinto del llanto.


Sería cantar al fin para las almas

y con voz de las entrañas

echar las moles de una santa barbarie,

los cimientos de la pena,

el desolado buey del amor.


De Camalma

***


Altas, altísimas y oscuras bellezas del mirar: pongo aquí sobre la vida, mis ojos. Que yo exista por aquellos que me miran. Ojos de hombres, de niños y de perros, tocantes y perdidos, furiosos de hermosura y hermenéuticos de muerte; ciegamente lanzados a lo eterno. Ojos que me acerquen.


De Yacencia



***


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