SAN PABLO, Brasil.- A una semana de la primera vuelta, la religión volvió a instalarse como un factor central de la campaña presidencial brasileña. El detonante fue una controversia en torno a Nuestra Señora de Aparecida, patrona de Brasil, que expuso las tensiones entre el electorado católico y el evangélico neopentecostal en la disputa entre Luiz Inácio Lula da Silva y Flávio Bolsonaro.

La polémica se desató cuando circuló en redes sociales la versión de que Bolsonaro impulsaría un proyecto para quitarle a la Virgen de Aparecida su título de patrona del país. La iniciativa, presentada en 2007 por Victorio Galli, ex asesor de Bolsonaro, fue archivada y el candidato salió a desmentir cualquier intención de reactivarla.

El jueves, la periodista María Cristina Fernandes vinculó en “Globo News” el origen de esa versión a un movimiento dentro de la Iglesia Católica contra el supuesto avance evangélico contra el título de la Virgen. Horas más tarde, la cadena emitió un comunicado desmintiendo esa afirmación y pidiendo disculpas. Para entonces, el escándalo en las redes ya era mayúsculo.

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El vicepresidente Geraldo Alckmin, compañero de fórmula de Lula, respondió con un video prometiendo que las tradiciones religiosas serán “protegidas y preservadas”. El Tribunal Superior Electoral también intervino: su vicepresidente, el ministro André Mendonça -descrito por Jair Bolsonaro, como “terriblemente evangélico”-, ordenó bajar las publicaciones que atribuían la iniciativa a Flávio, hijo del ex presidente.

El episodio ilustra una pulseada más amplia por el llamado “voto religioso”. Según el Censo 2022, los evangélicos representan ya el 27% de la población brasileña (algunas encuestas lo ubican en el 30%), el nivel más alto de su historia, en un país que sigue siendo el de mayor cantidad de católicos del mundo. En 2018 ese electorado fue clave para la victoria de Bolsonaro, que se quedó con cerca del 69% del voto evangélico. Cuatro años después esa ventaja se redujo y hoy las encuestas muestran un escenario más disputado: el sondeo de Quaest de junio mostró a Lula subiendo siete puntos entre evangélicos y a Bolsonaro cayendo nueve.

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Especialistas como Magali Cunha, del Instituto de Estudios de la Religión, relativizan la existencia de un “voto evangélico” monolítico y sostienen que la decisión electoral de ese segmento combina la variable religiosa con la de género, raza y clase social.

Evangélicos

En paralelo, sectores evangélicos progresistas y grupos como el Frente de Evangélicos por el Estado de Derecho trabajan activamente para correr a esa comunidad del bloque conservador que referencia el pastor Silas Malafaia, quien no duda en señalar a Flávio Bolsonaro como “el candidato favorito de los evangélicos”.

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La última encuesta de Datafolha, encargada por Globo y Folha de Sao Paulo, con 2.002 casos relevados el 22 y 23 de septiembre, midió un empate técnico en un eventual balotaje: 47% para Lula contra 45% para Bolsonaro, con mejoras para el oficialismo en el sur y entre los sectores de mayores ingresos, y avances de Bolsonaro entre católicos y votantes de raza mixta.