En José Claudio Escribano se encuentra la memoria activa del experto periodista que ha sabido perseguir los acontecimientos importantes y relacionar su significado. También, el ojo alerta, curioso como un niño, ante los detalles de la historia, y la capacidad de relacionarlos con el presente. El veterano maestro acompañó atentamente las ponencias en la Asamblea General de la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas (Adepa) en Tucumán y dio una clase de periodismo ante docentes y estudiantes en el auditorio de la Universidad San Pablo-T. Allí dejó reflexiones sobre este oficio que lo apasiona como el primer día: “Hagan cualquier cosa en la vida, pero a condición de que puedan divertirse”, dijo como consejo, luego de hacer un repaso sobre el periodismo, sus desafíos y su futuro.

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-Usted dijo que el periodismo que más respeta es el de investigación...

-El periodismo de investigación en serio es moderno en la Argentina. Yo traté de armar equipos de investigación y nunca me fue muy bien. Hoy disponemos de un grupo de redactores que hace verdadero trabajo en profundidad. Me parece que el periodismo de investigación que se ha incorporado a las actividades periodísticas en la Argentina, encarado verdaderamente como tal, constituye una de las bases fundamentales del periodismo confiable. Y no solamente por las novedades que presenta, sino por lo arduo que resulta realizar buenas tareas. Necesita tiempo, criterio y reflexión.

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Yo admiro muchísimo a periodistas como Hugo Alconada Mon, que llevan adelante cuatro o cinco líneas de investigación sobre diferentes temas de modo simultáneo. Esto significa tener la cabeza de un genealogista, virtualmente. No lanzan su trabajo al conocimiento público hasta tenerlo verdaderamente consumado, a tal punto que no haya una línea, un dato que se les pueda rectificar. Eso exige una perseverancia notable. Perseverancia, trabajo, andar por la calle: eso goza de tal vez mi mayor admiración en nuestro oficio. Porque no tiene cabida el error.

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-Pero en el periodismo cotidiano a veces no se logra corroborar todos los datos y la información importante circula. ¿Cómo se combinan ambas cosas?

-Durante los 25 años que estuve a cargo de la redacción de La Nación, no creo haberme caracterizado por haber logrado una redacción que se destacara por el lanzamiento del mayor número de primicias -con todo lo que esto significa como valor para un medio-. Tenía mi pequeño apotegma: es preferible perder dos noticias antes de que nos desmientan una. Entonces eso coloca en una situación difícil a quien trae una información. Siempre a quien hace las cosas con seriedad, siempre lo asalta un cierto grado de escepticismo. La duda es patrimonio de la sabiduría del ser humano, de la experiencia y de la responsabilidad, y hasta de un espíritu tolerante. Dudo y nunca alcanzan los elementos que se tienen a mano para lograr la certeza que quisiéramos. Esto tiene algo que ver con la excelencia. Nosotros somos seres inacabados, condición que nos depara la ilusión de seguir perfeccionándonos. Si somos seres inacabados, podemos seguir perfeccionándonos y podemos alcanzar la excelencia o, en todo caso, acercarnos lo más posible a ella.

Este es el tema: hacer todos los esfuerzos para estar lo más cerca posible de la excelencia significa y esto significa verificar, contrastar, comparar. Como ejemplo de esto, hay una idea maravillosa que introdujo de manera práctica en la Argentina Paul Hary, el fundador de los grupos CREA: armar grupos de 10 personas y su base consiste en que comparar es conocer. ¿Cómo te fue a vos? ¿Cómo me fue a mí? Contrastar las situaciones en las cuales estamos y así avanzar. En el periodismo sucede lo mismo: verificar, comparar, contrastar. Ahí está una parte esencial del trabajo.

-¿Cómo sostener la confiabilidad del periodismo en una época de tanto apuro y de tanta información?

-De diferentes maneras. Hay medios que han hecho de la confiabilidad su activo principal y otros que la han desatendido. Hay medios que han cuidado su reputación, que es un activo que no se logra de un día para otro. Una buena reputación es el resultado de todo un proceso y se pierde muy rápidamente por un hecho grave o infortunado. El presidente Javier Milei realiza imputaciones gravísimas al periodismo, casi in totum, peca de manera inadmisible por descalificar todo el oficio. Bueno, su ministro de economía. Luis Caputo, prácticamente dijo que el periodismo no tenía lugar en el país. En nuestras filas también entraron las fallas. Hubo periodismo bueno, mediocre y malo. Pero creo que el periodismo argentino se ha caracterizado ante el mundo en términos que deben enorgullecernos.

-A propósito de los insultos del Presidente, fue muy interesante su  artículo titulado “El insulto del día”…

-Claro, era como ampliar el insulto del día. Bueno, ¿de qué manera nos va a insultar hoy? ¿Qué va a decir? Nunca lo ha hecho conmigo y no tengo razones para quejarme, pero el Presidente ha insultado a gente que yo rescato, muy valiosa, intachable. Eso me produce un rechazo muy grande.

-Además de Milei específicamente, hay una cierta tendencia en la sociedad a perder el respeto ¿no?

Ha cambiado, ha cambiado. Mire, los otros días había que hacer una gestión en el Congreso de la Nación. Yo no quiero entrar en el Congreso, me avergüenzan los escándalos que se producen, la degradación del lenguaje. Es posible que hayan cambiado también en el mundo. Al presidente Donald Trump no lo entiendo, en modo alguno. No entiendo que un país destrate a los aliados de toda la vida. Este es un daño para el mundo que es mi mundo. Yo soy un hombre occidental, con un país que está ubicado en la periferia de Occidente, en un lugar remoto, pero que es parte de ese Occidente con el que hemos tenido los mismos valores básicos.  La idea de la democracia, la idea de la república. Y esa condición de estar en la periferia, yo creo que la debemos cuidar muchísimo, entre otras cosas con la pavorosa inseguridad interna en nuestras urbes y ciudades medianas. Debemos preservarlos y ser muy cuidadosos en nuestra política internacional en querer cacarear cuando no tenemos un papel predestinado para asumirlo ni posibilidades materiales, cuando tenemos tanta pobreza y tanta indigencia en la Argentina. Creo que nuestros gobernantes en los últimos tiempos, no me refiero solo a este gobierno, han estado jugando tontamente con fuego. Si tenemos un activo para cuidar es precisamente esta insularidad nuestra, ¿no? Que compartimos con Uruguay, también con Chile. Cuidemos esta parte del mundo que puede ser una expresión muy alta de paz en un mundo convulsionado.

-Usted se caracteriza por recuperar muchos datos, mucha información. Como en su nota a propósito de la campaña antiargentina y la amplitud de detalles históricos que aporta.

-Es divertido sorprender al lector. Sorprenderlo con ingresos, en cierta materia, desde ángulos inesperados. Siempre he debatido con mis colegas en la propia redacción cómo debe comenzar una crónica, una nota. Yo digo que soy un cronista; es el adjetivo que más me gusta. Creo en la vieja regla del triángulo invertido. Está muy asociada a los tiempos en que la información llegaba a las redacciones, excepto las del ámbito local, por telegramas. Había que ser muy conciso porque la empresa pagaba por cada palabra que recibía. Entonces el encabezamiento permitía tener el conocimiento básico de qué trataba la noticia y, además, era una cortesía para el lector. Si el encabezamiento no conseguía atraparlo, bueno, pasaba a otro espacio del diario. Pero la nota, respecto de la información cruda, de la crónica pura, tiene mil maneras de ser abierta. Una de las posibilidades es una frase que desconcierta al lector, que lo sorprenda. Eso me divierte mucho.

¿Cómo ve la inteligencia artificial?

-Los dos últimos pontífices han abierto un camino para la reflexión muy interesante. Yo he discrepado con el Papa Beroglio cuando descalificaba el mérito como una vara para determinar ascensos o asignación de espacios en la vida en la vida pública. Pero creo que percibió a tiempo los peligros que podían producirse a raíz de estas nuevas tecnologías. También coincido totalmente con la preocupación manifestada por su sucesor, León XIV, en “Magnifica humanitas”, su primera encíclica. Yo creo que el tema central está en que la inteligencia artificial establezca objetivos por sí mismo y no se atenga a cumplir los objetivos que le han sido asignados por el hombre. ¿Qué ocurriría si esos algoritmos un día decidieran disparar contra objetivos que no le han sido asignados? ¿Qué pasaría si la IA se acercara en demasía al concepto de conciencia? Este es el punto central. No puede haber, no es admisible que haya inteligencia artificial capaz en ningún orden de cumplir papeles que no le hayan sido asignados por el hombre. Y si ya hemos tenido evidencias de que este principio ha sido quebrantado o es quebrantable, yo suscribo cualquier documento que establezca que cualquier novedad a partir de hoy en materia de inteligencia artificial sea suspendido hasta que haya acuerdos en materia de regulación.

-¿Cómo ve el futuro del periodismo?

-Las posibilidades que dan las nuevas tecnologías son infinitas, pero la circulación de los diarios de papel es muy reducida. Creo que nos vamos a morir los dos leyendo diarios, pero tal vez diarios tipo boutique y configurados de una manera muy especial. El hombre necesita romper su rutina. Nuestras cabezas, nuestra capacidad cerebral, deben ser puestas a prueba aprendiendo permanentemente, exigiéndonos aprender cosas que desconocemos. Por eso es también mi interés por la inteligencia artificial: pone a prueba mi capacidad cerebral. Los neurólogos saben ahora que nuestro cerebro es más elástico de lo que se suponía. Las nuevas tecnologías han hecho de este tiempo no solamente el de mayor democratización en la historia de la humanidad, sino también el de mayor segmentación de la información. Si todo el mundo informa y todo el mundo interpreta, convengamos que las posibilidades de que haya mares de disparates en las redes sociales son enormes, acuciadas además por lo más bajo del espíritu humano: la utilización del anonimato para decir cualquier cosa y para agraviar. Esa segmentación debilita nuestros recursos y debemos lograr la mayor eficiencia posible en nuestro profesionalismo. Todo ha cambiado y todo seguirá cambiando, pero hay algo que no va a cambiar nunca: el día tendrá 24 horas y el tiempo, como decían nuestros mayores, vale oro.

Yo entro en la red y leo y leo y leo, navego, pero navego en la dirección correcta. Porque no se trata de navegar hacia cualquier lado: puedo acabar vaya a saberse dónde. El hombre mal informado puede cometer muchos más desatinos que el hombre que no está informado. El que no está informado, por una cautela interior, se abstiene de tomar decisiones. Pero el hombre que está mal informado se atreve a tomar decisiones en la mala dirección, comenzando por la de sus intereses personales.

Entonces hay que arbitrar todos los medios, empezando por cuidar las marcas. Las marcas tienen un valor porque lo han establecido a través del tiempo. Cuidarlas está en preservar lo eterno, que son los principios. Ser honesto. Ser veraz. La veracidad es tributaria de la buena fe. Si cinco personas observamos un accidente, es muy posible que cada una dé una versión distinta de cómo se produjeron los hechos que vimos al mismo tiempo. Entonces, ¿qué es la verdad? Es el resultado de narrar los hechos con la mayor objetividad y buena fe posible. Y esa objetividad no es solamente producto de la buena voluntad, sino también del profesionalismo, del ojo que está entrenado para ver hechos y, por lo menos, aquellos hechos que merecen ser difundidos con criterio periodístico. LA GACETA, Clarín, La Nación, el medio que se trate: si hacemos un diario de papel debe ser el mejor posible. Si hacemos televisión, debe ser la mejor posible. Si hacemos radio, otro tanto. Porque la marca está en juego.

Y eso vale también para el periodismo del futuro. Cambiarán las plataformas, cambiarán las herramientas, cambiarán las formas de circulación, pero seguirá siendo necesario un profesionalismo capaz de verificar, contrastar, interpretar y contar los hechos con honestidad, buena fe y criterio periodístico.

-¿Qué consejo les daría a los jóvenes que se están formando?

-Yo les decía a los estudiantes que pueden recibirse y seguir en su vida la profesión que los armó intelectualmente; que pueden hacer cualquier otra cosa en la vida pero lo fundamental es que se diviertan. Que lo que hagan les produzca el suficiente entusiasmo para sentirse satisfechos, contentos con lo que hacen. Cuando me retiré como subdirector del diario, me entrevistó un medio poco afín con La Nación. Recuerdo que, a propósito de mi retiro de la redacción, les contesté que, como quise hacer las cosas seriamente, procuré divertirme mucho y creo que lo logré.

Bio

Periodista y abogado, José Claudio Escribano ingresó al diario “La Nación” a los 18 años en 1956. En 1961 fue jefe de la sección política y en 1968, segundo jefe de editoriales. En 1981 asumió como secretario general de redacción y en 1994 fue nombrado subdirector de “La Nación”.

Ocupó además importantes cargos como la presidencia de Adepa  en diferentes periodos, la presidencia de la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP). Recibió tres veces el Konex de Platino o el Premio Rey de España, entre otros galardones. Fue distinguido en 2024 por la Legislatura de Buenos Aires como un destacado hombre de la cultura del país.