La mejor protección para el Acueducto de Vipos comienza aguas arriba: conservar la cuenca es proteger el agua de las próximas generaciones.

Antes que nada, corresponde reconocer una decisión que durante muchos años fue postergada. La recuperación de la toma de Vipos y la construcción del nuevo acueducto representan una de las inversiones más importantes en infraestructura hídrica de Tucumán de las últimas décadas. No se trata solamente de una obra de ingeniería: significa garantizar agua potable para más de 235.000 habitantes, fortalecer la seguridad hídrica del Gran San Miguel de Tucumán y preparar a la provincia para enfrentar un escenario de creciente variabilidad climática.

Sin embargo, la experiencia internacional demuestra que las grandes obras civiles clásicas (llamadas grises en el contexto internacional), por sí solas, no alcanzan. Un nuevo acueducto puede transportar más agua, una nueva toma puede captar mayores caudales y una moderna planta potabilizadora puede mejorar la calidad del servicio, pero si la cuenca que alimenta ese sistema continúa degradándose, la infraestructura comenzará a perder eficiencia mucho antes de lo previsto. La verdadera garantía de que esta inversión perdure durante los próximos cincuenta o cien años no depende únicamente del hormigón y el acero, sino también de la salud de la cuenca del río Vipos.

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Las nacientes del río se encuentran en las Cumbres Calchaquíes y descienden atravesando bosques de Yungas. Estos bosques cumplen una función silenciosa pero indispensable: interceptan la lluvia, favorecen la infiltración del agua en el suelo, regulan los caudales, disminuyen las crecidas repentinas, reducen la erosión y retienen los sedimentos que, de otro modo, terminarían colmatando la toma y deteriorando las obras hidráulicas.

Por ello, la recuperación del sistema de Vipos debería complementarse con un verdadero programa de infraestructura verde, entendido como el conjunto de acciones destinadas a conservar y restaurar los procesos naturales que sostienen el recurso hídrico. Invertir en infraestructura verde no significa reemplazar las obras tradicionales, sino protegerlas y hacerlas más eficientes. Asi, entre las acciones prioritarias deberían incluirse la restauración de áreas degradadas en la cuenca alta, la reforestación con especies nativas de Yungas, la protección estricta de las nacientes, el manejo sustentable del pastoreo para evitar la compactación de los suelos, la recuperación de bosques ribereños y la implementación de un monitoreo permanente de la calidad y cantidad del agua. A ello se suma la necesidad de trabajar con productores, comunas rurales y organizaciones locales para desarrollar prácticas productivas compatibles con la conservación del recurso hídrico.

Cada hectárea de bosque recuperada representa menos sedimentos llegando a la toma, menores costos de mantenimiento, mayor vida útil para el acueducto y una mejor calidad del agua que llega a los hogares. En otras palabras, la naturaleza también presta servicios de ingeniería, muchas veces de manera más económica y permanente que cualquier intervención humana.

El cambio climático refuerza aún más esta necesidad. Se prevé una mayor frecuencia de lluvias intensas alternadas con períodos secos más prolongados. En este contexto, las cuencas conservadas funcionan como verdaderas esponjas naturales: almacenan agua durante las precipitaciones, disminuyen las inundaciones y liberan el recurso gradualmente durante las épocas de escasez. Una cuenca degradada produce exactamente el efecto contrario: crecidas violentas cuando llueve y escasez de agua pocas semanas después.

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La obra de Vipos puede convertirse en un ejemplo nacional de gestión integrada del agua si logra combinar la infraestructura hidráulica con la infraestructura ecológica. El desafío ya no consiste solamente en construir un acueducto moderno, sino en proteger la fábrica natural que produce el agua. Esa fábrica son las Yungas, los pastizales de altura y los suelos de la cuenca.

La provincia tiene hoy una oportunidad histórica. La inversión realizada merece ser acompañada por una política pública que vaya más allá de la obra y comprenda que la seguridad hídrica comienza mucho antes de la toma de agua: comienza en cada bosque conservado, en cada arroyo protegido y en cada hectárea de montaña que mantiene su capacidad de captar, almacenar y entregar el agua que abastece a miles de tucumanos.

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Si Tucumán logra integrar infraestructura civil clásica e infraestructura verde, no solo estará construyendo un acueducto para las próximas décadas; estará asegurando un sistema hídrico resiliente para las generaciones futuras y demostrando que el desarrollo y la conservación pueden avanzar de la mano.