La señal del teléfono desaparece antes que el asfalto. Ocurre después de dejar atrás Nueva Esperanza, la ciudad más cercana a Piruaj Bajo, en el norte profundo de Santiago del Estero. A partir de allí, la ruta 4 avanza hasta San José del Boquerón, el último punto donde el pavimento todavía resiste. Después, la camioneta debe meterse por un camino de tierra de 15 kilómetros que parece abrirse paso entre tuscas, monte seco y animales sueltos. Son las 11.40 de la mañana. El cielo está completamente cubierto. Hacen 13 grados. El Mundial parece estar ocurriendo en otro planeta.

PRIMERA SEÑAL. Al ingresar al pueblo, hay un cartel en el que señala la presencia de una comunidad indigena en Piruaj Bajo. Matías Quintana/LA GACETA.

Mientras Argentina se prepara para enfrentar a Austria por la segunda fecha del Mundial 2026, Piruaj Bajo sigue su rutina.. No hay camisetas colgadas en las casas. No hay banderas argentinas flameando en los cercos. El paisaje tiene otro ritmo: motos que aparecen cada tanto, vacas que mugen a lo lejos, perros cruzando sin apuro y caminos internos que se pierden entre viviendas dispersas. El primer cartel que anuncia la llegada al lugar no tiene tono turístico. Dice: “Comunidad Indígena Piruaj Bajo”. Es una especie de frontera. Del otro lado empieza un pueblo de unas 100 casas y alrededor de 400 habitantes donde todavía no llegó el tendido eléctrico.

Lo primero que aparece no es una plaza. No es una iglesia. No es una oficina pública. Es una cancha de fútbol. Pertenece a Unión Juvenil, el club más nuevo de la comunidad. Está vacía. Tiene arcos de caño, un cerco de tela metálica y rastros de que allí hubo vida hace poco: huellas de botines, marcas de motos, botellas, envases y una mesa improvisada con troncos alrededor. La cancha parece sola, pero dice mucho. En Piruaj Bajo, un lugar donde no hay electricidad convencional, hay tres clubes de fútbol: Vélez, Gimnasia y Unión Juvenil. La pelota llegó mucho antes que los cables.

ENTRADA. Al ingreso al pueblo hay un cartel que da la bienvenida a los visitantes. Matías Quintana/LA GACETA.

Una escuela, una casa y una comida lista

A las 12.40, la primera parada es la zona de la Escuela N° 380. El edificio está vacío. No hay clases a esa hora ni chicos corriendo por el patio. Todavía está en construcción: se ven avances en la entrada y otras estructuras que todavía no terminaron de realizarse. Allí se enseña hasta noveno grado, una conquista que los vecinos repiten como una mejora enorme frente a otras épocas, cuando estudiar implicaba caminar varios kilómetros o directamente quedarse afuera del sistema educativo.

Le paga internet al vecino para ver el Mundial y sueña con la llegada de la luz a su pueblo

A pocos metros aparece Diego Centeno. Viste un buzo rojo que contrasta con los colores apagados del monte. Está con sus hijos y familiares. En su casa, la comida ya está servida. Falta todavía para que empiece Argentina-Austria, pero en Piruaj Bajo los partidos no comienzan cuando el árbitro pita. Empiezan antes, cuando las familias se organizan para saber dónde habrá televisión, qué batería está cargada, quién tiene motor, qué panel resistió los días nublados y dónde se puede juntar la gente.

Diego Centeno (de buzo rojo) vio el partido acompañado de su familia. Matías Quintana/LA GACETA.

Diego nació en Pampa de los Guanacos, una localidad ubicada al noreste de Santiago del Estero, y vive desde hace 19 años en Piruaj Bajo. Es docente de la Escuela N° 380, atiende un pequeño kiosco y conoce de cerca las dificultades de una comunidad donde la electricidad no se enciende desde un interruptor: se guarda, se cuida, se administra. “Se vive de una manera muy especial”, dice sobre el Mundial.

Después explica lo que en cualquier ciudad resultaría impensado. “Las familias se organizan. Si uno tiene un motor, se juntan varios vecinos para verlo ahí. Si alguien tiene una batería, la presta. A veces se saca la batería de una camioneta para poder alimentar los equipos”, cuenta.

El tendido eléctrico más cercano está en San José del Boquerón, a unos 15 kilómetros. Hasta que los cables lleguen, la vida depende de paneles solares, generadores y baterías. Los días nublados, como el de Argentina-Austria, no son sólo una postal climática. Son un problema. “Cuando hay problemas con los paneles o con las baterías se complica bastante. Son cosas que pueden dejarte sin energía de un momento para otro”, señala Diego.

Hace 19 años vive en un pueblo sin luz: así sigue el Mundial en el norte santiagueño

Él lo sabe mejor que nadie. A comienzos de año, una falla en uno de los paneles solares provocó un incendio en su vivienda. El fuego destruyó parte de la casa y lo obligó a reconstruir gran parte de la estructura. Ayer, la escuela también sufrió un incendio en la dirección durante la previa del partido, con pérdida de papeles importantes.

En Piruaj Bajo, la energía nunca es un detalle técnico. Es una condición para vivir. Y también para ver a Messi.

Antonio, Vélez y los mundiales por radio

Después de Diego, el recorrido sigue hacia Vélez, uno de los clubes históricos del pueblo. Allí aparece Antonio Romero, parado junto al portón azul de la institución. Está abrigado con un gorro y buzo grueso. El frío santiagueño sorprende porque uno suele imaginar esta tierra con sol y calor seco, pero ese día el cielo está un poco más nublado de lo habitual y la temperatura es bastante baja.

Antonio Romero es parte de la familia fundadora de Vélez en Piruaj Bajo. Matías Quintana/LA GACETA.

Antonio tiene 63 años y nació en Piruaj Bajo. Su madre tiene 93 y también es del lugar. Su historia es una forma de medir el paso del tiempo en la comunidad. “Toda la vida viví aquí”, dice. El portón de Vélez no es un lugar cualquiera para él. Sus antepasados aparecen entre los fundadores del club. Según recuerda, el primer acta data de 1949 y allí figuran nombres de la familia Romero. Vélez no es solamente una cancha. Es una herencia.

Antonio camina por el predio y señala una construcción en marcha. Es una cantina que todavía no está terminada. También hay un escenario donde cada 6 de enero se realiza un festival para celebrar el aniversario del club. El fútbol, en Piruaj Bajo, no termina cuando se acaba el partido. Ordena fiestas, reuniones, recuerdos y parentescos.

Antonio también trabaja en tareas de mantenimiento en la escuela. Y cuando habla de educación, aparece otra Piruaj Bajo. “En 1975 nosotros caminábamos siete kilómetros para ir a la escuela que estaba en Tala Pozo. Después, en 1976, se creó la escuela aquí y ya fue un alivio porque no teníamos que hacer ese recorrido todos los días”, recuerda.

Marcelo guarda un balde de albañileria en una estructura del poblado. Matías Quintana/LA GACETA.

Antes de esa escuela, muchos no estudiaban. “Yo tengo una hermana de 70 años que nunca fue a la escuela. Mi mamá tampoco pudo ir”, cuenta.

Su memoria mundialista también empieza lejos de cualquier pantalla. En 1978, cuando Argentina ganó su primera Copa del Mundo, en Piruaj Bajo no había televisión. “Nosotros escuchábamos todo por radio. Mis tíos tenían una radio a pilas y ahí nos juntábamos”, dice. No hubo imágenes de Kempes. No hubo repeticiones. No hubo cámaras lentas ni debates televisivos. Hubo relato, imaginación y una comunidad alrededor de una radio alimentada por pilas grandes.

En 1986, Antonio estaba trabajando en la cosecha de porotos en El Galpón, Salta. Allí pudo ver los partidos de Maradona. Cuando llegaba la hora, dejaban el trabajo y se iban a mirar a la Selección.

El Mundial aparece en su vida como una forma de calendario: 1978 por radio, 1986 lejos del pueblo, 2022 con caravanas en los caminos, 2026 en una comunidad que todavía espera los cables.

El “bar naranja” donde casi no pasaba nada

Cuando se acerca la hora del partido, la búsqueda se traslada a los lugares donde la gente podría reunirse. Junto a la zona de Gimnasia, el segundo club más antiguo del pueblo, hay dos espacios.

PASIÓN. Gimnasia es uno de los tres equipos que hay en Piruaj Bajo. Matías Quintana/LA GACETA.

El primero es una casa naranja ubicada sobre un camino que conecta Gimnasia con Vélez. Desde afuera parece un punto perfecto para ver el Mundial: tiene televisor, parlantes, sillas y una mesa de pool en el centro del salón. La ventana y la puerta están abiertas para que ingrese algo de luz natural. Pero adentro casi no pasa nada.

UN SITIO VACÍO. El bar de la casa naranja tenía muy poca concurrencia a la hora del partido. Matías Quintana/LA GACETA.

Dos hombres comparten una cerveza. Algunas mujeres continúan con sus tareas. El televisor está prendido, sí, pero no concentra la atención del pueblo. La escena desarma cualquier postal esperable. En muchas ciudades, un partido de Argentina vacía calles y llena bares. En Piruaj Bajo, la vida no se detiene de golpe. Se acomoda, se reparte, sigue.

La verdadera concentración está a pocos metros.

Así es el interior del bar. Matías Quintana/LA GACETA.

El teatro a oscuras

Desde afuera, la casa verde no anuncia nada. No hay bandera argentina, ni cartel, ni camisetas colgadas. Algunas motos estacionadas y bicicletas apoyadas contra el alambrado delatan que algo ocurre adentro, pero nada más.

La puerta abre a una escena inesperada. Unas 30 personas están sentadas en sillas de plástico acomodadas en hileras frente a una pantalla plana mediana, pequeña para la cantidad de espectadores. Los focos permanecen apagados para ahorrar energía. La luz que entra por las ventanas es escasa. La pantalla ilumina los rostros con una claridad tenue. El relato de la televisión es más fuerte que cualquier conversación.

En la casa verde existe un bar donde los habitantes de Piruaj Bajo observaron el partido. Matías Quintana/LA GACETA.

Parece una sala de teatro. Un teatro a oscuras, en medio del monte, siguiendo a Messi.

Hay hombres, algunas mujeres y jóvenes. Nadie grita. Nadie canta. Nadie golpea la mesa. No hay camisetas de la Selección. Tampoco banderas. El silencio predomina incluso cuando Argentina ataca.

Afuera se escuchan mugidos de vacas. Adentro se escucha al relator.

A las 14.08, Lionel Messi acomoda la pelota para patear un penal. En cualquier rincón del país, la escena habría provocado cábalas, insultos, manos en la cabeza, teléfonos grabando o gritos preventivos. Allí no. Silencio. Messi remata. La pelota no entra.

Un par de personas comenta la jugada en voz baja. Nada más. No hay insultos. No hay dramatismo. El partido sigue.

La calma de Piruaj Bajo no es indiferencia. Es otra forma de mirar. Otra forma de estar. Una manera de vivir el Mundial sin que el Mundial lo absorba todo.

Emil y el gol que no llegó a tiempo

A pocos minutos de allí, Emil Salazar intenta seguir el partido desde su casa-despensa. La vivienda tiene mensajes religiosos pintados en las paredes. Emil es evangélico y las frases de Dios acompañan la entrada, los muros y los espacios cotidianos. Afuera, una olla descansa sobre un brasero. Adentro, sobre una mesa, quedan restos del asado del Día del Padre y algunas porciones de pizza. Frente a Emil, un celular.

No está sostenido por un soporte comprado. Está apoyado sobre una lata, en una estructura improvisada que permite mirar la pantalla mientras come.

La imagen se congela justo antes de la jugada del primer gol. Emil mira el teléfono. Espera. No protesta. No se enoja. No golpea la mesa. No maldice a la señal. Sólo encoge los hombros. “Es normal”, dice. La frase resume todo.

Emil Salazar vio el partido en un soporte improvisado. Matías Quintana/LA GACETA.

En Piruaj Bajo, que se congele la transmisión de un partido del Mundial no es una tragedia. Es parte de la rutina. Si la señal se corta, no hay nada que hacer. Se espera. Como se espera la lluvia. Como se espera que carguen las baterías. Como se espera que algún día llegue el tendido eléctrico.

Emil se entera del gol varios minutos después, cuando vuelve la señal, cerca del final del primer tiempo. Argentina ya gana 1-0. Messi ya tuvo revancha. El gol ocurrió, pero para él llegó tarde. “Si se para la señal, no veo nada”, explica. ¿Cómo tiene internet? “Un vecino nos ofrece el servicio porque él tiene Starlink. Nos cobra $10.000 por dispositivo. En nuestro caso, tenemos tres celulares y le pagamos $30.000”, cuenta.

Tiene alrededor de 40 años viviendo en la zona. Atiende una despensa y necesita energía para conservar productos. “Yo tengo dos freezers a gas. Uno para las gaseosas y otro para los pollos”, cuenta. 

FUENTE DE ENERGÍA. Los paneles solares son esenciales para la subsistencia de los pobladores. Matías Quintana/LA GACETA.

Hace algunos años recibió un equipo solar pequeño a través de un programa estatal. Le sirve para algunas necesidades básicas, pero tiene límites. Una batería agotada puede costar más de $200.000. Por eso cada foco se piensa. Cada carga se administra. Cada día nublado preocupa. “Tratamos de usar la luz lo menos posible para guardar energía”, dice.

El Mundial se ve así: con el celular sostenido por una lata, con asado recalentado del Día del Padre, con una señal que se corta y con una paciencia que en la ciudad se perdió hace rato.

La casa de Emil todavía tiene un aljibe que es fundamental para recolectar el agua de lluvia. Matías Quintana/LA GACETA.

Marcelo y los postes donde todavía no hay cables

Cuando el partido avanza hacia el segundo tiempo, aparece Ángel Marcelo Romero en la puerta de su casa. Se acerca al borde del cercado de madera para hablar. Al frente de él hay una enorme pila de postes. Los troncos ocupan parte del paisaje como una muralla rústica.

La imagen tiene una ironía difícil de evitar: en un pueblo donde todavía no llegan los cables de electricidad, Marcelo vive rodeado de postes. Nació y creció en Piruaj Bajo. Pertenece a una de las familias fundadoras del paraje. “Los primeros Romeros se instalaron en 1850 y, a partir de ahí, pasaron muchas generaciones”, cuenta. Durante años trabajó en distintos lugares, y hoy vive de una jubilación para adultos mayores y de pequeñas actividades vinculadas al campo, la madera y el monte.

Mientras Argentina enfrenta a Austria, Marcelo no puede ver el partido como quisiera. La batería de su sistema solar empezó a fallar. “Justo ahora empezó a fallar”, cuenta.

Marcelo vende postes de madera en Piruaj Bajo. Matías Quintana/LA GACETA.

No habla con enojo. Habla con la naturalidad de quien conoce ese problema desde hace años. “Las baterías tienen una vida útil. Llegan a un límite y empiezan a fallar”, explica.

Hace poco intentó mejorar el sistema para poder mirar mejor los partidos. Buscó una pantalla. La encontró demasiado cara. “La pantalla salía cerca de $400.000. Después hay que comprar baterías, cables y hacer toda la instalación”, relata.

El problema crece cuando habla de baterías grandes. “Una batería puede costar entre $700.000 y $800.000”, detalla.

En Piruaj Bajo, ver un partido todavía puede depender de una cuenta imposible. No basta con querer ver a la Selección. Hay que tener batería, señal, pantalla, cables, instalación y suerte.

Marcelo no pudo ver el partido entre Argentina y Austria por un problema con la batería. Matías Quintana/LA GACETA.

Marcelo insiste en una idea. “Con la luz sería otra cosa”, repite. No se refiere únicamente a mirar el Mundial. Habla de heladeras, freezers, ventiladores, herramientas, trabajo, salud, comunicación. Habla de transformar la vida cotidiana. Mira lo que ocurrió en lugares cercanos cuando llegó la electricidad y se permite imaginar algo similar.

Por ahora espera. Que la batería resista. Que el sistema no falle. Que los cables lleguen. Que alguna promesa se concrete. Mientras tanto, el partido sigue. Y él sigue en la puerta de su casa, rodeado de postes.

Ronald, River y el grupo electrógeno preparado

La última parada del recorrido es la casa de Ronald Salazar. Allí el Mundial tiene otro color: rojo y blanco. Un enorme escudo de River domina una de las paredes. Ronald es fanático y su casa lo dice antes que él. Adentro, unas 10 personas entre familiares y amigos se reúnen para ver Argentina-Austria. Afuera, los niños prefieren jugar al fútbol en lugar de quedarse mirando la pantalla.

La escena es perfecta. Dentro de la casa, Messi juega un Mundial. Afuera, los chicos juegan su propio partido sobre la tierra.

Ronald tiene 41 años. Trabaja haciendo carbón y postes de madera. Su horno está a unos 10 kilómetros y debe ir a revisarlo después del partido. Esa es otra marca de Piruaj Bajo: el Mundial no detiene las obligaciones. Apenas las acomoda.

REUNIDOS. Ronald Salazar abrió las puertas de su casa para que los vecinos se reunan a ver el partido. Matías Quintana/LA GACETA.

Antes de que empezara el encuentro, Ronald preparó el grupo electrógeno por si el sistema solar fallaba. Era un día especial. No quería quedarse sin pantalla. “Si uno tiene la posibilidad, comparte”, dice.

Durante años, para ver partidos importantes había que viajar hasta San José del Boquerón. En especial cuando eran de noche. “Cuando era más joven iba con los ‘changos’ para allá. A veces terminaban los partidos de noche y recién volvíamos a la madrugada”, recuerda.

Hoy algunas cosas cambiaron. Hay paneles solares. Hay internet compartido. Hay antenas. Hay celulares. Pero todo sigue siendo frágil. “Venimos de muchos días nublados y eso complica la carga de las baterías”, explica.

Ronald también habla de la conexión. En el pueblo, algunos vecinos tienen el equipo principal de internet y otros se conectan a través de ellos. “El aparato principal está en otro lado y desde ahí nos compartimos la señal”, cuenta. Nada garantiza que funcione. “A veces no hay señal o directamente se corta”, agrega.

En su casa hay otros símbolos de la vida cotidiana. Una cisterna almacena agua de lluvia porque la red atraviesa el pueblo, pero no se puede consumir por la presencia de arsénico. “Hace un par de años instalaron la red de agua que sale de un surgente, pero no podemos consumirla. Antes tenía un pozo donde recolectaba el agua de lluvia, pero ahora lo hago en la cisterna. Otros todavía tienen aljibes”, cuenta. Felipa Romero, la madre de Ronald, decide pasar la tarde afuera, al aire libre, mientras adentro miran el partido. Los paneles solares aparecen como parte del paisaje familiar. Los chicos siguen con la pelota.

Todo ocurre al mismo tiempo. Argentina. River. La cisterna. El panel. El carbón. Los chicos. La pantalla. El monte.

El segundo gol y los aplausos leves

Cuando Messi marca el segundo gol y Argentina sentencia el 2-0 ante Austria, Piruaj Bajo no explota. No hay gritos desaforados. No hay abrazos multitudinarios. Hay sonrisas. Hay aplausos leves. Hay algún comentario. Nada más.

La reacción puede parecer fría desde afuera. No lo es. Es parte del modo en que el pueblo vive el tiempo. El Mundial importa, pero no interrumpe todo. Convive con las tareas, con los animales, con la comida, con el carbón, con los chicos jugando, con las mujeres trabajando, con las baterías, con las cisternas y con los paneles. En Piruaj Bajo, la pasión no se mide por el ruido. Se mide por la capacidad de organizarse para que una pantalla siga encendida.

Después de Messi, la rutina

Cuando el árbitro marca el final, Argentina ya ganó. Messi convirtió dos goles y falló un penal. En cualquier ciudad, el partido dejaría discusiones, análisis, memes y festejos. En Piruaj Bajo, la gente se levanta despacio.

Algunos vuelven a sus casas. Otros retoman trabajos pendientes. Los jóvenes alimentan animales. Los chicos siguen jugando. Ronald debe revisar el horno de carbón. Emil vuelve a su despensa. Marcelo sigue esperando que la batería alcance. Antonio regresa a su casa y deja Vélez. Diego regresa a su rutina familiar y escolar.

A las 17 llega el momento de emprender el regreso. La camioneta deja atrás las casas, los paneles solares, las cisternas, los cercos de madera y las motos. El camino de tierra vuelve a dominarlo todo. Otra vez el monte. Otra vez las tuscas. Otra vez la sensación de que el Mundial queda lejos, aunque acaba de pasar por allí. La última imagen vuelve a ser la cancha de Unión Juvenil. Vacía. Silenciosa. Rodeada de monte. Los arcos de caño siguen ahí. La tela metálica también. No hay nadie jugando.

Así son las cisternas que utilizan los pobladores para reunir agua. Matías Quintana/LA GACETA.

Pero la cancha resume mejor que cualquier frase lo que ocurre en Piruaj Bajo. En un pueblo sin tendido eléctrico, sin señal estable, con agua que no puede beberse de la red y caminos de tierra que condicionan la vida cotidiana, el fútbol igual aparece primero. Antes que muchas cosas. Antes que los cables. Antes que la conexión. Antes que la comodidad.

Por eso el título no necesita exagerar. En Piruaj Bajo, donde no llegan los cables de electricidad, sí llega el Mundial. Y cuando llega, no siempre lo hace con gritos. A veces llega en silencio. Con una pantalla chica. Con una batería prestada. Con un celular apoyado sobre una lata. Con un gol que se ve tarde. Con chicos jugando afuera. Con una cisterna en el patio. Con una familia reunida bajo un escudo gigante de River. Con un hombre que escuchó el Mundial 78 por radio a pilas. Con otro que sueña con que la luz cambie la vida. Con un docente que explica que cada partido requiere organización. Con un pueblo que no se detiene porque aprendió hace mucho tiempo a seguir adelante. Incluso cuando los cables todavía no llegaron.