La incertidumbre domina el clima previo a las negociaciones de alto nivel entre Estados Unidos e Irán, previstas para mañana en Pakistán. A pesar del despliegue de seguridad en Islamabad, la cumbre pende de un hilo debido a las acusaciones cruzadas y a una tregua de dos días que, si bien frenó los ataques directos sobre suelo iraní, no ha logrado detener las hostilidades en el Líbano ni reabrir el estratégico estrecho de Ormuz.

Advertencias y optimismo cauteloso

El vicepresidente estadounidense, JD Vance, partió hacia la capital paquistaní con un mensaje dual: "Si los iraníes negocian de buena fe, estamos dispuestos a tender la mano; si intentan jugar sucio, el equipo no será receptivo". 

Por su parte, el presidente Donald Trump se mostró "muy optimista" sobre un posible acuerdo, aunque criticó con dureza el bloqueo iraní en Ormuz, punto por donde circula el 20% del crudo mundial.

Desde Teherán, la postura es más rígida. La agencia Tasnim, vinculada a la Guardia Revolucionaria, advirtió que las conversaciones están "suspendidas" mientras Israel mantenga sus ataques en Beirut. Esta discrepancia sobre el alcance de la tregua -si incluye o no al Líbano- es el principal escollo: mientras Pakistán afirma que el cese al fuego es total, Washington e Israel sostienen que la campaña contra Hezbollah es independiente del pacto con Irán.

Islamabad bajo cerrojo

La capital paquistaní fue declarada en feriado público y el centro de la ciudad se encuentra bajo un cierre total. Un perímetro de seguridad de tres kilómetros rodea el hotel de lujo donde se alojarán las delegaciones. 

El equipo norteamericano, integrado por Vance, Jared Kushner y Steve Witkoff, se enfrentará a una delegación iraní encabezada por el presidente del Parlamento, Mohammad Baqer Qalibaf, cuyo arribo se mantiene bajo un estricto hermetismo.