Existe una distancia vertiginosa entre la base y la punta del Aconcagua que va más allá de lo físico. Quien se aventura a un recorrido de semejante magnitud no solo desconoce el final, sino que también desconoce la persona que será luego. Cada montaña te transforma y cada metro “forja el carácter”, como señaló la protagonista de esta historia, Laura Madariaga, una tucumana que ve con apetito las próximas cimas a conquistar, y que vislumbra con incertidumbre la persona en la que se convertirá si alguna vez corona todas las cumbres del planeta.
Madariaga es Ingeniera Agrónoma pero su vida se mide por picos. Las cuatro paredes de un despacho son la llanura de la cual prefiere salir. “La naturaleza es lo que más me gusta, yo no puedo estar encerrada en una oficina”, contó la mujer de 43 años que hace un par de semanas conquistó el techo más alto de América del Sur y busca concretar las Siete Cumbres, un desafío donde los obstáculos fisicos no son menos que los económicos.
Amor a primera vista
El contacto con el aire libre es algo innato, propio de la elección de su carrera y su oficio de paisajista. De pequeña fue el mountainbike, pero la bicicleta se volvió un obstáculo para su ímpetu de llegar a nuevos lugares, así que el trekking fue el segundo paso. Allí su historia se cruzó con la de héroes nacionales. No fueron deportistas de élite sus referentes para las siguientes caminatas. “Hice dos cruces de los Andes, porque San Martín es mi prócer preferido”. Aquellos puntos emblemáticos se volvieron el prólogo de su obsesión: el coloso más alto de América estaba a pocos kilómetros.
“Ahí vi toda la movida y dije, yo voy a hacer el Aconcagua”, determinó Laura con la convicción que más tarde le llevaría a hacer cumbre cuando las señales eran un rotundo “no”.
La primera de siete
Pero antes del Aconcagua fueron muchas montañas, entre ellas una de las cumbres más altas de África. “Tenía en mente hacer un viaje a ese continente y una señora, al descubrir que era montañista, me dijo que debía hacer el Kilimanjaro”. Pronto la apuesta se volvió más grande, cuando Laura se topó con que ese podía ser el inicio de un proyecto revolucionario para el montañismo en Tucumán: conquistar las Siete Cumbres, los picos más altos distribuidos en los distintos continentes de nuestro mundo.
El Kilimanjaro fue su primera conquista en agosto del año pasado, tras dos años de haberse iniciado en el montañismo. Allí Laura se dio cuenta de lo que era capaz. “Para hacer la cumbre en el monte se sale a la medianoche y demorás entre nueve a 14 horas pero yo la hice en cuatro horas y media. Fue increíble esa experiencia”. Con ese impulso directo la punta más alta de África, la ingeniera no perdió el tiempo con su próxima escalada. “Volví y ya estaba como loca organizando el Aconcagua”, admitió.
El "Tanque" de las nubes: Iván Soria, el influencer que conquistó el Aconcagua y apagó la cámara para salvar una vidaCon el empuje del Kilimanjaro; los rutinarios aclimatamientos en el cerro El Negrito junto a sus fieles amigos perrunos; las salidas en bicicleta: el yoga dos veces por semana, la danza africana, Laura ya se sentía prearada para una de las pruebas más atroces de autosuperación, disciplina y confianza, y por supuesto, de una exigencia física que requiere moderar las respiraciones y nunca subestimar el próximo paso.
Pensar en la cima
“El Aconcagua es un monstruo. Está casi a 7000 metros de altura, no existe el oxígeno, te descompones, te duele la cabeza, tenés náuseas. En la temporada van muriendo dos”, explicó Laura como preámbulo a su travesía. Puede que con esa premisa, a pocos le queden ganas de seguir ese pico infinito, pero es justamente esa cima que se desconoce desde abajo el objeto de la ambición de cualquier montañista.
“Cada vez que conquisto una montaña me digo que no voy a volver más, que es es la última, que sufrí un montón”, confesó la alpinista. Sin dudas llegar hasta la cima del Aconcagua dista mucho del sosiego en una playa paradisíaca, más cuando el peligro respira en la nuca con facilidad pero el aire apenas llega a los pulmones. Allá arriba el tiempo pasa dolorosamente lento, las pisadas son inciertas y el frío glacial hace preguntarse hasta dónde se podrá llegar.
Tucumana montañista: a no olvidarse de la bajada y los recursosPero para la ingeniera era difícil mirar de soslayo la cumbre, incluso si eso implicaba competir contra un coloso de 6959 metros en solitario.
El día más ansiado
El décimo día no era una jornada más de ascenso. Era el momento que la joven había soñado por cuatro años. “Ese día nos despertamos a las dos de la mañana. Tomamos un café con mi compañera de carpa y nos vestimos con tres capas de medias, tres pantalones. Derretimos nieve para poder tener agua”, contó.
El pronóstico no era favorable, por lo que querían esquivar eso. Pero los tiempos de la montaña son implacables. Salieron a las cuatro. “Caminamos hasta las 8:30 de la mañana y empezamos a ver que todos los grupos se volvían”. La nieve se volvió iracunda. Las distintas excursiones comenzaron a descender en masa mientras le advertían a Laura que no se podía seguir. Ella que iba más adelante escuchó la lacónica advertencia de uno de sus guías: “Volvamos, volvamos” junto con un intento de consuelo: “la montaña siempre está ahí para volver”.
Una contadora tucumana cuenta cómo fue recibir el Año Nuevo en la cima del AconcaguaPara Laura eso era inconcebible. “El tiempo entrenado, la alimentación, el equipo comprado, la travesía y el viaje. Lo quemás todo en un día”, discrepó la mujer. “No, lo voy a dar todo. Voy a seguir”, afirmó de forma fuerte y clara y en un arranque, comenzó a alejarse del grupo. Intentó además convencer a un compañero que estaba indeciso, pero al no lograr persuadrilo siguió. “Fue un acto de revelación que salió bien pero podría haber salido mal. Fue mucho riesgo”, admitió con la cabeza un poco más en frío.
El arranque de rebeldía
Y los 6800 metros se vinieron como un golpe de realidad. La debilidad humana se volvió mínima frente a la naturaleza. El bramido era demasiado feroz, el níveo manto se había convertido en un paisaje desolador y el frío una amenaza insistente. “Allí hay un lugar que se llama Las Cuevas, ahí muere mucha gente”, advirtió. Pero ya no estaba sola. Al darse la vuelta se dio cuenta que su compañero tampoco había desistido. Sin embargo, aún faltaban tres horas y “cada metro que aumenta la montaña es muchísimo más riesgo”, advirtió. “Faltaba muchísimo y nosotros la veíamos ahí, a un paso de gloria”.
Dos tucumanos hicieron cumbre en el Aconcagua: "Cuando llegamos, explotamos de emoción"Luego del aliento de una patrulla mendocina para que le “metan pata”, un mundo de roca lunar y aire enrarecido se abrió frente a ellos. Aquello sobre lo que estaban parados era nada menos que la punta del Aconcagua. ”Es una locura y un estado de confusión tremendo”. La hipoxia, el miedo y el cansancio hacen difícil comprender que se alcanzó la cima de la segunda montaña más alta del mundo. “Pasan tantas cosas pero llegar ahí fue una alegría total”, dijo.