Cartas de lectores: España y las leyes de Indias

Cartas de lectores: España y las leyes de Indias
17 Marzo 2023

A sólo ocho años del Descubrimiento, la Reina Isabel, la Católica, prohibía la esclavitud de los indios americanos, condenaba los maltratos y mandaba considerarlos súbditos de la Corona, como todo español. España, no sólo por ser la mayor potencia mundial e hija dilecta de la Iglesia, podía hacer lo que quisiese en América, sino porque no existía ninguna legislación que atendiese tan formidable suceso: el descubrimiento de un inconmensurable territorio, habitado por tribus aborígenes, más o menos salvajes y agresivas, enfrentadas entre sí. ¿Quién podría haberle cuestionado algo a España? Absolutamente nadie, en todo el orbe. Entonces, España se cuestionó a sí misma. Se preguntó acerca de la legitimidad de la conquista de América. Se hizo todos los graves interrogantes que semejante suceso generaría en la Europa cristiana. Especialmente en la catolicidad del mismo pueblo español. Aquellos seres hallados allí, parecidos a los humanos, pero de un primitivismo casi animal, algunos hasta antropófagos, semidesnudos o desnudos, muchos con lenguajes rudimentarios, guturales, llenos de gesticulaciones y gritos, con un sentido del bien y del mal apenas condicionado por la naturaleza; esos seres, se preguntaron los descubridores, ¿serán seres humanos, como ellos? y, por lo tanto, -he aquí la pregunta definitiva-: ¿tendrían alma? Porque si no la tuvieran (y todo parecía indicar que así era), serían animales, y podrían tratarlos como tales. ¿Acaso no fueron tratados así los africanos por europeos y norteamericanos, quienes, tres siglos después, comenzada su Guerra Civil, todavía debatían el tema en la Unión, supuestamente abolicionista, y hasta Lincoln tenía sus dudas? (Inglaterra declaró a Australia “terra nullius”, es decir, deshabitada, al considerar a los aborígenes como “cosas” y no como hombres, e hizo lo que quiso: separó sus familias, a los hijos con piel más clara los hicieron esclavos y empujaron al resto a las regiones más áridas condenándolos a una vida atroz). Isabel y Fernando, en cambio, convocaron a prominentes sabios a estudiar esas novísimas realidades y elaborar una legislación para quedar ellos mismos, y toda España, sujetos a ella. ¿Es decir que creó una herramienta legal, inexistente e inimaginable por entonces, para controlarse a sí misma? ¿Y sin necesidad alguna, ni la menor presión o exigencia de nadie? Efectivamente. ¿Y por qué lo hizo? Para salvar su alma. La España católica, que había guerreado victoriosamente durante ocho siglos contra el invasor musulmán, y encarara la gigantesca empresa nacional de América, llevando la Cruz hasta los confines del mundo, como lo pidiera Jesucristo, necesitaba la certeza de estar haciendo el Bien. Así vio la luz esa obra extraordinaria: las Leyes de Indias, pilar fundacional de los Derechos Humanos Universales. En 1542, estas Leyes afirmaron que, en efecto, los indios tenían alma, que eran seres humanos y, por lo tanto, gozaban de todos sus derechos, incluso el de ser dueños de tierras y bienes y, principalmente, el de ser catequizados y bautizados, es decir, de ser considerados también hermanos en Cristo y sujetos de salvación y santidad. Por supuesto que algunos españoles perpetraron crueldades contra su dignidad, pero a espaldas o en infracción de estas Leyes, y regularmente fueron castigados con dureza, mientras que en otros procesos colonizadores se realizaban bajo el amparo de la metrópoli y hasta con el auxilio de sus ejércitos coloniales. A diferencia de los ingleses, quienes se limitaron a establecer factorías en una angosta franja sobre la costa atlántica para llevarse los productos, los españoles vinieron a vivir aquí, a fundar aquí una nueva España, a ocupar el gigantesco y multifacético continente, a conocer y comprometerse con los indios, a mezclarse con ellos, casarse y fundar familias, dando origen a un fenómeno histórico único en el mundo: la raza americana -morena como la Virgen de Guadalupe-, hija del mestizaje más generoso y fecundo que configuró al criollo -ni español, ni indio, americano-, al que España le donó los maravillosos dones de la fe católica, la lengua castellana y su tradición épica. Todo lo cual, los anglosajones jamás ni siquiera pensaron hacer con las tribus norteamericanas, a las que sólo consideraron como meros objetos de exterminio y despojo.

Arturo Arroyo

amarroyo@hotmail.com.ar

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