Martín Kohan: “Le seguimos llamando teléfono a un aparato que usamos como linterna, computadora, máquina de fotos, filmadora, telégrafo, reloj, grabadora”

Acaba de publicarse ¿Hola? - Un réquiem para el teléfono (Ediciones Godot), donde el autor nos hace pensar en la ¿lenta? desaparición del tradicional teléfono de línea. Los lectores encontrarán en las páginas del libro una toma de conciencia ante un cambio que incide no sólo en el aspecto tecnológico, sino en las costumbres de una sociedad que, en silencio, varió en diversos sentidos. De esos sentidos escribe Kohan, uno de los autores más brillantes de nuestro país.

Martín Kohan. Martín Kohan.
04 Diciembre 2022

Por Alejandro Duchini

Para LA GACETA - BUENOS AIRES

La publicación del nuevo libro de Martín Kohan -¿Hola? - Un réquiem para el teléfono (Ediciones Godot)- hace pensar acerca de algo que se ve pero de lo que aún se habla poco: la lenta muerte del teléfono fijo o de línea, símbolo de la más asombrosa tecnología desde mediados del Siglo XIX, cuando fue inventado por el italiano Antonio Meucci (en 1854) y patentado por el escocés Alexander Graham Bell (en 1876). La irrupción del teléfono inteligente (smartphone) cambió los paradigmas. Y hasta dejó prácticamente en desuso a esos  aparatos.

-¿Qué te llevó a escribir sobre el teléfono de línea fija?

-La escritura del libro me entusiasmó por tres cosas. Primero, el interés por la relación entre la tecnología y la experiencia en cuanto a lo que venía leyendo, pensando y enseñando a propósito de Walter Benjamin sobre cómo impactan las experiencias de las nuevas tecnologías en la sociedad. Segundo, siento que entro cada vez más, tal vez por edad, en un estado de melancolía o añoranza que tiene un tinte a lo Benjamin: que aún abriéndome a lo nuevo haya un aire de melancolía no por lo que se perdió del todo sino por lo que se está perdiendo. Algo tan común en Benjamin, que habla de algo en trance de desaparecer. El teléfono se me presentó como un símbolo fuerte, que está desapareciendo. El tercer factor fue la posibilidad de manejarme en frecuencias muy distintas: trabajar zonas de experimentación entre tecnología y vínculos sociales; trabajar sobre literatura a partir de textos de Sergio Bizzio, Jorge Luis Borges o Silvina Bullrich. Y también con Tangalanga, Raffaella Carrá y Susana Giménez. Haber encontrado una cuestión que me interese, que me interpele y que me permita trabajar sobre materiales tan dispersos y dispares, me hizo disfrutar.

-Estamos hablando de algo que nos atraviesa por todos lados y desde hace muchísimos años, como el teléfono.

-Claro. En relación a eso, se me abrieron varios puntos. Tanto en la literatura como en el cine. Me refiero a claves que me abrían otra cosa. Un cuento como “Emma Zunz”, de Borges: entendí que la historia se resuelve con el teléfono, que es el verdadero protagonista del relato. Y eso que en mis clases hablé de ese cuento millones de veces. Así, me aparecieron muchas otras perspectivas que el teléfono me abrió y que me entusiasmaron especialmente.

-Es, sin dudas, uno de los mejores inventos del hombre.

-Sigo pensando que es parte de una tecnología descomunal. Habilitó la posibilidad de hablar con alguien ausente y presente al mismo tiempo. Lejos, y al mismo tiempo cerca. El teléfono posibilitó una intimidad distinta a la de dos personas hablando cara a cara. Me parece que ahí apareció una intimidad prodigiosa que generó un tipo de confianza muy única. El hecho de que eso se esté perdiendo, o en trance de desaparición, es llamativo.

-Una suerte de renovación que implica, a la vez, volver al pasado.

-El mensaje de texto corresponde al telégrafo: volvemos a intercambiar mensajes escritos, ¡a distancia! El WhatsApp nos lleva a desistir de hablar con otro para volver a la escena en la que alguien le habla “a” otro; no “con” otro. Así, podemos seguir. Parece una alternancia entre un walkie talkie y el hecho de dejar un mensaje en el contestador. Antes el mensaje se dejaba porque no encontrabas a la persona con la que querías hablar, era un plan B. Ahora ese plan B es un plan A. La conversación era íntima, sin estar hablando delante de otros. Hoy con el celular normalizamos hablar delante de otros. Perdimos o resignamos esa intimidad. Uno, con el teléfono, estaba solo. Ahora, no. Ahora se habla en plena calle, aunque te escuchen desconocidos.

-En ¿Hola? dedicás varias líneas a algo en desuso: el contestador automático, que ayer nomás era pura innovación.

-En los 90 era algo novedoso. Pero te digo más: antes, tener un teléfono era un signo de millonario o de al menos cierto poder económico. No sé si decir que era un artículo de lujo, pero no era accesible para cualquiera. Habría que ver qué se gana y qué se pierde con cada una de esas transformaciones tecnológicas. En el libro traté de seguir también las transformaciones paulatinas. O sea, qué pasó con el teléfono de línea cuando apareció el inalámbrico, qué pasó cuando apareció el contestador. Pensé además en la relación con los teléfonos públicos, los locutorios. El contestador cambió mucho la relación con el teléfono. Si llamabas a alguien y te daba ocupado, esa persona no se enteraba de que la habías llamado. Si te ibas de tu casa todo el día, a la noche, al volver, el teléfono seguía mudo y no sabías qué había pasado en el día. Con el contestador todo cambió, porque había una huella, escuchabas un mensaje de alguien que te había llamado. Al regresar a tu casa, ibas al contestador y sabías que había pasado en la casa. El contestador creó una nueva forma de ansiedad y hasta de paranoia.

-Todo lo que conlleva el teléfono nos cambió social e individualmente.

-Con el teléfono también aparece una nueva forma de espera. La espera del llamado de la persona amada, que no se parece a esperarla en un café o en una estación de trenes. La espera de un llamado producía una ansiedad, incluso un padecimiento, únicos. En todo eso aparece otra forma de ansiedad. Y hasta la sospecha de que el otro está ahí y no te quiere atender.

-Las nuevas generaciones crecen con el identificador de llamadas. Antes, eso era para pocos y además había que pagarlo aparte.

-Antes existía una máquina específica para el detector de llamados. Hoy no. Incluso antes, mirar quién te llamaba para saber si atendías te daba una sensación de adoptar una postura algo incómoda, como policial: uno elegía a quién atender. Hoy todo esto está incorporado al teléfono celular. Uno identifica el número y decide si atiende. En la vieja modalidad, o te daba ocupado y rebotabas o no te atendían, aunque uno podía sospechar que el otro no quería atender.

-¿Qué otros usos o costumbres empiezan a perderse a partir de estos cambios?

-No lo pensé. El teléfono es la referencia. Sin dudas, hay otros. La manera de sacar fotos, por ejemplo, cambió. Ya no hay que esperar para ir a revelar y luego ver cómo salieron las fotos. Desde el punto de vista práctico, es mejor. Pero en plan de melancolía, uno puede decir “qué linda era esa espera para saber cómo salió la foto”. Incluso hasta cambió la foto con la selfie. Antes te la sacaba otro, no uno mismo. Pero fijate que esto no está fuera del teléfono, porque la foto la sacamos con algo que seguimos llamando teléfono. Le seguimos llamando teléfono a un aparato que usamos como linterna, como computadora, como máquina de fotos, como máquina filmadora, como telégrafo, como reloj, como grabadora, y ya no como teléfono.

-Se resignan experiencias, además.

-¿Qué pasa entre la experiencia de vivir algo y el hecho de fotografiar algo o filmarlo? Entonces se empieza a pensar hasta qué punto la cámara no empezó a desplazar al ojo contemplando, por ejemplo, un paisaje. Lo veo en una escena del fútbol. Las vueltas olímpicas: hoy la tendencia es filmarlas. Lo que te obliga, como hincha, a no saltar porque si saltás no podés filmar. Además, te obliga a no gritar porque si gritás ese grito sale en tu filmación y en algún punto la empaña. ¿Te volvés camarógrafo para qué? Si los canales ya mandaron sus equipos para filmar y después podés encontrar esas imágenes. Me parece que ser camarógrafo de tu propia vida relega la experiencia para asumir la neutralidad de quien filma.

-Sin embargo, quienes no filman pueden sentir que se pierden la posibilidad de guardar un recuerdo a futuro.

-Yo diría que es al revés. Tengo la impresión de que quien se ocupa de filmar se pierde la vivencia del hecho, de estar ahí. Podés llegar a perder el registro, pero del registro se ocupan otros. Uno googlea y encuentra imágenes o videos de casi todo. Los medios cubren eso más o menos bien. Al menos en mi caso, en el fútbol. No sacrificaría mi experiencia como hincha a cambio de sumar un registro más a los tantos registros que ya hay. Sí, hay una pérdida, pero no cambiaría esa pérdida por la pérdida de vivir la experiencia, de saltar, de cantar. Entre fotografiar y contemplar, elijo contemplar.

-¿Cómo te llevás con los teléfonos?

-Me llevo muy bien: me gusta mucho hablar por teléfono. Extraño conversaciones telefónicas porque la gente está dejando de hablar y me voy quedando sin interlocutores. Además, la calidad del sonido del teléfono celular no es buena comparada con la del teléfono de línea. La intimidad del teléfono es algo que echo de menos. Tengo teléfono celular pero no es lo mismo que el de línea. A mí me gusta hablar “con” más que hablarle “a”. No me gusta el WhatsApp, por ejemplo, porque prefiero no estar todo el tiempo conectado a internet. Me funciona bien eso de tener internet cuando estoy en casa y no tener internet cuando salgo a la calle. Cuando se produjo el primer tramo de la pandemia y estábamos dentro de las casas quedé demasiado conectado a internet, más de lo que quería. Tuve que replantear eso. Entonces, si estoy en casa, hay internet. Pero necesito también tener otras escenas, como la mesa de un bar, en la que no estoy conectado a internet. Y si tengo que fijarme algo, me fijo después. Y si espero o tengo que mandar un mail, lo reviso o lo mando después. Esa escena de desconexión la necesito.

© LA GACETA

Perfil

Martín Kohan nació en Buenos Aires, en 1967. Enseña Teoría Literaria en la Universidad de Buenos Aires. Es columnista permanente del diario Perfil. Ganó el Premio Herralde de Novela con Ciencias morales, llevada al cine en 2010. Otros de sus libros son Dos veces junio, Museo de la revolución, Ojos brujos, 1917, Cuentas pendientes, Bahía Blanca, Fuera de lugar, Confesión y Me acuerdo.

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