La dudosa experiencia de descansar en un Tafí del Valle al límite

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Cuentan algunos memoriosos que en verano, durante la siesta, los adultos cerraban todas las puertas con llave. Ellos quedaban del lado de adentro de la casa y sus hijos, afuera. Era una especie de acuerdo tácito: ustedes no nos molestan y nosotros, los padres, los eximimos de cualquier control, reto u obligación durante un par de horas largas. Esos arrebatos de libertad infantil eran, quizás, algunos de los momentos más esperados -y ahora más recordados- de las vacaciones en Tafí del Valle cinco, seis o más décadas atrás. Es posible que a muchas personas algo como esto hoy les resulte inconcebible. Inclusive en Tafí, donde se supone que buena parte de los peligros de la ciudad están conjurados por la naturaleza, la menor densidad poblacional y un ritmo de vida que invita a deponer tensiones. Pero los tiempos han cambiado y ese refugio maravilloso luce cada vez más amenazado.

Estamos a poco más de 40 días de la apertura de la temporada de verano en el valle de Tafí. El 10 de diciembre arrancará una maratón de actividades que se extenderá con mucha fuerza hasta fines de enero (en febrero también, pero con menor intensidad). Esto incluye la Fiesta del Gaucho, la Fiesta de la Chuscha, el Seven de Rugby y una buena cantidad de actividades deportivas y recreativas quizás de no tanta magnitud, pero que también atraen mucha gente. Es decir, todo indica que el primer mes de 2023 repetirá la lógica de los veranos pre pandemia: en muy pocos fines de semana se concentrará una gran cantidad de propuestas y será imposible evitar los colapsos a los que nos tienen acostumbrados los eneros tafinistos.

Es lógico: todos quieren aprovechar la oportunidad para sacar el mayor rédito posible. Lo esperan los hoteleros, los gastronómicos, los comerciantes, los artesanos y aquellos veraneantes que ponen en alquiler sus casas y que, con lo que reciben, posiblemente financien su descanso en la costa o en algún otro destino. Sería injusto juzgarlos, mucho más en la previa de una temporada que luce prometedora para el turismo regional: viajar al exterior es algo que está fuera del alcance de muchas personas y destinos como Mar del Plata, Miramar o Valeria, entre otros, se han vuelto difíciles de pagar inclusive para algunos de sus habitués de otros años.

Ya en la recta final para las vacaciones de verano cabe hacernos algunas preguntas: ¿Tafí del Valle es un destino que propicia el contacto con la naturaleza y la vida tranquila? ¿o se ha ido convirtiendo en uno que propone experiencias que no se diferencian demasiado a las que se pueden encontrar en la ciudad, como los boliches, los bares, el ruido, el tránsito intenso y los amontonamientos? En ese sentido, ¿se pensó en algún plan para evitar que los boliches que se mudan al valle vuelvan a ser la pesadilla de los que tienen la mala suerte de veranear en sus inmediaciones? ¿Alguien definió qué se hará los fines de semana por la noche con las reuniones de jóvenes en la calle del club y en la zona de Los Castaños, que en el pasado han terminado en desbordes y problemas? ¿Qué va a pasar con el tránsito, si hay días en los que es casi imposible atravesar la villa en auto (punto a favor para los semáforos que instalaron en algunos cruces complicados)? ¿Y con los residuos que se generan durante los días de mayor concurrencia y que, en buena medida, terminan desparramados por el valle? ¿Podemos ilusionarnos con que la temporada 2022/2023 será una oportunidad para mejorar o ya es demasiado tarde?

Tiempos de decidir

En Tafí hay una certeza: los problemas que explotan en el verano, cuando la población aumenta de modo drástico, se van gestando silenciosamente durante todo el año. La combinación trágica de improvisación, desidia, masividad y corrupción están a la vista en el cerro El Pelao, donde no hay ley que repare el daño que ya se hizo, y en La Angostura, donde la degradación es cada vez más grave y nadie parece interesado en frenarla. Al mismo tiempo, este crecimiento anárquico favorece a aquellos que ponen en duda la propiedad privada y que intentan quedarse con tierras que no les pertenecen. En este punto es preocupante el accionar de la Justicia, que en los últimos años ha sido rápida para restituir propiedades usurpadas al Estado, pero muy lenta en el caso de los privados.

Parafraseando al inapelable arquitecto Osvaldo “Oso” Merlini, el valle está al límite, es delicado y está expuesto a muchas agresiones. Lo agreden las motos, los ruidos, las construcciones, la basura, el uso intensivo, el urbanismo no planificado…Y da la impresión de que debajo de todo esto subyace una gran falta de educación. El tafinisto, el veraneante y el visitante ocasional que está de paso tienen derechos, pero también obligaciones. Cada vez llegan más personas y todo parece indicar que muchas de ellas no están preparadas culturalmente para interactuar con el entorno. De nuevo se impone la pregunta que hicimos más arriba: ¿cuál es la prioridad, el contacto con la naturaleza, el descanso, la tranquilidad o una vida urbana intensa que no se diferencia demasiado de la que se puede vivir un fin de semana cualquiera en Yerba Buena, por ejemplo? Si funcionarios, lugareños y veraneantes creen que es la segunda opción, posiblemente estemos en problemas.

Las preguntas

Podemos seguir desgranando calamidades. Por ejemplo, el hospital no está preparado para atender cuadros complejos, a tal punto que es más parecido a un CAPS que a un hospital; los robos y las usurpaciones parecen imposibles de controlar; los servicios públicos son cada vez más deficientes y hasta La Angostura se está quedando sin pejerreyes.

Pero tal vez sea mejor poner en foco por un momento en algunos de los regalos que nos brinda el valle e imaginar estrategias para preservarlos: un clima inmejorable en verano; paisajes que generan sosiego, la posibilidad de interactuar con la naturaleza de diversos modos (haciendo deporte, por ejemplo), un patrimonio cultural y arqueológico al que es necesario prestarle más atención, la posibilidad de invertir el tiempo con la familia o con amigos en un entorno -al menos hasta ahora- más amigable que el de la ciudad y, entre muchísimas otras cosas, el invaluable regalo del silencio, del verde veraniego y del ocre otoñal.

Volviendo a Merlini y a sus cuatro décadas de experiencia en el valle, quizás haya llegado el momento de preguntarnos: ¿estamos a tiempo de salvar a Tafí de la defunción urbanística? O tal vez ¿estamos dispuestos a hacerlo?

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