Un espacio en el que los tucumanos se pensaron a sí mismos

Un espacio en el que los tucumanos se pensaron a sí mismos

Desde hoy y hasta el sábado LA GACETA propone una mirada profunda a esta historia, cuyo protagonista es el diario de los tucumanos.

Las sociedades suelen celebrar hitos fundacionales. Momentos de ruptura con un orden previo o mojones temporales en los que se instaura un esquema de convivencia. Pero la identidad de los pueblos suele derivar de procesos complejos en los que esta se construye por una sucesión de intercambios, fricciones, consensos, ensayos, fracasos y logros.

LA GACETA, desde su primer número, impulsó una discusión activa sobre los grandes problemas y desafíos de Tucumán. En 1912 cambiaban la provincia, la Argentina, el mundo y el periodismo. Tucumán dejaba su pasado aldeano para erigirse en una potencia industrial. La sanción de la ley Sáenz Peña democratizaba la vida institucional del país. Con la Guerra del 14, terminaba la era decimonónica.

El periodismo, por su parte, se convertía en un servicio para sus lectores, apoyado en una autonomía económica nutrida por el crecimiento de la publicidad, que le permitía dejar de lado las férulas ideológicas que lo habían sujetado hasta entonces. Alberto García Hamilton leyó esos cambios y construyó un medio abierto para los tucumanos.

Las 40.000 ediciones de LA GACETA registran un diálogo de más de un siglo. El diario receptó las inquietudes de sus lectores, tomó el pulso de la sociedad, estuvo atento a las tensiones secretas que preceden a los grandes acontecimientos. Escribió las páginas preliminares de la historia tucumana e impulsó a los tucumanos a reflexionar sobre su rumbo y sus perspectivas. Las ediciones del diario son un insumo detallado que alimenta la memoria colectiva. Allí pueden hallarse las aspiraciones, penas y alegrías colectivas. Grandes y pequeños sucesos, algunos trágicos, otros felices, con personajes denostados o admirados. Todas piezas que entretejen la historia comunitaria.

Muchos de los mayores periodistas y escritores de Tucumán y de otros puntos del país iniciaron sus carreras o colaboraron tempranamente en el diario. Tomás Eloy Martínez publicó su primer texto en la prensa en LA GACETA, en 1951 (como también el último, dos semanas antes de morir). Alejandra Pizarnik tenía 17 años cuando enviaba sus poemas al suplemento literario. César Pelli era estudiante cuando reseñaba libros de arquitectura. Hugo Foguet, Juan José Hernández y Samuel Schkolnik publicaron una parte relevante de sus escritos en estas páginas. Joaquín Morales Solá y Ernesto Schóó aprendieron el oficio periodístico en este diario. Las ediciones de LA GACETA son un testimonio de sus aportes.

Las 40.000 ediciones conforman, sobre todo, un sustrato documental extraordinario de la vida de los habitantes de una provincia. LA GACETA no solo cubrió y opinó sobre el devenir de los tucumanos. Hizo algo con una significación mayúscula. Lo puso por escrito y lo imprimió.

La vinculación de LA GACETA con los ciudadanos de la provincia tiene una solidez nada común. El nombre viene del periódico veneciano del siglo XVII que valía una gazzetta, la moneda de la época. El nombre del medio derivaba de su costo. LA GACETA, en Tucumán, sustituyó a la designación del producto -el diario, cualquiera sea, pasó a llamarse “Gaceta” en la provincia-. El nombre del medio no designaba ya su costo sino su identidad y su valor.

Un diario se arraiga en una comunidad porque ha logrado favorecer un diálogo fecundo, profundo e intenso entre sus miembros para revisar sus acciones y consensuar un rumbo. LA GACETA es el espacio en el que los tucumanos se pensaron, y se piensan, a sí mismos.

El periodismo

• Fragmento del discurso pronunciado por Alberto García Hamilton en la inauguración del nuevo local propio y de la nueva rotativa de LA GACETA, el 11 de octubre de 1929.

“El periodismo es el reflejo permanente de la insaciable inquietud mundial, traduciendo el constante afán del hombre por superarse a sí mismo, en la aspiración -no siempre confesada pero evidente- de aproximarse más y más a Dios. Empero, la hoja impresa no ha de ser simple placa fotográfica, si ha de desempeñar a conciencia su cometido. Cada día que transcurre ha de imponerle una nueva mejora en su información, de ilimitada amplitud. Porque el intercambio de los pueblos y de los hombres ha amplificado la curiosidad del campanario en la curiosidad del universo: pero, también, cada día es más responsable el periodista de las orientaciones impresas a su prédica, y reflejadas en la multitud de sus lectores, cuya fe en la sinceridad del visitante cotidiano le da derecho a exigirle que no le sorprenda con alevosas defraudaciones, verdaderos abusos de confianza cuanto más solapados más indignos”.

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