Primero fue Serena Williams. Ahora es Roger Federer. Ambos, a su manera, dominaron el tenis mundial durante muchos años. Y, también a su manera, inspiraron a miles y miles. Serena expandió esa inspiración a miles de jóvenes negros que, hasta ella, acaso creían que ciertos escenarios solo eran posibles para deportistas de piel blanca. Y para mujeres que, además de ganar, sonrieran amables y cuidaran que sus cuerpos, peinados, ropas y celebraciones jamás “excedieran” ciertos límites y tradiciones. Impuestos por el hombre, claro. Y Federer diciéndonos que, aun en la era de titanes, gladiadores, karatecas, maratonistas y forzudos, el deporte también es un gesto técnico. Los dos marcaron una era. Acaso fueron los mejores de la historia en su disciplina. ¿Cómo no conmoverse cuando ambos, ya pasados sus 40 años, ya madre y padre, nos anuncian el inevitable saludo final?

A Federer, los maltrechos meniscos de la rodilla derecha lo obligaron a un último año que nadie esperaba, alejado de las canchas, precipitando todo. Pero el suizo jamás se lamentó y el anuncio del retiro mantuvo la dignidad que lo acompañó durante toda su trayectoria de maestro que jamás ostentó su título, que dio lecciones de tenis sin jactancias ni declamaciones, sino simplemente jugando.

Siempre recordé la única vez que pude verlo en vivo. Una exhibición de 2012 en Tigre, contra Juan Martín del Potro, cuando alguien de la tribuna, abrumado ante tanta perfección, le gritó “despéinate” y yo, finalmente, pude percibir que el genio también transpiraba. Jamás dejaría de apreciar la transpiración, el esfuerzo y la lucha del deportista. El guerrero estilo Rafael Nadal. Pero suelo rendirme más ante el gesto técnico del atleta. El otro día, en pleno US Open, “Manu” Ginóbili, presente en Nueva York por su ingreso al Salón de la Fama, le contaba a Del Potro que había visto a nivel del piso el primer set del formidable partido que Carlos Alcaraz le había ganado a Jannick Sinner. Y que no podía creer la velocidad y potencia de cada golpe. Ante esa velocidad y potencia era que Federer mantenía su técnica. Y sin chance de relajarse. Porque en el tenis no son 11 contra 11 ni cinco contra cinco. Como en el boxeo, siempre es uno solo el que afronta la lucha.

Los estudiosos sugieren que esa clase de genios viven en su propio tiempo y espacio. Que su foco es tan intenso que, esa velocidad y potencia (si hablamos del tenis) se hace más lenta para ellos, porque tienen pies, manos y vista preparados no solo para responder el golpe rival, sino para imponer el propio. “Están perdidos en la intensidad de la concentración”, escribió Hans Ulrich Gumbrecht en su libro “Elogio de la belleza atlética”. Lo que para cualquier otro mortal es un jeroglífico para ellos es natural. La sencillez del genio. Tanto que se reduce la batalla. Y, en esa “reconciliación del ser humano con el hecho de tener un cuerpo”, el poder y la potencia del escenario deportivo se rinden también ante la belleza. Lo escribió alguna vez David Foster Wallace cuando explicó que el deporte del alto rendimiento no estaba obligado a ser bello. Pero cuanto mejor sí lo era. Porque es un escenario de privilegio para decirnos que lo bello puede triunfar ante la potencia.

Es cierto, Nadal y Novak Djokovic (ambos todavía en carrera) superan algunos números de Federer. Y ahora Alcaraz irrumpe a sus 19 años avisándonos que también él está dispuesto a llevarse el mundo por delante. Pero Federer, tal su marca, no compite contra los simples y mortales registros. Los récords son cosa del periodismo, no del genio.

Lo que sí distingue a los grandes campeones, llámese Federer, Serena o Nadal, suele ser una seguridad a prueba de balas, a veces cercana a la arrogancia. Fue lo que también distinguió a un gran campeón del deporte argentino que esta última semana se retiró no de los escenarios, sino de la vida. Cuentan que Horacio Accavallo, de él se trata, antes de la pelea que lo coronó campeón mundial de boxeo (peso mosca, el 1 de marzo de 1966 en Tokio contra Katsuoshi Takayama), estaba tan seguro de su triunfo que, riéndose, le pidió a su rincón que solo se dedicara a controlar que no le “cambiaran de japonés” en plena pelea. Que del resto se encargaría él. Cosa de genio también. No de Suiza, sino de Villa Diamante, Lanús Oeste. Conurbano profundo.

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