Los nuevos “Big”

El centro de la atención estará puesto hoy por la tarde, pero tengo que retrotraerme al último miércoles por la noche. O ya bien pasada la medianoche del jueves para ser más preciso, porque el partido terminó cerca de las tres de la madrugada. Hablo de los cuartos de final del Abierto de tenis de Estados Unidos. De un lado, Carlos Alcaraz (español de 19 años). Del otro, Jannick Sinner (italiano de 21). No recuerdo desde hace años un partido así. Fue 6-3 para Alcaraz en el quinto set. Más de cinco horas de juego. Allí quedaron las crónicas contando todo. Pero sin poder dar una exacta dimensión de lo que vimos. Porque no fue una sensación meramente personal. Con especialistas de tenis, con colegas, con hermanos, con los que estaban viendo el partido esa madrugada la coincidencia era absoluta: pocas veces habíamos visto un partido así.

Al día siguiente, Alcaraz tuvo que jugar otros cinco sets ante un más descansado Frances Tiafoe (ventajas del local). Solo practicó media hora antes de salir nuevamente a la cancha. Ganó otra vez en cinco sets y logró su boleto a la final que juega hoy mismo contra el noruego Casper Ruud. Pero fue aquel partido del miércoles el que me dejó la definitiva sensación de que el tenis puede saludar tranquilo el cierre definitivo, cuando sea, de sus “Big Three”: del gran Roger Federer (el ídolo de Alcaraz cuando era niño), el interminable Rafael Nadal y Novak Djokovic. Entre lesiones, edad y resistencia a la vacuna contra el Covid (Djokovic), el US Open avanzó sin ellos. Y confirmó que nos sigue ofreciendo acaso el más espectacular de los torneos de Grand Slam. Australia nos queda lejos, Roland Garros nos acerca al polvo de ladrillo y Wimbledon es la Catedral. Pero, por las razones que fuere, horario nocturno y Juan Martín Del Potro incluidos, el US Open nos está ofreciendo desde hace tiempo los partidos más espectaculares de la era moderna.

Viendo el partido del miércoles quedó claro que a Federer y sus socios los extrañaremos siempre. Pero que no tiene mucho sentido seguir solo en el lamento cuando ya somos testigos de esta nueva generación. Sería como haber seguido pensando en Diego Maradona cada vez que podíamos (y podemos) ver jugar a Lionel Messi. Lo admitía el propio Del Potro (inesperada y formidable presencia en la cabina de ESPN, donde hoy esperan a Manu Ginóbili, nuestro Salón de la Fama). Y algo parecido me dijo horas después otro gran ex tenista argentino, Javier Frana, justamente ex ESPN, actual columnista en Clarín. Frana dijo algo así como que todos los análisis viejos cambian. Que los propios entrenadores revisan conceptos. Porque lo que antes eran meros tiros defensivos, hoy son tiros de ataque. El golpe defensivo ofrece un cierto descanso cuando la intensidad es tan alta. Pero cuando ese tiro defensivo se convierte en un tiro de ataque no hay pausa posible. El partido (y recuerdo que duró más de cinco horas) es pura electricidad. Un imán permanente e irresistible.

¿Cómo es posible mantener tanta intensidad más de cinco horas? Precisión, potencia, concentración. Hubo un momento del partido en el que Sinner parecía algo más aplomado ante tanto ímpetu juvenil de Alcaraz (apenas dos años más joven). Pero no hubo modo. Ese huracán llamado Alcaraz (“vamos Toro”, le grita su entrenador Juan Carlos Ferrero, ex uno del mundo) también es una fuerza mental poderosa. Lo confirmó en la semifinal del día siguiente cuando además debió lidiar con el favoritismo inevitable del público hacia Tiafoe, 24 años, hijo de inmigrantes de Sierra Leona, primer estadounidense semifinalista del US Open desde Andy Roddick dieciséis años atrás. Por eso en las tribunas, en medio de tanto apoyo, estaban entre otros Michelle Obama y el actor Jamie Foxx. Tiafoe era otra figura negra en el US Open que venía de despedir a la gran Serena Williams. La jugadora que no solo ganó todo, sino también la que inspiró a millones. Reina negra en el deporte blanco. Tiafoe dejó todo. Su tristeza por el derrumbe final daba pena. “Tengo ganas de ir ya mismo al vestuario a abrazarlo”, graficó Del Potro, otra vez invitado a la cabina de ESPN.

Ruud esta tarde será otra nueva y dura batalla. La confirmación también de que también la paciencia y la confianza es fundamental. Porque Ruud, un amante y bicampeón del ATP de Buenos Aires, retomó tras una lesión y hoy luchará contra Alcaraz no solo por el título, sino también por ver cuál de ambos se convierte en el nuevo número uno del tenis mundial, tal el doble atractivo de la final. Y vuelvo a aquel miércoles. Tal el nivel del partido que, apenas terminó, muchos dijeron que “el duelo Alcaraz-Sinner podría ser el nuevo Nadal-Djokovic”. En el medio está la generación, entre otros, de Alexander Zverev, Stefanos Tsitsipas y Dominic Thiem, brillante, pero que no lograba sacarnos definitivamente de la cabeza a los “Big Three”. Alcaraz, sea cual fuere el resultado de hoy, llegó para avisarnos que basta de mirar hacia atrás. Y que el gran tenis, por suerte, tiene vida para rato.

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